Luz y tinieblas bendecid al Señor

    Son muchas las cosas que me vienen a la cabeza a la hora de mostrar el paso de Dios por mi vida. El esfuerzo es hacerlo de una manera que se entienda. Lo más sencillo es contar cómo ha sido mi historia personal de encontrar el valor de mi vida, de aprender a descubrir los talentos y las capacidades que Dios me ha dado, y de encontrar los canales y los cauces para poder ponerlos al servicio de los demás. Y lo voy a hacer de la mano de uno de los pilares que me han ido acompañando desde joven: la música heavy. Ofrezco de forma sencilla un itinerario de cómo he llegado a sentirme lo que soy en la actualidad, sacerdote misionero de la fraternidad misionera «Verbum Dei», cristiano, una persona creyente, comprometida con la comunidad, con una fe que afecta e ilumina los aspectos de mi vida.

    Y la verdad es que se convierte en una ocasión privilegiada para reconocer cómo la presencia de Dios ha ido acompañando toda mi historia. En unos momentos, de forma más borrosa y poco reconocida; en otros, con más nitidez e intensidad. Lugares, fechas, personas, acontecimientos de los que Dios se ha ido sirviendo para encontrarse conmigo, y para posibilitarme el conocerle. Y para llamarme y pedirme la vida desde muy joven. Y que el paso del tiempo lo ha ido confirmando como la opción de vida en la que he podido desplegar los dones y talentos que se me han regalado.

    Mi respuesta a esa oferta cargada de amor es libre y confiada. Con el deseo de que todos nos tomemos parte de nuestro tiempo y podamos hacer nuestro propio inventario de cómo nos hemos ido haciendo creyentes. Me mueve la intención de compartir con sinceridad la experiencia fundamental de una persona que ha descubierto una nueva forma de entender la vida: confiada, acompañada.

    Los antecedentes de mi despertar a la fe tienen que ver irremediablemente con el contexto cultural y familiar en el que nací. Vengo de una familia trabajadora, sin muchos recursos económicos. El barrio de mi infancia era y es conflictivo, el Cabanyal, al lado del Mediterráneo, en Valencia.

    Alumno de escuela pública, calle, autogestión creativa del tiempo, de las relaciones personales, de la inocencia y de la precocidad cuando tus maestros son los recreativos y los billares. Chicos de catorce años fumando, compartiendo revistas porno, imaginando travesuras, y yo con seis y siete años absorbiendo profundas caladas de vida, de cambio, de renovación, entre partidos de futbol callejeros, risas y gamberradas.

    Pero la vida nos muestra desde pequeños cómo la fe tiene que convertirse en algo más que una mera costumbre o una tradición. La muerte prematura de mi madre por un cáncer a sus 44 años, cuando yo sólo tenía cinco, es uno de los momentos claves en mi historia personal. El esfuerzo de mis hermanos para que no me afectara ya me situó en un momento en el que experimenté la gran indefensión frente a los acontecimientos que me superan. Sentimiento de abandono, de profunda precariedad. Y ahí hubo una presencia consoladora que me hizo abrir un poco la puerta a la posibilidad de que la fe fuera algo real y necesario. Una de mis hermanas, con una firmeza muy grande, me dijo: “No llores, Vicente, la mamá no ha muerto. Ella vive para siempre en el cielo”.

    El paso al instituto se convirtió en una explosión de vida, de amor, de salir, de beber, de vibrar, de sentirme acogido e integrado en esta cultura del “heavy metal” que me adoptó y me hizo sacar lo mejor de mí. La música que nace de los barrios obreros, cargada de rabia, de reivindicación, crónica social de unas vidas nada favorecidas por el sistema. De verdad que fue como despertar de un letargo. El patito feo, el chaval apocado, tímido, reservado, sin muchas posibilidades de soñar a lo grande porque la realidad le ha ido dirigiendo hacia la zona de los perdedores, de los «losers», de repente encuentra un ambiente cálido, lleno de amor, de emoción, de alegría, que le hace sentirse valioso, capaz, y que motiva un cambio poderoso de actitud.

