«Encontré lo que buscaba… y mucho más»

    Toda vocación tiene un componente misterioso. Existe algo, más allá del
    itinerario que nosotros podamos rastrear, que no somos capaces de traducir en palabras.
    Se nos escapa qué fue lo que, de pronto, hizo que nuestra vida cambiara su curso. Así es
    el amor: un día descubres que eres amada más allá de toda lógica, de toda proporción, y
    te rindes, sobrecogida, desbordada. Desde bien joven, sentí la llamada a la vida
    religiosa, y nada más terminar la carrera, ingresé en una congregación de vida
    apostólica, impulsada por el amor a Jesús, y quizás más aún, por el ideal, tan propio de
    la edad, de transformar un mundo injusto, donde los pobres son cada vez más pobres.
    En mis años de Universidad, entre otras actividades, me había metido en un grupo de
    Manos Unidas. Pero sentía que no me bastaba un compromiso temporal, como
    voluntaria. Algo me impulsaba a una entrega de por vida, con Jesús a mi lado. La
    educación, con la mirada puesta en las misiones, era mi gran sueño.

    Durante diecisiete años como religiosa de vida “activa”, desarrollé mi labor en
    los campos de la pastoral y la educación. Solicité ir a las misiones, y aunque llegaron a
    destinarme a África, unas elecciones capitulares cambiaron el rumbo de ese sueño
    largamente acariciado, y me quedé en España, donde los últimos seis años formé parte
    del consejo general. Esa labor me permitió viajar y conocer de primera mano las
    comunidades de la congregación, presente en treinta países. El contacto con la misión
    que las hermanas desarrollaban, en tantos lugares, me llevó a conocer la realidad desde
    abajo, desde los últimos. Y, al mismo tiempo, asistí al despuntar del Reino, que se hace
    presente allí donde el ser humano es dignificado, donde los gestos más que las palabras,
    anuncian al Dios que no puede desentenderse de sus criaturas más desvalidas.
    Sin embargo, y precisamente, durante uno de esos viajes a la India, experimenté
    una sensación nueva y extraña. Como si algo esencial me faltara por dentro, como si, a
    esa altura, no se hubieran cumplido mis sueños más hondos. Ante la confusión que
    sentía, pedí ayuda, supliqué luz, y me abrí a la sorpresa. Oraba preguntando: «¿Qué me
    falta? ¿Qué deseas de mí, Señor? Me pongo en tus manos…» La respuesta que recibí fue
    una nueva llamada, ahora a la vida contemplativa.
    No fue sencillo decir adiós a las hermanas, tan queridas. Pero el Espíritu de
    Jesús, como un huracán dentro de mí, que me arrastraba, lo hizo posible. Y así vine al
    Carmelo, donde llevo ya diez años, y donde he encontrado lo que buscaba, y mucho
    más.

    Al echar la mirada atrás, vienen a mi mente estas palabras, proclamadas en la
    celebración de mi toma de hábito como carmelita descalza: La tierra a la que vais a
    pasar para tomarla en posesión es una tierra de montes y valles, que se empapa con la
    lluvia del cielo; una tierra de la que cuida el Señor vuestro Dios, en la que tiene
    puestos sus ojos desde que empieza el año hasta que termina (Dt 11, 10-12).
    La promesa no podía ser más hermosa: Dios como único protagonista. Atrás
    quedaba mi empeño por exprimir a la vida unas gotas de felicidad. Ahora, Dios mismo
    era el que se derramaba como una bendita lluvia, sobre la tierra, sedienta de Él.
    La comunidad en la que vivo tiene el sello que Teresa de Jesús supo imprimir a
    sus conventos, combinando sabiamente aparentes contrarios: hondura y buen humor,

    soledad y comunicación estrecha, libertad personal y fuerte vinculación fraterna. En
    nuestro horario, se armonizan los tiempos dedicados a la oración y al estudio, al trabajo
    silencioso y a la recreación. Con todo, sabemos que nuestra vida contemplativa no se
    entiende, que aparece –a los ojos de un mundo que valora tanto el hacer– como algo
    inútil, alejado de toda repercusión práctica en favor de los demás.
    Puedo decir, sin embargo, que aquellos rostros de los pobres contemplados en
    tantos lugares, me acompañan también aquí, en el monasterio. Existe en mí una
    corriente de vida que tiene en Dios su manantial pero que, a través de mí, de algún
    modo, les llega a ellos. Teresa de Jesús nos invita a ser “amigas fuertes de Dios”. Desde
    Él, descubro que lo importante no es tanto lo que hacemos, sino lo que somos.
    De un modo diferente, pero con el mismo empeño evangélico que antes, busco
    aportar lo mejor de mí misma, porque me experimento unida a Aquel que es la Vida y la
    Alegría, y llamada a ser fecunda en la entrega desde lo pequeño que me traiga el día a
    día. No imagináis cuántas oportunidades se me ofrecen para ello.

    Cuentan que un día, Juan de la Cruz preguntó a una carmelita descalza en qué se
    ocupaba durante la oración, y ella le respondió con sencillez: «en mirar la hermosura de
    Dios y holgarme de que la tenga».
    Nuestra presencia es discreta y silenciosa, pero nos sabemos con una misión en
    la Iglesia: ser testigos de la experiencia de Dios que Él nos regala. Primero, vivirla,
    saborearla, agradecerla, y luego –o a la vez– irradiar esa experiencia a todos aquellos
    con quienes, de un modo u otro, podamos relacionarnos. Contemplar la hermosura de
    Dios y recrearse en ella bien justifica toda una vida.

    María José Pérez
    Carmelita descalza de Puçol (Valencia)