¿Le pondrás por nombre Jesús?

Cuando alguien se queda embarazada surge enseguida una cuestión: ¿qué nombre se le pondrá a la criatura? La verdad es que son las “discusiones” más graciosas de las familias. Dejan las mejores anécdotas. La Virgen ahora estaría en la recta final de su embarazo, pero ella no decidió el nombre de su Hijo. El nombre le vino dado: se le tenía que poner por nombre Jesús, que significa “Dios salva”. ¡Qué nombre más bonito!

La verdad es que, con una rápida mirada, vemos lo necesitados de salvación que estamos. Tenemos que recorrer el camino de la salvación, y no lo podemos hacer solos. Antes, tenemos que dejarnos salvar.  Así, vemos que hay un mundo donde campan las injusticias, frío, donde los hombres muchas veces no se preocupan por los demás. Nos damos cuenta de que, hasta en nosotros mismos hay frialdad y egoísmo muchas veces, que no somos perfectos. Que, igual que el mundo, estamos envueltos en un ciclo de noche y de día. Cuando al mundo, al hombre le falta la esperanza, la paz, o busca y encuentra a Dios o se queda sin vida, porque le falta lo principal.

Cuando buscamos la salvación únicamente por nuestros propios medios humanos, lo único que hacemos es hundirnos más. Nos falta vida, nos falta luz, nos falta el cielo, nos faltas Tú. Por eso no podemos salir, no podemos construir. Y es entonces, cuando llegamos a ese punto, cuando clamamos, cuando nos damos cuenta de nuestra indigencia, de nuestro querer y no poder solos, “ven, Señor, ¡ven, Salvador!”.

Los que buscan a Dios saben que el hambre de Dios en el mundo, en el hombre la va a colmar de una manera insospechada y desbordante el mismo Dios. Así, a la búsqueda de amor, vendrá un Dios Amor; de paz, un Dios que es la Paz; de vida uno que es la Vida en abundancia, la vida eterna ofrecida al hombre, que le acompaña en el camino terreno hacia la patria del cielo.

El corazón del hombre anhela a Dios, clama a Él porque no puede colmarse ni redimirse por sí mismo. Así, el hombre espera expectante la voz, la mirada, la vida y el amor de Dios. Clama a voz en grito, desde el silencio, desde la vida, desde su miseria, “Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador, sé Jesús. Deseamos ver tu rostro, tu sonrisa”

A veces se podría pensar que Dios se empequeñece ayudándonos en nuestra miseria. Pero no es así, pues al ayudar nuestra flaqueza se manifiesta su grandeza. Si nos dejara tirados en el barro, en el lodo, entonces sería un Dios pequeño, sería un Dios inmisericorde. Así manifiesta que es un Dios pleno de amor, tanto que no duda en hacerse hombre para que el hombre se pueda hacer dios. Hay que dejar que Dios sea Dios, por tanto, que sea Jesús, pues quien nos salva es Él, ya que nosotros no podemos salvarnos. Así, la luz que brilló en Belén alumbra el mundo, los caminos y el corazón del hombre y de cada hombre.

¿Le vas a dejar a Dios que sea Dios, que te salve? ¿Le pondrás por nombre “Jesús”? Si es así, tomarás su mano para caminar en el camino de la vida, su luz te alumbrará, aunque no te quitará las dificultades, pero no las pasarás solo, les dará otro sentido, les dará el sentido. Dios está con nosotros, le hemos puesto por nombre “Jesús”. ¿Hay algo que temer? Por muy oscuras que sean las tinieblas, la luz de la sonrisa de Dios hecho Niño será más potente. Dejarnos salvar por Dios requiere ponerle por nombre “Jesús”, enamorarnos de la sonrisa del Niño Dios. Esa sonrisa nos sacará sonrisas en mitad de las lágrimas más amargas. ¿Le pondrás por nombre “Jesús”?