Festival de la Juventud de Medjugorje

    Soy Carolina, tengo 20 años y he estado del 1 al 7 de agosto en Medjugorje. Sinceramente no iba con las expectativas muy altas, me apetecía el viaje porque me lo imaginaba como una “mini” JMJ, pero tampoco esperaba sentir cambios a mi vuelta a España.

    Nada más llegar nos dijeron algo que me llegó al corazón y que me repetía todos los días en mi cabeza y durante la oración, y es que la Virgen nos había llamado a cada uno de los que estábamos ahí a estar exactamente dónde estábamos, y con las personas con las que estábamos. A veces cuesta creerse esto, pero a lo largo de los días te das cuenta de que es totalmente cierto y de que todo lo que pasa es gracias a la Virgen.

    Además, nos insistieron mucho en que Medjugorje es una “Escuela de amor” en la que aprendes a amar a los demás y a amarte a ti con el Amor de María. Durante estos días hemos ido limándonos el corazón, nos hemos ido quitando las máscaras que nos impiden amar de verdad y poco a poco hemos ido aprendiendo a mirar con los ojos de Jesús y de María, unos ojos llenos de ternura y sinceridad.

    Han sido días intensos, en los que hemos escuchado muchos testimonios de conversiones y de milagros que hacen replantearte muchas cosas de tu vida y que te ayudan a saber dejar tu vida en manos de Dios y a confiar plenamente. Yo, personalmente, he aprendido a abrir de verdad el corazón, a escuchar y a intentar no interponer a la voluntad de Dios mi voluntad. También hemos vivido la comunión de toda la iglesia, gente de todos los países y de todas las edades unidos en la oración, en la eucaristía, en las adoraciones, en los cantos… lo cual nos anima mucho sobre todo a los jóvenes porque vemos que no estamos solos como a veces podría parecer en nuestro día a día.

    Por otro lado, he experimentado la fuerza que tiene el rezo del Rosario, sobre todo a la hora de abrir el corazón a la Virgen, así como la gracia que nos da el sacramento de la confesión cuando se acude a él con verdadero arrepentimiento.

    Estar en Medjugorje ha sido como estar en el cielo durante 7 días, en los que he sentido más que nunca la cercanía y el amor de la Virgen María y la tranquilidad del alma que todo el mundo querría tener siempre. Sin embargo, no podemos olvidar que Medjugorje es solo el inicio del camino y que allá donde vayamos tenemos que llevar los frutos de la gracia recibida. Tenemos que ser testigos del amor de María en el mundo y ser los rayos de luz que desprende Jesús desde la custodia en el Santísimo Sacramento del Altar para iluminar y guiar nuestras vidas y las de los demás.

    “Si supieras cuánto te amo, llorarías de alegría”

    Carolina Martín