Cine para aprender amar

Algunos tuvimos la suerte de ver, durante un curso completo, varias películas con el gran Juan José Javaloyes (El arte de enseñar a amar, editorial Palabra) como compañero de público. Cuando aparecía en la pantalla la palabra FIN y se encendían las luces, Juanjo tomaba la palabra y, mientras cenábamos, dirigía un cinefórum en el que exprimíamos el film hasta sacarle todo el jugo.

Si uno echa un vistazo al curriculum de Javaloyes, podrá deducir casi enseguida el hilo conductor del cinefórum: el arte de amar.

El becario (2015)

La primera película del ciclo fue El becario (2015), una comedia protagonizada por Robert De Niro y Anne Hathaway. Cuenta la historia de Ben, un jubilado bonachón que es contratado como becario en una empresa de venta de ropa por Internet, y Jules, la estresada y perfeccionista fundadora de la compañía.

Aunque cuando conoce a Ben, Jules se contraría bastante por su avanzada edad, poco a poco va descubriendo que el anciano es uno de sus empleados más valiosos, y no sólo por su capacidad de trabajo.

Antes de seguir, avisamos: habrá spoilers, así que los que odien que les cuenten detalles de las películas y no han visto El becario están a tiempo de dejar de leer.

Si aún seguís ahí, a continuación dejamos los temas tratados durante la tertulia con Javaloyes sobre este amable largometraje.

El descanso

Jules y su marido, Matt, no tienen una vida perfecta, pero son felices. Jules se dedica en cuerpo y alma a la empresa; es más, se desvive por ella, cuida hasta el último detalle, es la que abre la oficina y la que la cierra, y pasa, como se puede uno imaginar, más tiempo en el trabajo que en su casa.

Cuando se casaron, Matt y ella alcanzaron un pacto: aunque él tenía un futuro profesional bastante prometedor, renunciaría para apoyar a su mujer, que ya estaba en la cumbre del éxito. Y sólo había sitio para un triunfador. Por tanto, cuando nació la pequeña Becky, Matt aceptó gustoso el reto de quedarse en el hogar cuidando de la niña en lugar de seguir trabajando. Todo un amo de casa.

Cuatro años después de tomar esa decisión, la familia sigue en pie; con sus problemas, como es lógico, pero unida y feliz. Pero sólo aparentemente, como se comprueba hacia la mitad del film, porque Matt tiene una aventura con una madre del colegio. Por supuesto, la lleva en secreto, y Jules vive ajena a eso, pensando que su Matt es incondicional y fiel.

Parte de los problemas de Jules, su estrés, su falta de tiempo para estar con su familia, su obsesión por el trabajo, (todo esto queda claro desde el primer fotograma); tiene su origen en que no descansa nunca. Las veinticuatro horas del día son para su empresa, y lo que sobra, para su familia.

No porque ella quiera, sino porque la compañía, joven e innovadora, requiere mucha atención; acarrea muchos problemas. Y Jules, que es una gran profesional y odia las chapuzas y hacer las cosas a medias, sacrifica los ratos de ejercicio, paseo, cine, lectura o copas con los amigos en aras de su absorbente empresa.

No es infrecuente que aparezca el sentimiento de culpa cuando una persona se plantea la posibilidad de incluir ratos de descanso en su rutina habitual. Cómo, con la cantidad de cosas que quedan por hacer, y tantas urgentes. Yo de juerga, y la lista de pendientes, mientras tanto, creciendo. Ni hablar, qué irresponsable sería.

Y nada más lejos de la realidad. Más frecuente todavía es encontrarse, y a puñados, con relaciones rotas por la falta de descanso. Es casi tan necesario como el comer, como se dice, y no exageramos, porque los horarios laborales son cada vez más y más exigentes y reclaman que se multiplique su dedicación (con permiso de los siempre bendecidos funcionarios públicos; disfrutad, vosotros que podéis).

Con este panorama, si el descanso no es casi sagrado, uno termina por no hacer otra cosa que trabajar, y el cuerpo y la mente terminan obstruyéndose, porque tienen sus límites. Entonces, buscan una vía de escape: o enfermamos o el mal humor se hace dueño y señor de la situación, y una relación donde sólo haya mal humor no funciona.

Cabe otra posibilidad. Que la mente se agote y sea incapaz de darse cuenta de detalles que en condiciones normales advertiría sin demasiado esfuerzo. Todos tenemos experiencia de esto: una cabeza despejada facilita, y mucho, estar pendiente de los que tenemos alrededor.

Y al contrario: durante las temporadas de estrés, es más habitual que no veamos más allá de nuestras narices y si alguno de nuestros allegados lo está pasando mal, no nos demos cuenta. Es lo que ocurre entre Jules y Matt: los dos están tan cansados, agotados, derrengados, que, cuando llega la noche y tienen la oportunidad de charlar y cuidarse mutuamente, no lo hacen. Sólo piensan en dormir.

