El asaltador de sagrarios. Giovani Martini.

    Giovani un día se plantó delante del sagrario y retó a Dios:  “Si es tu voluntad, Señor, vamos a probar eso que dice mi catequista. Ahora yo me callaré, y Tú, si quieres, habla”. De repente, algo le invadió y sintió como si Dios abrazara su alma.

     

    Antes ya rezaba a menudo y me sentía cerca del Señor: tenía la certeza de que me escuchaba, le hablaba con toda confianza, leía la Biblia buscando lo que Él quería decirme, encontraba la paz y la fuerza en los sacramentos. Pero mi experiencia de Dios con mayúsculas no puede ni compararse con eso y vino poco después de empezar con la oración contemplativa, que mi catequista de confirmación se había propuesto enseñarnos. Tras muchos fracasos, parece que algo entendí, porque una noche, después de rezar, le dije: “Si es tu voluntad, Señor, vamos a probar eso que dice mi catequista. Ahora yo me callaré, y Tú, si quieres, habla”. De repente sentí una presencia entrando en mí -algo que no sé relatar-, como un sentimiento de amor que no emanara de mí, sino de otro, de fuera hacia adentro, más real, más profundo y más intenso que cualquier sentimiento, placer o dolor que haya experimentado nunca; como si Dios abrazara mi alma. Tuve miedo, pero lo cierto es que podría haber estado así durante horas, porque me daba una paz que nunca había imaginado antes. No era simplemente meditar, guardar silencio, respirar hondo… ¡qué sé yo! Allí no estaba solo yo. Su presencia era como escuchar la respiración de alguien al otro lado del teléfono: no dice nada, pero sabes que está ahí. Las oraciones más perfectas de mi vida no han tenido palabras.

    Probé a hacerlo muchas veces y, con intensidad variable, siempre lo conseguía. A veces era amor, otras paz, otras una especie de fuego o inquietud que me impedía estar sin hacer nada. Probé a hacerlo después de la comunión y ante el sagrario y descubrí que la presencia era mayor entonces, lo que aumentó mi fe en la de Jesús en la Eucaristía de forma real y me convirtió en devoto de Jesús Sacramentado. Y entendí aquello de “venid a mí los que estéis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, que antes había consistido solamente en desahogarme ante Él en oración y consolarme con su palabra. ¡Lo había encontrado! ¡El mismo Cristo que se paseaba por Israel actuaba en mí cada vez que lo adoraba, en casa o ante el sagrario! Y aquí sigo, yendo a verlo cada vez que puedo solo para pasar un rato con Él, mi pequeño momento de Tabor, que tiene sus altibajos. Es Él quien lo hace todo, creo que es su manera de decir que la fe no puede limitarse al sentimiento, o que no debo seguirlo solo por esos momentos, ¡después del Tabor Él y sus apóstoles fueron a Jerusalén a vivir la Pasión…! otras veces es síntoma de que necesito confesarme, de que me «pesan» los pecados- pero igualmente, no necesito nada más para creer. El Señor vino a mi encuentro en la oración y desde entonces soy otro asaltador de sagrarios.