Testimonio vocacional del sacerdote Jesús Silva Catignani (II)

    Como yo vivía como si Dios no existiera y no tuviese nada que ver con mi vida, nunca me planteé que la salvación pudiera venirme de Él, a pesar de que por obediencia a mis padres seguía yendo a misa los domingos; incluso creo que me confesé alguna vez, por no tener problemas con mis padres, pero lo hacía como si eso no fuera nada en mi vida concreta; lo hacía sin fe, sin creer. Por eso, aunque ahora sé que Dios me miraba con ternura y congoja en Su Corazón, deseando que le descubriese y le amase, yo me iba sumiendo cada vez más en la desesperanza.
    No sé por qué razón, las chicas no fueron una preocupación importante en esos años, y no caí lo que habría podido en ese tema; quiero creer que Dios me custodiaba, porque él sabía que si caía en eso, la espiral de perdición habría sido irrecuperable; creo que eso me hizo no hundirme aún más en una relación sucia que me habría arrastrado a un mayor vacío.
    Desde pequeño, mis padres nos habían llevado a mi hermana y a mí a un grupo de nuestra parroquia, la Inmaculada Concepción, y yo había seguido yendo porque allí me lo pasaba bien, y no por otra cosa; allí no había respuestas para mí. Algunos años había ido al campamento que nos proponían donde me lo había pasado muy bien, aunque no lo recordaba con ninguna referencia a Dios. El año noventa y ocho, cuando tenía quince años, y masticaba el sin sentido de mi vida día a día, me propusieron ir de nuevo al campamento, al que el año anterior no había ido; y recordé lo bien que me lo había pasado otros años, y ante mi situación, creí que sería una buena ocasión para huir del ambiente diario y de mi tristeza, para evadirme unos días; sólo fui pensando en pasarlo bien. Pero allí descubrí a una serie de personas muy diferentes a aquellas con las que me solía mover, gente buena, amigos de verdad con los que podía hablar de corazón, con los que no me dedicaba a hacer el mal o a sobrevivir intentando quedar por encima de los demás, sino que estábamos a gusto unos con otros. Tenía quince años, y allí empecé a salir con una chica – muy guapa por cierto – en una relación como no había tenido antes, lo cual me hizo dejar el anterior y terrible grupo de “amigos” y empezar a irme con los del campamento y con mi novia; parecía que la cosa mejoraba, porque mi vuelta a Madrid no fue una vuelta a lo mismo de siempre, sino que algo había cambiado. Con el paso del tiempo, me fui enterando de lo que le iba pasando a la gente de mi anterior grupo de amigos, y al ver cómo acabaron algunos de ellos, veo por qué Dios quiso que yo conociera gente de otro tipo, pues probablemente si hubiera seguido con estos chicos, podría haber caído para no levantarme. ¿Hasta dónde habría podido llegar yo…?

    En septiembre de aquél año yo estaba en mi casa, y todos mis nuevos amigos estaban de vacaciones. Yo no sabía qué hacer, así que me dediqué a mirar los libros del colegio de aquél curso, cuarto de E.S.O. Cogí el libro de religión, porque había visto en él el fragmento de un tebeo, que me llevó a interesarme por la vida de San Agustín. Según iba leyendo, iba dándome cuenta de lo que se parecía mi vida a la de aquél; había crecido sin fe, y según se iba abriendo a la vida, iba creciendo en su interior una inquietud por la verdad. Cuando un amigo suyo murió, el vacío se le hizo insoportable, y lloró, yéndose del lugar en que vivía. Ese vacío que Agustín había sentido, era el mismo que yo había sentido. Pero él se puso a buscar, y después de muchos intentos y pruebas, una tarde, oyendo una canción y leyendo la Palabra de Dios, con lágrimas en los ojos, se dio cuenta de que el sentido de su vida, lo único que podía llenar el vacío de su corazón, era Dios. Y a Él se lo dio todo.

    Por muy mal que lo hagamos el Señor siempre perdona ¿Y qué pasó después? Mañana continúa…