A veces parece que nos olvidamos de que no somos dioses omnipotentes. Descansar no es humillante, sino muy necesario. Cada vez más.

Comunicación

Muy relacionada con la falta de descanso está la ausencia de comunicación entre el matrimonio. Como hemos dicho más arriba, las escasas oportunidades que tienen Jules y Matt de hablar se pierden como un globo que se escapa de la mano de un niño y asciende lentamente hacia el cielo, imposible de recuperar, ante la mirada bobalicona del pequeño.

Y es que el espectador sufre cuando los protagonistas de la película están a punto de empezar una conversación de verdad (de adultos, como dice Jules), y de repente sobreviene un bostezo o un «huy, qué tarde es, me tengo que ir». Dan ganas de gritar a la pantalla algo parecido a lo de Gandalf: «volved, insensatos, volved y hablad, que si no, vais derechos al abismo». Pero es inútil, claro.

Las consecuencias de este aislamiento son patentes: hay un socavón entre marido y mujer, y aunque ella está tranquila porque cree que Matt es tan fuerte que resiste toda adversidad, lo cierto es que él le está siendo infiel porque se ha buscado una vía de escape a su soledad y aburrimiento.

A lo largo de la película, uno se va dando cuenta de que estaba clarísimo cuál era el antídoto para arreglar la situación: hablar, hablar y hablar.

Observación

El punto de inflexión, como seguramente estaréis pensando, viene con la entrada en escena de Ben, la voz de la experiencia (qué necesarios son los mayores).

El becario jubilado, lejos de sufrir el recelo y las miradas de superioridad de sus compañeros, que pertenecen a la presunta generación mejor preparada de la Historia, se hace con el cariño de toda la empresa desde el primer día.

No hay compañero que hable mal de Ben, porque es imposible. Más allá de la idealización del personaje (a fin de cuentas, estamos viendo una película), sí es cierto, pensamos, que existe ese compañero fiel y solícito, hacedor de favores, siempre amable, que nunca critica y que hace agradable la vida a los demás. Un mirlo blanco, vaya.

Pues ése es Ben en esta película. Y poco a poco, va conquistando el favor de su jefa, Jules, casi treinta años menor que él. Sobre todo, gracias a una cualidad innata de Ben que el anciano se ha preocupado de cultivar durante toda su vida, hasta convertirla en virtud: una profunda capacidad de observación.

Gracias a ella, es capaz de tener infinidad de detalles con cuantas personas se cruzan con él. Cuanta más intimidad tiene con alguien, más atenciones les dispensa. Y, también muy interesante, es capaz de darse cuenta de quién sufre, aunque no lo manifieste, y necesita que le comprendan. Así va entrando en la vida de Jules y dándose cuenta de lo que falla en la pareja.

Dominio de sí

Si Jules encarna, de manera un tanto exagerada, el desastre personal que conlleva la vida moderna, puesto que vive estresada y nunca tiene tiempo para nada, Ben representa la serenidad, la seguridad, la fortaleza, la confianza.

Gran parte de estas cualidades han sido, como hemos dicho antes, muy trabajadas a lo largo del tiempo. Ben es muy disciplinado y cumple a rajatabla con sus hábitos; pocos y sencillos, pero innegociables.

Por ejemplo: se levanta en cuanto suena el despertador, ni un segundo más tarde; va siempre impecable, aseado, bien vestido; aunque come solo en casa, cuida los modales, se sienta a la mesa, pone mantel, una copa de vino, coloca bien los cubiertos; nunca falta a su cita semanal con el pilates, rodeado de más abuelitos.

Parece una tontería, pero quien se domina a sí mismo y tiene disciplina, distingue lo importante de lo urgente y de lo accesorios, y lejos de perder fuerzas, las gana para tener esa capacidad casi espontánea de fijarse en los detalles y descubrir quién puede necesitar un guiño, una broma o una charla en la barra del bar con una cerveza en la mano.

Se quedan muchos temas en el tintero, como la importancia de hablar a tiempo, antes de que los problemas crezcan y se compliquen demasiado; o la influencia de una mala relación con los padres, pero los más importantes quedan plasmados. Disfrutad de esta película y como dice Javaloyes, quedémonos con lo que nos enseña a querer mucho y bien.

Ficha técnica:

El becario,  EEUU, 2015.

Dirección: Nancy Meyers

Guión: Nancy Meyers

Producción: Waverly Films

Fotografía: Stephen Goldblatt

Música: Theodore Shapiro

Reparto: Robert De Niro, Anne Hathaway, Adam DeVine, Nat Wolff, Wallis Currie-Wood, Liz Celeste, Anders Holm, Drena De Niro, Andrew Rannells, Zack Pearlman, Christine Evangelista, Elliot Villar, Linda Lavin, Peter Vack.

Marisa de Toro