Dios no se va de vacaciones.

    Hace unas semanas planificando mis vacaciones en Vietnam me decía un sacerdote que aún cuando nos vayamos al extranjero hay que buscar a qué misa asistir. Me pasó el contacto de unas religiosas de aquí y aunque nunca conseguí contactar con ellas no fue difícil encontrar una misa.

    Busqué por internet misas en Hoi An para el domingo y encontré una foto con el horario de misas en la catedral de la ciudad.

    Esas eran las indicaciones. Lo más fácil era la de las 16:00 que, aunque fuese a la hora de la siesta, al menos era en inglés y así entendería algo. Descarté la de las 5:30 y la de los niños que además suele ser la que llamamos “larga”.

    La tarde del sábado llegué a la ciudad y aproveché para acercarme a la catedral para corroborar los horarios y efectivamente eran esos.

    Al no viajar solo y tener más planes, la de las 16:00 partía el día para otras actividades y nuestra idea era salir a las 9:00 a hacer una ruta, por lo que al final tuve que poner el despertador a las 4:55 pensando que a quien madruga Dios le ayuda ¿no?

    Y así fue, antes de que las motos vietnamitas llenasen las calles, y por unas calles más tranquilas que de costumbre, allí estaba yo llegando a una catedral, sorprendentemente, llena de gente a las 5:20 de la mañana.

    Es cierto que de lo que escuchaba solamente entendía Amén y Giesu Kito, pero sentí mucho más. Llevar las lecturas en el móvil ayudan pero me ayudó más llegar y observar a una mujer que terminando de rezar el Rosario lo guardaba después de besarlo, admirar la piedad que mostraba de rodillas el único niño que, aunque “su misa” era la de las 9:00, madrugó para ir a la de 5:30, escuchar como toda la iglesia seguía los cantos, saber que aunque aunque solo el 7% de la población es católica ver que un 99% de los asistentes comulgaba, y lo más importante, que a pesar del idioma y las diferentes costumbres, y como me ha dicho mi amigo Juan, sentir que Cristo nos acoge y plenifica estemos donde estemos, eso, es toda una experiencia de Vida en Él.

    Le he regalado al sacerdote, que nunca ha salido de Vietnam, tres rosarios, dos de Medjugorje y uno de Roma y también un paquete de Sugus que me traje para los niños de la parroquia.

    Sigo con el domingo con una alegría más especial que el resto del viaje y no puede ser de otra manera para un cristiano que sale de misa.

    Pablo M