Amistad y oración… ¡siempre de la mano!

Esta semana os quiero contar la historia de Alex y Marcos, dos amigos de toda la vida. Trabajan en la construcción. Cada viernes, a las 15h, se despiden y cada uno marcha a vivir su fin de semana: Alex con su novia y amigos, Marcos con su mujer y su hijo recién nacido.

Los lunes ambos regresan a su puesto de trabajo. Entran temprano, a las 7, y cada uno se lía a lo suyo. A las 10 paran para tomar el bocadillo y, por fin, se ponen al día de lo que les ha pasado desde el viernes anterior. La semana pasada Alex empezó contándole el planazo de bici, pozas y saltos que había hecho el sábado. Marcos acabó contándole que su finde había ido regular. Peleas con su mujer a causa del bebé… y es que no es fácil pasar de ser dos a tres en casa.

A las 10:30 ambos siguen con su misma tarea de antes. Pero ahora, tras ese parón, Alex y Marcos están unidos. Alex se ha quedado un poco preocupado y busca encontrar un buen consejo para su amigo. Marcos está un poco más contento, las pequeñas locuras que le ha contado Alex lo han animado y hecho reír. Es lo bonito de compartir experiencias para cuidar y hacer crecer la amistad.

A estas alturas el post podría acabar. Hemos hablado de amistad y dado algún truco para cuidarla. Pero aún falta lo más importante, que es trasladar esto a nuestra vida espiritual, a nuestro trato con el Señor. Y es que Él sí que es un amigo al que deberíamos cuidar como a nadie. ¿Cómo? Como a cualquier amigo: dedicándole tiempo para tratarlo y conocerlo con cariño y generosidad.

La historia de Alex y Marcos es extrapolable a Jesús, porque es exactamente la misma historia que ocurre cada vez que tratamos al Señor en los ratitos de oración. Si con el Señor también pasas tiempo a solas, si le cuentas tus planes, alegrías y preocupaciones, si guardas silencio y, en el recogimiento, escuchas Su voz en tu corazón… te será mucho más fácil seguir después convirtiendo tu día en oración. Es igual que cuando Alex y Marcos a las 10:30 siguen con sus tareas y se llevan dentro lo del otro.

A todos nos cuesta sacar tiempo de oración, muchas veces porque nos distraemos o aburrimos. O bien, por otro lado, cometemos el error de «limitar» nuestra oración al tiempo preciso que estamos «haciéndola». Pero, ¿y si convertimos ese ratito de oración en una charla entre amigos que nos mantenga a Cristo vivo en nosotros para el resto del día?