«Quiero ser cura». Ramón Gómez

Hace unos días me escribían por twitter pidiendo que escribiese un testimonio sobre mi vocación. Pues a ello voy. Soy Ramón, tengo 22 años, y soy seminarista de la diócesis de Santander. Este año comenzaré mi quinto curso en el seminario mayor.

Mi vocación, a diferencia de la de muchos jóvenes y no tan jóvenes que entran en el seminario después de una vida académica, laboral y personal, se puede parecer a la de aquellos curas mayores que entraron al seminario de niños. Cuando pienso en los orígenes de mi historia vocacional me tengo que remontar hasta los 7 años. En ese momento mis padres, que nunca han sido muy de Iglesia, me apuntaron a catequesis para recibir la primera comunión. Hasta ese momento, la única referencia que tenía era unos rosarios que mi abuela tenía colgados en el cabecero de su cama y una imagen de la Virgen que teníamos en la casa del pueblo. Cuando comienzo a ir catequesis y el catequista nos presenta la vida de Jesús, sus palabras, su forma de acercarse a la gente… me gustó tanto lo que hacía Jesús que quise ser como Él. Con el tiempo empecé a ser monaguillo y ayudar en la parroquia. Y así se fue perfilando el “quiero ser cura” que resonaba en el corazón de aquel niño.

Cuando tenía 12 años se me invitó a participar junto a otros chicos y monaguillos en unas convivencias que se realizaban en el seminario. Y un año después, se nos dijo que el obispo, por aquel entonces D. Vicente Jiménez Zamora (actualmente arzobispo de Zaragoza) quería abrir el seminario menor. Yo fui uno de los que se ofreció para ingresar y entré en septiembre de 2010, con 13 años.

Estos años de seminario han sido muy ricos en multitud de experiencias, buenos momentos, recuerdos… y ¿por qué no? De momentos de tristeza, miedo a lo que implica ser cura, dudas, y alguna que otra lágrima. Pero puedo decir que aquello de “quien deja casa, padres, hermanos, hermanas, mujer, hijos o tierras, por mí, recibirá cien veces más” (Mt 19, 29) es verdad. El tiempo en el seminario, las actividades de la pastoral diocesana, el trabajo en las parroquias por las que he ido pasando me ha dado multitud de amigos, hermanos, familia, casas… Y así las renuncias que implica el sacerdocio no pesan tanto como algunos pueden pensar. En este tiempo ha ido creciendo en mi ese deseo de ser pastor y de llevar la Buena Noticia de Jesús a aquellos que se me envíe. A veces, los miedos, las angustias, las dudas, las debilidades y fragilidades pueden sobrecargar y hacernos pensar que no somos dignos, que no merecemos esta llamada, que les hay infinitamente mejores… Y es así pero Jesús es el sembrador que sale a sembrar sueños en el corazón de los creyentes. Y si te fías de Él, te dejas podar, cuidar, moldear… das fruto. Es una de las promesas que el mismo Jesús nos hace en el Evangelio cuando explica alguna de las parábolas a sus discípulos. Y su gracia puede más que nuestra pequeñez. Hace unos días leía un tuit de Fray Javier Garza, joven capuchino que a principios de agosto será ordenado sacerdote, que decía así: “A lo largo de mi formación he experimentado que la fe es pelear con las preguntas, con las respuestas, con las palabras, con los silencios, con el amor, con Dios. Y que la clave para vivir el Evangelio no es sentirte preparado, es estar dispuesto”.

Os pido vuestra oración por todos los seminaristas, sacerdotes, consagrados… para que puedan ilusionarse con la vida y misterio de Jesús, el Hijo de Dios, y lo anuncien con pasión, la pasión del testigo convencido de lo que anuncia. Y si Dios toca vuestro corazón para llevarle al mundo, no tengáis miedo. Tenemos la mayor certeza y esperanza: “Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el final del mundo” (Mt 28,20).

Muchas gracias a Jóvenes Católicos por darme la oportunidad de compartir con vosotros este “gran capítulo” de mi historia. Un abrazo a todos y mi oración,

Ramón Gómez Ruiz.