ContempladLe

En estos primeros días de la Semana Santa, en los que empezamos a acompañar a Jesús en Su camino de sufrimiento y Redención, es cuando más nos percatamos de lo sumamente necesitados que estamos de Su mirada, de Su amor, de Su perdón… ¡Tenemos tanta sed de Él!

Precisamente, es bastante normal que, cuando somos conscientes de la inmensa belleza de Cristo y de cómo su corazón está absolutamente desbordado y loco de Amor por nosotros, nos sintamos absolutamente indignos de corresponder a algo tan grande. Sabiendo cuán pecadores somos y cuántas son las miserias que inundan nuestra alma solo nos sale preguntarnos: ¿qué he hecho yo para que el mismo Cristo esté mendigando mi amor? No nos debería sorprender que la respuesta fuera NADA.

Un claro ejemplo de esto que acabamos de comentar lo tenemos es el lavatorio de los pies previo a la Última cena. En ese momento, el Hijo de Dios se pone a lavar los sucios pies de sus apóstoles. No podría haber tenido una muestra de amor, de amistad y de humildad mayor que esa. Él es el Señor y, sin embargo, se hace esclavo y lava los pies a sus amigos para que cenen estando limpios. Esto es una de las más preciosas imágenes de lo que es el perdón de Dios, que podemos encontrarnos en la vida de Jesús. Los pies de los apóstoles representan nuestras almas pecaminosas y Jesús a aquel que las purifica y las redime con su infinitísimo Amor. No importa lo sucia que esté nuestra alma, Él siempre va a estar dispuesto a limpiarla para que así podamos gozar con Él en el banquete del Cielo. Viendo este panorama, bien nos puede suceder lo que le pasó a Pedro, que sentía tanta vergüenza de que Dios le fuese a lavar los pies que se negó en rotundo… Hasta que Jesús le dijo que si no lo hacía no podría considerarse uno de los suyos. Esto viene a significar que no podremos gozar de la plenitud del Cielo, de ser amigos de Dios, si no nos dejamos perdonar por Él. Y basta decir que en cuanto Pedro escuchó esas palabras de Jesús no dudó en corregirse y tirarse de lleno a la piscina del perdón: “Señor, no solo pies; lávame también las manos y la cabeza.” (Juan 13, 9).

Lo único necesario para esto es que nos hagamos humildes.  Así, a pesar de sentir nuestra gran indignidad frente al Amor de Cristo, nos dejaremos amar por Él, que no ansía hacer otra cosa. De lo contrario nos sucedería como a Judas Iscariote que, a pesar de sentir enormemente la culpa de haber traicionado a Jesús, no dejó que este lo perdonase. Y es precioso cómo Jesús buscó hasta el final reconciliarse con el que lo entregó, dirigiéndose a él con palabras de amor: “Amigo, haz lo que has venido a hacer”.

En definitiva, tan solo tenemos que dejarnos amar por Jesús, y sentirnos plenamente afortunados de tener por amigo a un Dios dispuesto, incluso, a morir para perdonarnos y querernos.

Que esta Semana Santa que empieza alberguemos en nosotros los mismos sentimientos de Cristo y contemplemos, acompañemos, consolemos y amemos a ese Corazón que tanto ha amado a los hombres. No nos olvidemos que Dios está vivo, que sufre, que sigue sufriendo y que ¡nos sigue necesitando!

María Ramos

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