¡Que no quiero leer!

Dice san Agustín, un tipo de santo muy recomendable para todo momento, de vida interesante al alcance de un libro, su autobiografía. Decía este santo conocer a mucha gente que mentía, pero a nadie que le gustase que le mintieran. A ver.

Eso me ocurre a mí con la lectura. Nunca en mi vida he conocido a nadie que diga que la lectura sea nociva, pero, sin embargo, la inmensa mayoría de quienes conozco no leen, incluidos los que decían eso. ¡Asombroso! Leer es magnífico, maravilloso, pero yo no leo. Haz lo que digo, pero no lo que hago.

Cuando hablamos de la lectura todos nos ponemos muy serios porque se supone que este es un tema muy serio…, y yo creo que siendo serio… lo mejor es tratarlo con frescura, con la misma frescura con que trataba al hombre serio el Principito en su viaje. Puedes leerlo en el capítulo XIII de ese libro que a lo mejor te gusta: El principito. Precioso el capítulo XXI.

Voy a desentrañar algunos de los motivos por los que no se lee, por los que carecemos del hábito de leer en esta España nuestra. Ya perdonarán los lapones que no escriba hoy para ellos, otra vez será. Esta entrada, artículo o lo que sea, tiene algo intrínsecamente contradictorio: lo escribo para animar a quienes no leen para que lean, pero lo más probable es que esto, por tanto, no lo lean y volvamos a dar de comer al sediento y de beber al hambriento, pero que por mí no quede. Otra premisa falsa: “Los papás y los profes leen…”. Falso. Las palabras convencen, pero los ejemplos arrastran y mi papá no leía por norma… ¿entonces? ¡Eso digo yo! ¿Ahora qué?, pero vayamos de las dificultades y excusas más básicas y sencillas y otras que no lo son tanto.

La más inmediata es “no me gusta”. Esta elemental respuesta tiene muchas explicaciones y orígenes, ya no tan sencillos. Puede ocurrir, vamos a enumerar las explicaciones, primero: que nos costó el aprendizaje de la lectura: por no iniciarlo bien, a tiempo, con desagrado y así, el objeto libro es una realidad detestable que nos hizo la puñeta a los cinco o seis años, y como animales que somos, no lo olvidamos. Si libro es igual a fastidio, lectura es igual a rechazo, ¡que lea su padre! Segundo. Es posible que hayamos leído libros, por nuestra cuenta o impuestos por otros, que nos resultaron tediosos y así, ¡como esos libros fueron un pestiñete!…: ¡no me gusta ninguno! ¡No quiero leer! Respuesta absurda, pero respuesta. Que no nos gustara un plato o seis de la cocina francesa no quiere decir que no nos guste alguno de los cientos de platos que se nos pueden ofrecer (de libros nos pueden ofertar… ¿¡millones!?), pero es lo que hay. No dimos en la tecla al comienzo y la paciencia y la constancia… ya se sabe: han dimitido.

Una variable del “no me gusta” es el “me aburro”. Supongo que, si no es parte de su trabajo o de sus intereses, no sabrá que desde hace unos años, muchos ya, la capacidad de concentración de los jóvenes y su capacidad de resistencia al fracaso… han bajado notablemente. Y usted, como yo hice, puede alegar: “Pues yo veo a los niños que pasan horas con las maquinitas”. Correcto, pero esta continuidad en la maquinita tiene una variable idéntica a la que tienen nuestros paseos de adultos por Internet: la inmediatez. El juego de la maquinita refuerza de continuo al jugador, Internet de continuo nos ofrece nuevas posibilidades de cambio, de salto de página… Resumen: internet nos hace superficiales (magnífico libro el de Nicholas Carr, ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?. Superficiales) y las maquinitas refuerzan aún más la impaciencia y la búsqueda de resultados inmediatos. El niño quiere satisfacciones continuas, se ha hecho más impaciente: lo que pide lo quiere para ayer… Y el libro, amigo mío, requiere un proceso madurativo lento, como el crecimiento de una planta: primero la semilla, agua, una brizna de hierba después, un pequeño tallo que se eleva, poco a poco, página a página, vamos desentrañando qué ocurre en el libro… Si su hijo no lee, por lo menos que cuide plantas: algo ganará con ello; regálele un par de ellas. Oye, cómprate una planta.

Puede ocurrir que, a veces, los chavales no leen porque su eficacia lectora es mala. La eficacia lectora es una suma de elementos que implican exactitud al leer, comprensión y velocidad. El lector lento se aburre y generalmente comprende mal. Si ya, de suyo, necesita de la gratificación continua y voy lento… ¡que siga leyendo su padre! Da igual que le explique al niño, que te expliquen, que al tener una eficacia lectora mala tus resultados académicos serán… malos: tu comprensión y tu expresión, por falta de entrenamiento se atascan. Eso no le interesa al joven, y aunque lo oiga vendrá a decir qué largo me lo fiais y que le importa, te importa, un pepino: ¡ni me lo planteo! Por un oído me entra y…

Antes se decía que el libro competía con la televisión que es chisme más cómodo y menos trabajoso. Ahora y siempre la lectura ha competido con el movimiento físico: la quietud del lector frente a la inquietud del niño y del joven, su ansiedad, el pasar de un asunto a otro, moverme… Sí, claro, la lectura se parece algo a estudiar… solo que el libro, ese libro que te agrada, que tú has elegido te lleva por mundos maravillosos, próximos o lejanos… Hay libros que “cogen” y libros que deben ser cogidos… Libros hay con cientos y cientos de páginas (más de mil tienen Los hermanos Karamazov) y libros los hay breves… Se puede empezar por los más breves y amables (ojo, pero con calidad literaria, ¡que lo uno no quita lo otro!), elegir un personaje dinámico, con situaciones de cambio constante, para irnos acercando después a la planta ya más hecha, más crecida, planta que irá dando frutos, poquito a poco… al ritmo de la lectura amable y el hábito adquirido… Leer quizá no te haga feliz, pero te ayudará a hacer camino, ¿te apuntas?… Y si no, otra vez será. Quien resiste gana.

Autor: Antonio José Alcala