Marcos Rebollo: Dios cambio mis planes

    Marcos, en primer lugar nos gustaría que nos contaras tu historia y como descubriste tu vocación sacerdotal.

    Tengo 21 años, así que mi historia es breve… Entré en el Seminario de Valladolid a los 18, pero ni yo ni nadie podía imaginarlo. Antes de esa decisión, vivía mi vida corriente, con mis planes de futuro más o menos diseñados. Y la verdad que, el ser sacerdote, no entraba en esos planes.

    Aunque realmente, no puedo ocultar que era un chico que hacía lo posible por cuidar mi relación con Dios. Desde el principio he tenido la inmensa suerte de tener una familia cristiana y eso ayuda mucho. Además, tanto el colegio como mis amigos, como el centro del Opus Dei que frecuentaba, creaban un clima propicio para tomar tal decisión. Aun así, el tema de la vocación no quería ni tocarlo.

    Una vez concluido el bachillerato y la selectividad opté por matricularme en el doble grado de Derecho y Administración y Dirección de Empresas (DADE) para seguir con “mi vida”. Sin embargo, ese verano, “otra vida” comenzó. Como se suele decir, de la noche a la mañana, Dios me cambió los planes, me dio “un fogonazo”, me derribó del caballo. Mi negativa a entregarle mi vida se volvió un “sí, estoy dispuesto a lo que me pidas”. Así de sencillo y así de sorprendente actuó Dios en mi vida. Sé que es difícil de entender y de creer: hay que vivirlo.

    Desde ese momento dejé de temer a la vocación y me abandoné totalmente a Dios, pues era el que había cambiado mi corazón y el que me iba a conducir en adelante. En esa luz recibida pude experimentar que Dios quería para mí el camino del sacerdocio y, por ello, ingresé en el Seminario en el mes de septiembre lanzándome a una aventura totalmente desconocida.

    Volviendo la mirada atrás, estoy inmensamente agradecido de que Dios entrase en mi vida “irrumpiendo” de forma incuestionable. Cada vez más, me doy cuenta de que el camino que Dios nos prepara a cada uno es el que realmente merece la pena y el que te hace feliz. Por último, quiero también dar las gracias a aquellas personas que estando cerca de mí, han sido una ayuda inestimable para discernir la vocación y para mantenerla viva.

     ¿Cómo es el día a día de la vida de un Seminarista?

    Lo resumiría en tres palabras: oración, estudio y testimonio.

    A lo largo del día tenemos distintos momentos en los que nos ponemos delante del Señor, que nos sirven para recordarnos que debe ser Él quien conduzca nuestra vida. De esta forma, tenemos el rezo de laudes y la Santa Misa por la mañana, un tiempo de oración personal a mediodía y, por la tarde, las vísperas y el Rosario. Antes de dormir terminamos el día con las Completas.

    A la oración se suma la formación académica que ocupa la mayor parte del día. En nuestro caso, estudiamos por la mañana y acudimos a las clases de Filosofía y Teología por la tarde.

    Por último, el fin de semana solemos emplearlo en actividades muy diversas, tanto en planes con jóvenes, distintos eventos de la diócesis, testimonios vocacionales, ayudar en las parroquias, tiempos de deporte, con la familia, amigos…

     En tu opinión, ¿Qué hace falta para que otros chicos y chicas descubran su vocación?

     Creo que fundamentalmente hace falta una mayor relación personal con Dios, es decir, muchos de los jóvenes que “pasan” por nuestras parroquias, movimientos… no conocen verdaderamente a Dios, no le han experimentado en sus vidas y, por ello, simplemente “pasan”, sin que se comprometan a seguirle. Necesitamos confrontar a los jóvenes, ponerles delante del Señor para que actúe en sus vidas. En mi caso, considero fundamental la dirección espiritual, que es el medio idóneo para sintonizar con Dios y crecer en la vida cristiana y, al parecer pocos jóvenes disfrutan de ella.

    No terminamos de creer que la vocación, sea la que sea, es el “camino perfecto” para cada uno y solemos tener miedo a comprometer la vida. Y esto no sólo se ve en la vocación, sino que cada vez hay más miedo al compromiso, incluso en las cosas más corrientes.

    Por otro lado, también sucede que chicos y chicas que intuyen que Dios puede llamarles a seguirle no tienen las fuerzas suficientes para corresponder a la llamada. Por eso, la vocación exige valentía para dar el paso al frente.

     Dentro de unos meses se inicia el Sínodo sobre los Jóvenes y el discernimiento vocacional, ¿Cómo debe dialogar hoy la Iglesia con los Jóvenes y los Jóvenes con la Iglesia?

     El diálogo entre la Iglesia y los jóvenes es uno de los mayores retos de la evangelización. Lo que debemos tener claro es que, aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI, Dios sigue llamando y, por tanto, nuestra tarea como Iglesia es disponer el terreno para que los jóvenes acojan su llamada. Y ¿cómo se hace esto? Quizá, primero debamos escuchar lo que los jóvenes llevan en sus corazones para poder acercarnos a ellos y que se sientan verdaderamente en casa. Y, segundo, transmitiéndoles la Verdad de nuestra fe con claridad y sin miedos que la difuminen.

    También considero fundamental promover la fe entre los mismos jóvenes con la gran variedad de formas que nos ofrece la Iglesia. ¿Quién no ha disfrutado compartiendo la fe en una JMJ, en una peregrinación o en la evangelización en la calle? Tengo la experiencia de que sales totalmente enriquecido.

    Por último, en mi breve experiencia vital, creo que el diálogo de la Iglesia con los jóvenes es más fructífero en el “tú a tú”. Es verdad que dando una charla puedes dialogar con ellos, pero creo que al final lo más importante es el trato personal con cada uno, la preocupación y la cercanía por cada uno de ellos es lo que más valoran.

    Para finalizar, os habrá sobrecogido a todos el reciente fallecimiento de vuestro Rector, ¿Cómo era D. Fernando García?

     Ha sido tremendo. Parece impensable que ya no esté con nosotros. El acontecimiento nos ha venido de repente y ha sido muy difícil de asimilar. Ahora estamos ya más serenos, pero convencidos de que nos marcará para nuestra vida sacerdotal.

    En palabras de la carta que le dirigimos tras su fallecimiento, D. Fernando era “esa sonrisa, esa alegría contagiosa, esa naturalidad entusiasta tan atrayente”. Nos quedamos con su enorme dedicación a los matrimonios y a las familias y con su imperante deseo de que sus seminaristas estuvieran bien formados. Entregó la vida al servicio de la Iglesia y esperamos que su recompensa la alcance en el Cielo. Ojalá que esta muerte dolorosísima fructifique en muchas y santas vocaciones para nuestro Seminario. Que nuestro querido rector descanse en paz.