Un impulso, una decisión, pasarlo bien, un error…

    Un testimonio que apenas necesita presentación alguna. Un impulso, una decisión, pasarlo bien, un error… y al final del todo, nos damos cuenta que Dios no nos ha dejado solos en cada uno de esos pasos.

     

    A veces vivimos sin pensar en el mañana, pero la vida no se para, el mañana llega se convierte en presente y después en pasado y hagamos lo que hagamos debemos asumir que el pasado no se puede cambiar.

    Yo fui joven y viví así, nunca imaginé que el pasado puede pesar tanto, según que decisiones tomes y a la vez servir para hacer algo bueno precisamente por ese error tan grave que cambió mi vida.

    Tengo que decir que solo Dios puede sanar y sacar algo bueno de un mal tan grande como es participar en la muerte de un hijo, ósea abortar.

    Voy a hacer un poco de historia. Pertenezco a una familia Católica practicante, que me trasmitió la fe y la viví hasta que me topé con una realidad en la que yo no había pensado nunca. Tuve un novio y cometí el error de pensar, que si nos queríamos ¿por qué no íbamos a tener relaciones? ¡No pasaba nada y pasó!, me quedé embarazada. Rompimos la relación y él siguió su camino y yo el mío. Tener un hijo sin casarte, hace treinta años era una odisea, sufrí desprecios, y humillaciones, y al final pude marcharme de mi pueblo a trabajar a Madrid, allí viví la explosión de lo que se llamó la “movida madrileña” (sexo, drogas y alcohol) época de libertad y desenfreno, al menos eso decían. Llegué a Madrid con 22 años y con trabajo, así que tenía

    dinero para pagar una canguro que se ocupara de mi hijo mientras yo me divertía y disfrutaba de la vida, que era joven y ya había sufrido bastante.

    Ese tipo de vida tuvo dos consecuencias, que me alejé de Dios y de su iglesia, no me hacía falta y así podría hacer lo que me diera la gana, en definitiva ser libre. Qué equivocada estaba, la segunda consecuencia fue que volví a encontrar ante un embarazo en soledad. 

    Cada mujer tiene un condicionante por el que se ve abocada al aborto y en mi caso fue el miedo. Miedo a enfrentarme a mi familia por segunda vez, miedo a seguir adelante sola, en definitiva, el miedo no se cuantifica, y por miedo decidí abortar.

    A partir de ahí mi vida cambió para mal, mi carácter cambió, estaba completamente irascible, mi estado de ánimo era una montaña rusa, empecé a sufrir de ansiedad y como cualquier ser humano, traté de seguir a delante sobreviviendo a las consecuencias de mis propias decisiones. Al final de lo más grave que pude sufrir en el postaborto, no es solo el sentimiento de culpa que provoca auto-juicio sin piedad, sino que la ira que genera el aborto en el corazón de una mujer contra el hombre y contra ella misma, se acaba convirtiendo en violencia y en muchos casos como el mío, en violencia contra los hijos, tanto si los tienes antes de abortar, como si los tienes después. Yo acabé maltratando a mi hijo y doy gracias a Dios porque en un momento dado, hubo un punto de inflexión por el que fui consciente que necesitaba ayuda psiquiátrica y la pedí.

    Pude sanar la herida humana que provoca el aborto que es la psicológica y con el tiempo pude sanar la herida espiritual, que es independiente  a las creencias que tiene cada mujer, porque es una cuestión de conciencia la que acaba pasándote factura por las decisiones erróneas que tomas en la vida. Yo tuve suerte porque me transmitieron la fe desde niña y tuve  a lo que aferrarme para salir del infierno en el que me metí. La esperanza del perdón me devolvió a la Iglesia, que como madre que es, me acogió sin reproches, y que Dios como padre que es, me perdonó y cambió mi vida. Él tenía sus planes, que yo no podría ni imaginar; fue marcándome el camino y desde que decidí seguirle pude, no solo liberarme de este gran pecado, sino reparar el daño que hice y que me hice.

    Hoy en día me dedico a ayudar a mujeres para que sigan a delante con sus embarazos inesperados y también ayudo a mujeres y hombres que han sufrido abortos provocados. Después del mal que hice, mi vida tiene sentido y jamás podré devolverle a Dios ni siquiera una ínfima parte de todo lo que me ha dado Él. Solo puedo decir que por muchos errores que cometamos, Dios jamás nos juzga ni nos culpa, solo espera que volvamos a sus brazos, porque Él mecerá con toda ternura los avatares de ese nuevo camino que puedes comenzar.