    Amigos, planes, conciertos, amores … en esa época de mayor despliegue de ofertas, de lugares a los que ir y de actividades que realizar es cuando el Señor más escondido estaba, pero cuando con más fuerza me llamó. A través de cuerdas humanas y de lazos de amor. Y llegó el momento del encuentro, a mis 17 años, en una Pascua, rodeado de otros jóvenes, con mis proyectos, ilusiones, planes y deseos. Experimenté por primera vez que tenía en mis manos la posibilidad de decidir; de escribir la siguiente página de la historia de mi vida. Hubo un diálogo serio con mi padre en el que me dijo: “No te puedes pasar la vida saliendo y divirtiéndote con tus amigos. Tienes que madurar. ¿Qué has pensado estudiar?” Fue un golpe de realismo, otro más en mi vida. Si cuando somos niños son otros los que deciden por ti -padres, profesores, entrenadores-, cuando vamos madurando nos convertimos en nuestros propios artesanos, artífices de nuestro destino. Descubrir que podía estudiar cualquier cosa, decidir qué quería ser profesionalmente, me envolvió en una espiral de agobio, de incertidumbre. Y ahí apareció un rayo de luz. Reconocida por mí la sensibilidad por los que sufren pensé que me quería dedicar a ayudar a los demás. Me matriculé en Trabajo Social … pero el Buen Dios tenía otros planes destinados para mí.

    Experimenté que el Señor Jesús me amaba, que me conocía, que nada de lo que yo sentía, soñaba o deseaba era desconocido para Él. Que mi vida, en muchos momentos diluida entre la vida de los otros, de repente empezaba a definirse de una manera clara. Descubrí en mí una sensibilidad, que nace de lo más profundo de mi ser, por aquellos a los que nadie quiere. Me llamaban la atención los últimos, aquellos en los que nadie fija su mirada.  Y por parte de Dios sentí una opción radical por mi vida, como si se estuviera celebrando una subasta sobre el valor de mi vida y Jesús fuera el que pagara el precio más alto, diciéndome: “Vales tanto que yo no doy cosas por ti, no te ofrezco proyectos, éxitos, grandezas; yo doy mi vida por ti”. Sentí que no había juicio por mis errores, ni reproche, ni sospecha, ni duda. Que Él me llamaba por mi nombre para llenar de sentido mis días y mis años. Hasta hoy.

    La verdad es que para mí ser misionero ha sido el regalo más grande que Jesús me ha podido hacer. Yo no tenía ni idea de para qué podía servir mi vida, y la invitación y la llamada del Señor son las que me han mostrado la luz y el camino.  Para mi ser misionero significa compartir la compasión, el amor, la misericordia que siente Jesús por la humanidad, haciéndonos partícipes de esa misma creatividad y de esa misma alegría para compartirla con los demás. Ser misionero tiene más que ver con la alegría en el corazón que con la geografía, el atlas o los continentes. Recibimos una llamada cargada de necesidad y también de confianza de parte de Dios. Nos pide todo lo que somos, nuestras manos, nuestros pies, nuestra voz, nuestra mente. Y nos envía allí donde más falta hace. Yo he tenido la suerte de estar en América y en África, y ahora tengo la suerte de estar en Madrid.

    Hasta aquí el recorrido de los pasos que ha ido dando mi vida en esa preciosa historia de amor. Me siento barro en las manos del alfarero. Me siento aprendiz diario de lo importante, que para mí es desplegar los dones y las capacidades que Dios nos ha dado y ponerlas al servicio de los demás. Yo, en mi caso, al servicio de a la gente que en el camino de mi vida más lo necesita. Y expreso con dolor el creciente clima de sospecha ante las personas de Iglesia. Vivo diariamente los prejuicios, las críticas feroces que recibo por ser lo que soy. Creo que hay una imagen generalizada de la Iglesia como de un «lobby» de poder, de control, de manipulación de las conciencias. Y eso yo no me lo he encontrado. Claro que, como en todo colectivo humano, habrá de todo, pero yo comparto mi vida con un buen puñado de gente buena que hace del amor y del servicio la norma de su vida.

    Vicente Esplugues Ferrero