«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

Cae la tarde, se nublan los cielos y Jesús, desfallecido levanta la mirada al cielo, una mirada de verdadero Dios y verdadero hombre sufriente que quiere volver a su Padre eterno. Sabe que su muerte no va a ser en vano y que su cuerpo y espíritu Dios los recogerá en sus manos para volver a levantarlos. Por eso, con toda confianza, termina el diálogo que había tenido con su Padre en la cruz y expira su último aliento para entregárselo a la Eternidad.

La cruz se convierte ahora en eje del mundo entero; Dios ha muerto en un madero para la salvación de la humanidad y ésta llora su pérdida, «cruje» el orbe y cuanto lo llena.

Ya no duelen los clavos, no pincha la corona de espinas su cabeza, no avergüenza su desnudez y sus heridas, no tiemblan sus rodillas, el pecado y la muerte han fracasado… Ya solo queda el eco de su última palabra, eco que traspasa todo y lo hace todo nuevo.

Contemplemos en este día a Jesús sin vida en la cruz y dejemos que nos riegue con la sangre y el agua de su costado; reconozcamos ante ese misterio que Él es verdaderamente Hijo de Dios.

Ahora nos habla María, con el cuerpo de su hijo en los brazos, y nos dice, con los ojos llenos de lágrimas, que acojamos ese cuerpo entregado y lo guardemos en el Corazón hasta que resucite para convertir nuestros sepulcros en altares que celebren cada día que Jesús está vivo y vive en nosotros, y nosotros en Él.

Antonio Guerrero