Construyendo sueños

    Mi nombre es Álex Vázquez, soy de Parla, Madrid, y he sido voluntario durante 8 meses en la obra salesiana Ciudad Don Bosco, situada en la ciudad de Medellín, Colombia. 

    Gracias a la ONG Jóvenes y Desarrollo tuve la mayor experiencia de mi vida que fue vivir, trabajar y compartir vida con los jóvenes, educadores, trabajadores y salesianos de Ciudad Don Bosco, así como también con el resto de mis compañeros voluntarios de Holanda, Austria, Alemania y España quienes formaron, y forman ya, parte de mi familia.

    En octubre de 2017 decidí comenzar la formación de voluntariado misionero de larga estancia que ofrece la ONG. Un día por semana, durante tres meses, acudí a la sede de Madrid a recibir formaciones y, una vez terminadas, el camino determinó que Colombia sería el destino de mi aventura.

    Siempre fue para mí una asignatura pendiente, un sueño, realizar una labor social y voluntaria fuera de mi hogar, alejado del contexto al que siempre había estado acostumbrado. Suponía un reto personal y espiritual que me animaba a comprometerme un poco más con mi vocación por los niños y jóvenes que, desde hace años, he ido viviendo en mi casa salesiana de Parla. 

    En octubre del 2018 llegué a Medellín. Durante mi estancia como voluntario, mi labor ha sido acompañar y apoyar en el proyecto CAPRE – CONSTRUYENDO SUEÑOS. Este proyecto trabaja, en régimen de internado, con los chicos y chicas desvinculados de los grupos armados de Colombia, jóvenes que una vez que salen de la guerrilla buscan retomar su vida, sus estudios, sus inquietudes, sus relaciones con las familias… sus sueños. Es ahí donde tuve la suerte de aprender, y no tanto de dar, sino de recibir y compartir con todos cada mañana de estudio, tiempos de ocio, incumbencias, tareas, actividades, oraciones, celebraciones, almuerzos, cenas, fiestas, salidas… No sólo con los jóvenes sino también con los educadores, salesianos y el equipo psicosocial que realizan las intervenciones educativas de los chicos y chicas. Todo ese compartir sumado a lo que implica a nivel emocional el pasar tanto tiempo con tantas personas. Eso es lo más lindo, darme cuenta de lo importante que es COMPARTIR tu vida, de estar siempre al servicio, y hacerlo situando al niño, al adolescente, al joven, en el núcleo principal de toda vivencia.

    Gracias a ello, el día a día me fue mostrando una perspectiva diferente, transformadora, de mi hacer como voluntario, como educador y como persona. Pero también a sentir que el foco de mi labor es ESCUCHAR y ENTENDER a los chicos y chicas, ponerme en los zapatos de unas vidas distintas cuyo objetivo presente tenía que ser caminar, avanzar y crecer. A pesar de que no todo ha sido fácil, pues en el camino siempre hay obstáculos, tener claro ese fin ha sido el alimento diario de la experiencia.

    Además de vivir esta rutina con estos jóvenes pude compartir muchos momentos con los chicos internos de Ciudad Don Bosco, pertenecientes a otros proyectos de protección de la casa, pues el vivir allí como voluntario durante 24 horas, a escasos metros de ellos, me permitía tener un mayor vínculo y un cariño que se iba fortaleciendo con el paso del tiempo, disfrutando de los pequeños momentos con ellos en los ratos libres, los fines de semana, los almuerzos y las cenas en el comedor, la Navidad… Los tiempos que toda familia vive de manera rutinaria y espontánea pero que sin darte cuenta, ese pequeño compartir diario que está fuera del horario de trabajo, es lo que también cala dentro de ellos pero mucho más en mí.

    No sólo han sido los jóvenes de mi proyecto o los internos de Ciudad Don Bosco los que han guiado mis días en Medellín. Otro gran pilar fundamental fueron mis compañeros voluntarios, mis hermanos: Leopold, Jan (Alemania), León, Jorge, Cata (Austria) Diego (Holanda) Aldara y Bea (España). Con ellos viví en «LA 9»,  la casa de los voluntarios. Compartimos todo lo que comparte una familia y lo más enriquecedor: el poder entendernos al 100% por estar viviendo la misma situación a kilómetros de nuestro hogar. Cada uno tenía su trabajo asignado en Ciudad Don Bosco y por la tarde, al llegar a casa, disfrutábamos del grupo y de nuestro tiempo libre. Han sido la base de cada día en Ciudad Don Bosco. 

    Sin duda, algo que destaco de mi experiencia ha sido encontrar la figura, la esencia, de Don Bosco a miles de kilómetros de casa. Palpar la energía de una obra salesiana que vive por los jóvenes, por el futuro y protagonismo de ellos,  y sentir la conexión de un estilo educativo de Amor y Confianza ha sido pieza clave en el desarrollo diario de mi experiencia.

    Colombia me ha enseñado a amar mucho, sin condiciones; sin importar cómo sea el barrio, la gente, la cultura… Y también a conocer un país con personas que luchan por crecer, por eliminar esos prejuicios que no definen el carisma colombiano de acogida, hospitalidad,  amor… Abrir los ojos de esa forma también te ayuda a abrir el corazón. 

    Una gran persona que marcó mi vida me enseñó algo que siempre llevaré conmigo y es que «en el amor no hay temor». Y cierto es que cada pequeña muestra de amor que hacemos sin miedo es lo más valioso y puro que podemos aportar a los demás. 

    Siempre estaré agradecido por todo lo vivido en aquella casa, por los niños y jóvenes, por los educadores,  trabajadores, nuestra coordinadora y amiga Leyre, personal de cocina, de aseo, de transporte, salesianos… Y también a la ONG Jóvenes y Desarrollo que,  junto con mi familia y amigos, fueron el motor de despegue. 

    Lo que no imaginaba es que, una vez en mi país, en mi casa, el voluntariado vivido en Medellín estuviese tan presente en mi día a día; en mis pensamientos, en mis relaciones, en mis reflexiones, en mi Fe… El hecho de vivir con la certeza de estar teniendo la segunda parte de una experiencia que ha cambiado mi vida y que, sin duda, se quedará siempre en mi corazón. 

    Alejandro Vázquez