Testimonio vocacional del sacerdote Jesús Silva Catignani (III)

    Me sentí totalmente identificado con él, y conmocionado cogí el libro de las Confesiones. Sólo lo ojeé. Entonces, todo mi interior, tan herido por el sin sentido y el vacío, se resquebrajó. En ese momento Dios se hizo tan presente que casi le podía tocar; estaba allí, conmigo. En un instante caí en la cuenta con toda mi alma de que no sólo Dios existía, sino que se había hecho hombre para morir por mí, para salvarme, y estaba allí, amándome con un amor que me caló en las entrañas y me hizo derretirme en lágrimas. ¡Cómo podía vivir yo como si Dios no existiese! Él estaba allí, estuvo allí presente toda la tarde, amándome con una intensidad que no me dejaba parar de llorar. Dios me había creado, había dado hasta su vida por mí, y estaba pendiente de mi vida, mirando con tristeza la tristeza que yo había sentido, amándome con todo su corazón y deseando que yo le amara a él, y yo no podía vivir como si él no existiera, sino que toda mi vida tenía que estar puesta en él, que me había dado la salvación, un sentido a mi vida, la vida junto a él por toda la eternidad, y ya desde ahora: estaba salvado, y el amor de Dios me traspasó. Era el doce de septiembre de 1998, y desde entonces he creído en Dios, y le he amado, y desde entonces no he podido entender mi vida sin Dios.

    Pero cuando volví a pensar en la experiencia de gracia que acababa de tener, me di cuenta de que un instante antes de que todo eso llegara a mi corazón, había oído una frase en mi interior: “ser sacerdote”. No sé decir cómo percibí esas “palabras”; no fue con una voz humana ni con palabras articuladas, sino una certeza interior, unas palabras más reales que ningunas que haya oído con los oídos de carne. Cuando caí en la cuenta de esto, me sorprendí mucho, porque había venido así, de repente, antes que todo lo demás, sin relación con nada. Entonces me dije: “no, no puede ser; seguro que estoy equivocado, que eso no ha sido así, o que me he confundido. Yo amo a Dios, pero eso de ser sacerdote nunca lo había pensado. Además, tengo novia. No, vamos a dejar esto en paz”. Pero la inquietud se mantuvo, y yo no podía negar que aquella frase había resonado en mi corazón en el momento mismo en que Dios se hacía presente en mi vida para colmarla. Además, Dios se valió de un par de indirectas para que aquella inquietud no se apagara de mi corazón. Su presencia real, allí mismo donde yo estaba, se mantuvo mucho tiempo; además, al día siguiente recibí una carta de un sacerdote, amigo de mi familia pero al que yo casi no conocía, que contenía un folleto que decía: “La vida consagrada. ¿La opción de tu vida?”, A esta, se sumaron otras experiencias, en las que Dios, respetando mi libertad, con suma delicadeza, a base de “indirectas”, iba haciéndome ver que debía abrirme a su voluntad. Poco a poco fui dándome cuenta de que si Dios, que me amaba tanto, me pedía que le entregase todo y fuera sacerdote, no podía decirle que no, porque le amaba; y, si yo estaba salvado para siempre, ¿cómo me iba a importar darle todo, cómo no iba a cumplir su voluntad? Desde entonces, todas las noche le repetía lo mismo: “Señor, dime qué quieres de mí; mi voluntad es cumplir la tuya”. Y poco a poco esa inquietud fue creciendo en mi interior, y cada vez iba abriéndome más a la posibilidad de que Dios quisiera que yo le entregase todo.

    Yo no conté a nadie este proceso interno; mis padres veían el cambio de mi vida, pero no lo contrasté con nadie; supongo que Dios quería ir llevándome él. Un punto culminante fue conocer a un amigo en cuarto de E.S.O. Empecé a hacerme muy amigo suyo. Iba siempre de negro – le llamaban el enterrador –, y cuando le pregunté por qué lo hacía, me abrió su corazón, y me dijo que su vida no tenía sentido, que todo era tristeza, y todo oscuridad. Entonces yo intentaba darle a conocer la salvación que gozaba, intentando llevarle a la felicidad.

    Es todo bastante impresionante, no?. Mañana termina este testimonio tumbativo…