Escandalosamente alegres

    10 de agosto. Ponemos rumbo al compartiriado que llevamos meses organizando. ¿Compartiriado? José Pedro Manglano lo define así: «Compartiriado: No vengo a ayudarte dedicándote algo mío, sino que vengo a compartir lo que tengo contigo y a que tú compartas conmigo lo que tienes». Digamos que es una manera de subrayar que el voluntariado va más allá de lo que uno puede dar. Nos vamos a Ghana un grupo de cuarenta personas dispuestas a entregarnos con alegría en siete proyectos en colaboración con una ONG. Y digo conscientemente con alegría porque a pesar de que, como en cualquier viaje, hay inseguridades, incertidumbres y cierto miedo a que nos ocurra alguna desgracia, vamos sabidos de que Dios está con nosotros y eso nos basta.

    ​​África nos recibe con los brazos abiertos. Entre rostros de tez morena, destacan ojos abiertos como platos y blancas muecas donde se aprecian continuamente sonrisas alentadoras. Felices de sabernos bienvenidos, alucinamos con todo lo que vemos en las calles de Accra, la capital ghanesa. Nos subimos en furgonetas de quince plazas que parecen cohetes de lo rápidas que circulan. Entre continuos pitidos de claxon observamos con atención a las mujeres que pasean entre los coches con grandes cestos de alimentos sobre sus cabezas. Cuando se percatan de que somos blancos, notamos cómo aflojan el paso y nos miran detenidamente.

    Después de doce horas en la carretera, llegamos a Sawla, el pueblo donde nos vamos a quedar quince días para llevar a cabo los proyectos. Grupos de niños se acercan continuamente para tocarnos la piel y el pelo: somos la novedad y su entretenimiento. Los bebés se asustan y lloran, seguramente es la primera vez que ven a un blanco u «obruni», como nos llaman allí. Sus madres les animan a mirar y a tocarnos para perder el miedo. Esta actitud nos parece curiosa ya que en España la reacción esperada hubiera sido sobreproteger y, quizás, girar la mirada mostrando desinterés.

    En esta aldea apenas tienen nada y no había modo de arrebatarles la sonrisa. Podemos caer en el error de pensar que no necesitan más de lo que tienen, pero no es cierto. Lo que ocurre es que, independientemente de lo que tengan, se sienten queridos. Queridos por su familia o por su dios, no les importa en exceso todo lo demás. Es gente muy consciente de sus carencias, saben bien de dónde venimos nosotros y les encantaría acompañarnos. Sin embargo, no por eso pierden la alegría.

    Muchas veces, cuando me preguntan cómo vivo la fe, respondo que con alegría. Intento vivir la Fe con alegría. Digo intento porque me reconozco esclava de mis caprichos y de lo material. Esclava de la superficialidad y el orgullo. Aun así, cuando pongo la alegría de por medio, soy capaz de combatir la tristeza y la incertidumbre. Alegría que no es ausencia de problemas o carcajada permanente. La alegría es fruto de un sentimiento profundo de sentirse amado por Cristo, de recordárselo cada día y de pedírselo con confianza a Dios. Los días en Ghana, al tocar ese júbilo de vivir que tienen sus gentes, han sido un empujón para continuar viviendo mi Fe de este modo.

    Estos días en Sawla nos damos cuenta de que no podemos cambiar la vida de nadie. Intentamos enseñarles que su día a día es lo suficientemente especial y único y que nosotros solo podemos significar un pequeño paréntesis en su monotonía. Como ocurre también en nuestras vidas, las cosas extraordinarias son pocas y se acaban rápido. Por eso tan importante es disfrutar de esos paréntesis, como valorar lo cotidiano. Pensaba que la misma idea puede transferirse a la Fe: parece que necesitamos grandes acontecimientos para creer y sentir a Dios, pero si realmente ponemos afán por descubrir a Cristo en las cosas corrientes de la vida, lo normal se hace extraordinario.

    Nuestro día a día allí consistía en trabajar por la mañana y hacer vida de grupo por la tarde. Como he comentado arriba, los proyectos eran siete: refuerzo escolar, formación a profesores, deporte con valores, apicultura para mujeres, construcción, plantación de árboles y primeros auxilios. Yo me impliqué en el proyecto de refuerzo escolar y me sorprendía a menudo por su curiosidad y las ganas infinitas que tienen de aprender. Todos los compartiriados comentábamos —en una mezcla de sorpresa, gratitud y gozo— cómo se nos agradecía diariamente que dedicáramos nuestro tiempo a ayudarles. Lo que ellos ignoran es que el progreso lo hacíamos nosotros en nuestro interior, sustituyendo en cada momento y casi sin darnos cuenta, el calor y el malestar por servir y amar al prójimo.

    La otra parte del día, cuando nos reuníamos todo el grupo, la dedicábamos a jugar con los niños de la calle o a visitar los alrededores. Y ya cuando se ponía el sol, sobre las siete, teníamos Misa y Hora Santa. En ese momento, era para mí alucinante notar cómo el alma descansaba entre tanto cambio y movimiento. Un pequeño oasis espiritual donde abandonarse en el Pan Blanco y agradecer todo lo vivido. Un recordatorio de que nuestro camino es vertical, que todo lo que hacemos y pensamos tiene que servir para encaminarnos hacia arriba. A mí me ayuda mucho pensar que nuestra preocupación debe ceñirse únicamente a nuestra vida interior. De todo lo demás ya se ocupa Dios. De TODO, aunque a veces cueste creerlo.

    Así ha sido la experiencia de cuarenta jóvenes católicos este verano en Ghana. Una experiencia que nos ha servido, sobre todo, para enamorarnos más de Cristo y vivir la Fe con más intensidad. Y para que así, de vuelta a nuestro día a día, a nuestra rutina, a pesar de que en ocasiones podamos sentir dudas o estar fríos, intentemos vivir siempre confiados y alegres.

    María Parcerisa Raurell