No te quedes en la muerte. ¡¡Vive!!

Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo
que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras
palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere
vivo! (Exhortación Christus vivit)

¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el
camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24, 32) Con estas sentidas palabras se
reprochaban los discípulos de Emaús su “ceguera” para reconocer al Señor. Habían
visto sus milagros, pero sus ojos estaban cerrados; habían escuchado sus enseñanzas,
pero sus oídos estaban sordos; habían sentido su presencia, pero sus corazones
estaban dormidos; habían participado en su mesa, pero no habían comido con Él; le
habían visto muerto, pero no lo reconocieron vivo. Con facilidad nos puede pasar a
nosotros lo mismo: toda la vida aparentemente junto a Cristo, pero lejos de Cristo. Es
que la gracia de Dios no consiste en estar junto a Jesús, sino en vivir en Él, participar de
todo lo suyo, compartir sus mismos sentimientos, hacerse “uno” con el Señor.

Se avecina la semana crucial de todo el año litúrgico. Probablemente la semana
más trágica y a la vez más esperanzadora para la vida de un cristiano. Nosotros no
somos discípulos de un muerto, sino del que vive eternamente. Por eso, nuestra
petición para esta Semana debe ser como la del ciego Bartimeo: “Maestro, que vea”
(Mc 10, 51), para no reprocharnos a nosotros mismos la “ceguera” de los de Emaús. Es
verdad, en tantas ocasiones nos ocurre como a aquellos discípulos, que estamos más
preocupados por el “estar con Jesús” y nos olvidamos del “vivir en Jesús”. Cerramos
nuestro corazón pensando que Cristo pasó, esto es: nació, creció y murió. Miramos al
Crucificado y le recordamos con angustia, es cierto, por todo lo que hizo y sufrió por
nosotros; pero olvidamos lo más importante, que Resucitó, es decir, que Vive.
Definitivamente no podemos quedarnos en los acontecimientos dolorosos de su
pasión y muerte, sino más bien, concienciarnos de que en el Misterio de la Redención,
su Muerte es el paso para la Vida. La pasión de Cristo sería inútil si no hubiera
resucitado. Con Pablo decimos: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”
(I Cor 15, 14).

Pienso que es muy necesario profundizar y reflexionar en los días de la Semana Santa esta frase: “Dios es un Dios de vivos y no de muertos” (Mt 22, 32) Sólo desde la experiencia del Resucitado descubrimos al Dios de la vida y siempre amigo de la vida, que camina a nuestro lado -aunque nuestra “ceguera” nos lo impida ver-, que nos habla para, precisamente eso, darnos de su Vida y que vivamos. Él con su muerte y resurrección nos ha abierto de par en par las puertas de la vida. La fuerza de la Resurrección inaugurada por Cristo es una corriente que nos toca a cada uno de nosotros y nos arrastra a vivir en Él su misma vida. Digámoslo de otra manera: la Resurrección y la Vida de Jesús no es sólo para Él, sino que en el Resucitado está la llave que abre esa puerta santa para nosotros, pues “Dios que resucitó a Jesús, nos resucitará también a nosotros por su poder” (I Cor 6, 14).

Para eso ha instituido Cristo la Eucaristía el jueves santo, para eso ha padecido el viernes santo, para eso yació en el sepulcro el sábado santo. Mejor dicho, por ti y para ti instituyó el Sacramento de su Cuerpo, por ti y para ti se sometió a la Muerte, por ti y para ti descendió a los infiernos. Mas ahora, está vivo y triunfa. Verdaderamente ha resucitado y podemos decir con Pablo: “¿Dónde está muerte tu aguijón?” (I Cor 15, 55) La muerte ha sido aniquilada por la Resurrección, y por ella fuimos salvados; por eso no hemos de dar cabida al pecado y a la muerte en nuestra vida, porque nuestra vocación es la de vivir en el que es la Vida.

La Pascua nos abre los ojos, nos devuelve el oído, nos incita a existir en Dios, nos abre el hambre de Cristo, nos resucita del hombre terreno, nos llama a la vida desde la Reconciliación con Dios. El eterno Padre, en la Pascua de su Hijo, da cumplimiento a sus promesas y sella nuevamente la Alianza de vida con su pueblo. ¿Cómo podemos responder a este torrente de gracia y bendición? La Iglesia abre para ti los tesoros de Dios a través de los sacramentos, especialmente de la Confesión y la Comunión, te invita a contemplar con dolor al Crucificado y a mirar con alegría al Resucitado, te llama en estos días -y siempre- a que no te quedes en la muerte. ¡¡Vive!!

 

                                Antonio Manuel Álvarez Becerra

Sacerdote