Acuérdate que eres polvo

“Conviértete y cree en el Evangelio”. Nos han entregado hoy miércoles de ceniza estas palabras que sacuden las más íntimas fibras del corazón y nos recuerdan que comienza la Cuaresma, aquel tiempo fuerte en que la Iglesia se prepara para la Pascua. Somos invitados por Cristo mismo a despertar de la somnolencia en que nos vamos sumergiendo con el paso de los días, para descubrir y purificar nuestra tendencia a centrarnos en la autorrealización y el bienestar. Nos percatamos de repente que vamos a toda velocidad y casi sin darnos cuenta hacemos monumentos de nosotros mismos, hasta convertirnos en ídolos que no dependen ya del Creador. Este es un tiempo propicio para redirigir la mirada, y contemplar lo que Jesús con cariño nos recuerda: que sólo podremos alcanzar la plenitud de la vida purificando nuestra inclinación a vivir encerrados en desordenados deseos de poder, reconocimiento y bienestar. Dicho en otros términos, que sólo hallaremos sentido a nuestra existencia viviendo en una constante entrega al Padre y a los hermanos. Justamente ésta es la luz que arroja el misterio de la Cruz.

Hagamos de este un tiempo para mirarnos en Jesús. Lo cual no es lo mismo que decir mirarnos en el espejo. El espejo devuelve nuestra imagen, recubierta aun de máscaras y fantasías. La mirada de Jesús, el encuentro con Él, revela en cambio el horizonte de nuestro ser en toda su profundidad y verdad. Permitirle que nos mire para que podamos vernos y conocernos con sus ojos es ser despojados de las máscaras de lo que creíamos ser, y encarar nuestros desórdenes, miserias y fragilidades, hasta desnudar al fin los engaños con que habíamos cubierto nuestra vida. Pero su mirar no cierra el panorama, su mirar abre, nos muestra lo que estamos llamados a ser: vida de su vida, hijos amados de Dios, santos como el Padre es santo.

“Conviértete y cree en el Evangelio”. Hace eco en nosotros el llamado a ponernos en camino y decidir convertir nuestras vidas; para ya no cesar de mirar a Cristo y dejarle que nos mire; para ser más eucarísticos y permanecer orantes en presencia de Aquel que es cabeza de la Iglesia. Pero… ¿nosotros?, ¿estas vasijas de barro que un día prometen darlo todo por Jesús y al día siguiente le vuelven la espalda y lo dejan solo? Sí, se trata de nosotros, pero no solos. Dios nos llama hoy a redirigir la mirada a lo único necesario, pero también nos da el aliento para ponernos en marcha, recordándonos de nuevo que depende de nuestra voluntad ante nada el reconocer en su presencia que nuestras fuerzas y buenos propósitos no bastan; en suma, que necesitamos de Él absolutamente. Es preciso aprender a abrir las manos para recibirle, pues en cuanto pongamos en las suyas toda nuestra pobreza, Él asumirá dichoso el protagonismo del camino, nos irá liberando de las estrechas cárceles del egoísmo, hasta que podamos entonces entregarnos, disponibles y por entero, a Él y a nuestros hermanos para siempre.

Mario Felipe Vivas Name