De comunista a cristiano. La historia de Enrique

    Nací en una casa socialista, recibí una educación “soviética” basada en la cultura, la música, la literatura y el deporte. Reinaba la dictadura del proletariado, como decía a menudo mi madre (en broma): «¡Yo trabajo, yo mando, tú obedeces! Desde una edad temprana, fuimos educados para luchar y actuar siempre en favor de una idea de bien y de justicia. El día más celebrado en casa es, sin sorpresas, el 25 de abril, el Día de la Libertad y de la revolución de los claveles en mi país.

    A los 15 años, seguí los pasos de mi hermana mayor y me uní a la Juventud Comunista Portuguesa. A partir del año siguiente, mi actividad política se intensificó brutalmente, me convertí en una figura prominente en la escuela (incluyendo la presidencia de la asociación de estudiantes) y empecé a dificultar las vidas de los maestros y directores que eran «reaccionarios y fascistas». El hecho de que siempre fui un buen estudiante y bien educado me permitió terminar la escuela secundaria con un «expediente limpio», a pesar de las numerosas amenazas de suspensión que escuché en la oficina del director. Además, viví intensamente las actividades extracurriculares: ¡jugué hockey y estudié música!

    Más tarde, en la universidad, fui miembro de la junta de la asociación de estudiantes universitarios, en un momento en que ya pertenecía a la Juventud Comunista como miembro de la Junta Nacional de Directores y de la Comisión Nacional de Educación Superior. Hasta cierto punto, mi conocimiento del cristianismo se basaba en innumerables prejuicios. Sólo conocí a una chica católica, que ahora es monja. Pero el día en que, debido a las circunstancias, me mudé de la escuela de música, del Conservatorio Nacional, al Instituto Gregoriano, vine a vivir con muchos católicos de familias católicas practicantes y apostólicas. Incluso tuve una novia católica a través de la cual cambié mi manera de ver la realidad. ¡No porque aceptara los argumentos! Todavía lo consideraba un fetichismo, una superstición a la antigua. Pero porque la alegría de estos amigos míos era genuina y contagiosa.

    Vivía angustiado porque quería cambiar el mundo, sin darme cuenta de que era yo quien tenía que cambiar. He llegado al punto de buscar, en vano, en los textos del Magisterio de la Iglesia, la demostración de la verdad del famoso anacronismo: ¡Jesús, el primer comunista de la historia! Pero con el Papa Francisco, que había sido elegido recientemente, por su estilo cautivador y la extraordinaria «alegría del Evangelio» que todavía hoy marca su pontificado, me convertí sin querer.

    Cuando llegó el momento de ir a la universidad, decidí presentarme a los exámenes para graduarme en teatro y convertirme en actor. Estaba totalmente seguro de que iba a entrar. Pero no fui admitido. Y aquí mi creencia materialista en la autosuficiencia del ser humano comenzó a ser cuestionada. Como si no fuera suficiente, después de seis meses, la novia católica pone fin a nuestra relación. La desesperación reinaba.

    En la mañana del día siguiente, en medio de una angustia indecible, de una manera inexplicable (sólo entonces lo llamé una gracia extraordinaria de Dios), me llevó una fuerza, incluso diría ¡arrastrado! a la Iglesia de Campo Grande (Lisboa). Y allí, por primera vez, me encuentro solo, cara a cara, con Jesús. Toda la tristeza fue absorbida por Dios presente en el tabernáculo. ¡Me estaba convirtiendo y aún no sabía cómo explicar este misterioso fenómeno! Yo que decía: «Nunca creeré en Dios», me vi obligado a reconocer que nunca más podría decir que no creo en Dios.

    El largo camino que he recorrido desde entonces, aunque rápido, ha sido eterno. Nueve meses después, me invitaron a cantar en la boda de la hermana de un amigo. Entonces conocí al novio, y estaba lejos de imaginar que el novio se convertiría en mi padrino de bautismo. Teníamos ensayos todas las semanas. Hablamos mucho. Recibí las sesiones de catequesis en preparación para el bautismo que sistematizaron la doctrina cristiana que ya había recibido entre los recorridos y los almuerzos. El día de mi bautismo fue notable e inolvidable. Probablemente el día más feliz de mi vida. Y fue en julio de 2016 cuando fui bautizado, fui confirmado, y recibí, en ambas especies, el Santo Cuerpo y Sangre de Cristo.

    Es verdad que en nuestra Iglesia hay innumerables vocaciones necesarias para la conversión del mundo, y a cada persona Dios la lleva por el camino más adecuado. Ahora todo es igual y, al mismo tiempo, diferente. Ser un cantante lírico me hará caminar cerca de lo Bello, que es donde mejor se experimenta la Verdad. Cuento con la ayuda de todos, y de María, para ser fiel.