«La Gracia me condujo con suavidad y firmeza hasta el Seminario»

    Me llamo Manuel Alejandro, tengo 38 años y soy el menor de seis hermanos. Fui ordenado sacerdote el 26 de junio de 2005, y al mismo tiempo, me he formado para enseñar Filosofía en la Universidad civil y Teología del Matrimonio y la Familia.

    Me acogieron en este mundo unos padres generosos de costumbres religiosas, aunque en ese momento no marcadamente espirituales. Pero, mi tía paterna, desde los 11 años, se esmeró en educarme en la comprensión y sobre todo la proclamación de la Palabra de Dios ante la asamblea, aprovechando este punto para acercarme un poco más a la realidad «Iglesia», acercamiento que produjo dos frutos: empecé a ser monaguillo y a leer en Misa.

    Al tiempo, uno de los sacerdotes de la parroquia que frecuentaba, me habló del seminario y del sacerdocio, a lo que yo me espanté, no por nada, sino porque era tímido y eso de integrarme en grupos no era lo mío, además de que conocía más bien poco qué era exactamente ser cura y un seminario. Pero, la Gracia me condujo, con suavidad y firmeza a la vez, hasta el seminario donde descubrí que un grupo de chicos de mi edad había sido alcanzado por una experiencia parecida. El patrón era: acercamiento por una circunstancia a la parroquia, un sacerdote-visagra y entrada al seminario.

    Una vez allí (yo tenía 13 años) empezó a fraguarse mi identidad humana y cristiana. Estuve 11 años en el seminario, 5 desde casa (sólo los fines de semana cada quince días) y 6 interno estudiando la carrera eclesiástica. Dios se ha hecho percibir muy grande para mí a lo largo de mis 38 años de vida, especialmente durante estos 14 años recién cumplidos de ministerio. Mi carácter y mis circunstancias me han permitido tener experiencia en las realidades humanas: enamoramiento, amistades alejadas del mundo cristiano, pruebas, sufrimientos, incomprensiones. Esta riqueza ha posibilitado que en el acompañamiento de las personas éstas hayan podido sentirse comprendidas y orientadas con una palabra de fe y de luz. Dios no rechaza nada de lo que pertenece a lo humano, al contrario, se manifiesta a través de ello.

    El ministerio de un sacerdote hoy es especialmente importante porque está llamado a ser uno más entre sus hermanos, pero, al mismo tiempo, transparentando el ser y el hacer de Jesús, el Señor. Lo que sostiene una vida cristiana y sacerdotal es, sin duda, el amor a Dios y la oración. El cristianismo –menos aún el sacerdocio– no puede sostenerse como un mero rol social donde la vida la dedico a mí mismo. Toda vida, pero especialmente cristiana, está llamada a ser una entrega generosa a colaborar en el plan de Dios de ungir las heridas de los hermanos sufrientes y de anunciar así, en lo humano y desde lo humano, el Reino de Dios, que consiste en dar al mundo la esperanza de que, toda esta fatiga que aquí pasamos, es una peregrinación hacia el cumplimiento de una promesa: la comunión amistosa e íntima entre nosotros y con Dios en la eternidad.

    Manuel Alejandro Serra