Esta es mi locura, el seminario a los 18 años. Ignacio Ozores

    Creo que todos hemos tenido la experiencia de estar enamorados y llegar a hacer verdaderas locuras por la otra persona. Esta es mi locura, el seminario a los 18 años.

    Mi nombre es Ignacio Ozores Puig. Nací en Barcelona y soy el segundo de cuatro hermanos. Durante años mis únicas motivaciones han sido siempre la familia, los amigos y cómo no, el fútbol. La cosa se empezó a «complicar» cuando a finales de primero de bachillerato mis padres nos plantearon el tema de mudarnos a Lima, Perú. Fue en esta última etapa escolar donde el tema de la vocación sacerdotal empezó a aparecer con mucha más intensidad. Hasta entonces la vida de un chaval de 17 años basada principalmente en amigos y salidas dejaba poco espacio a la idea de una entrega mayor.

    El aterrizaje en la capital peruana fue ante todo costoso, y no tuve más remedio que pasar por primera vez horas frente al sagrario, intentando buscar un sentido al aparente abandono de todo lo vivido anteriormente. Todos los efímeros «planes de futuro» se venían abajo presentándome una realidad totalmente distinta a la que estaba acostumbrado.

    Tras unos meses algo desalentadores, la JMJ de Cracovia fue un aliciente para volver apasionado a esa realidad a la que tanto me costaba hacer frente. Fueron meses donde empecé a vislumbrar lo que realmente significa llevar una vida cristiana y poco tenía que ver con los esquemas y pautas a los que estaba acostumbrado. Apasionado por esta nueva perspectiva, empecé a compaginar el poder disfrutar de un viernes por la noche y a la vez que todo eso cobrara sentido en una vida profundamente cristiana. Entendí y pude comprobar cómo una relación real con Jesucristo no me privaba de poder vivir y disfrutar, todo lo contrario, ¡todo lo que vivía y disfrutaba empezaba a tener un verdadero sentido! Este proceso de ruptura y contraste me llevó finalmente a darle un costoso sí a esa persona que me apasionaba desde hacía meses, esa persona que me comprometía con lo que tenía alrededor y que simplemente me transmitía eso: vida.

    Encontrarme con esa persona viva realmente en la Eucaristía y en cada una de las personas con las que me he encontrado a lo largo de los años, ha supuesto desear realmente entregarme de manera completa y única. Da vértigo ver como de una relación tan personal e íntima puede brotar un deseo tan grande de entrega universal y en constante apertura. Echando la vista atrás, veo cómo el Señor tiene sus planes y me hace gracia comprobar cómo el alejarme de lo que yo consideraba vida suponía empezar a vivir de verdad.