El desafío de la Iglesia: transmitir alegría

Antes de ponerme a escribir este post se me ha ocurrido buscar la palabra alegría en Google. El resultado ha sido cuanto menos curioso: de las cinco primeras entradas,  cuatro son sobre el Cirque du Soleil y la restante, ¡cómo no!, es de wikipedia. He seguido investigando y las características a las que he llegado posiblemente las sabéis: la alegría es algo positivo, grato, fresco y luminoso, generador de bienestar que favorece el optimismo y mejora la salud. Me he acabado preguntando si con estas notas, ¿quién no la quiere para sí?

La alegría es también una emoción, un sentimiento, un estado de ánimo; y por lo tanto es algo que va y viene según las circunstancias. Podríamos decir que ésta es su parte negativa: es inestable.

Ahora bien, ¿qué pinta en esto la Iglesia? Digamos que mucho, aunque solo sea por las palabras del Papa Francisco el Domingo de Ramos del año 2013: «un cristiano jamás puede estar triste».  ¿Qué puede querer transmitir el Papa con estas palabras en un mundo lleno de malas noticias, sufrimientos y desdichas?

Como antes decía, nos produce alegría una buena noticia o estar con un amigo al que queremos; también el ir de cañas con los colegas, ver un monólogo, salir de compras o, por supuesto, el triunfo del Atleti en el último minuto. Son alegrías buenas y sanas, pero pasajeras.

Existe sin embargo una alegría que nunca pasa y que también hace que las penas sean más llevaderas y no nos quiten la paz. Ésta es la alegría que proviene del abandono confiado en los brazos de Dios. Sí, porque con Dios de nuestro lado no hay contradicción que no se pueda superar.

«Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su        dulce Cruz.» Camino, 658.

Si alguna vez sientes que has perdido esta alegría, pregúntate qué obstáculo has puesto entre Dios y tú.

Decía que el desafío de la Iglesia es transmitir alegría, y la Iglesia no es un ente que vaga por la ciudad, sino que la Iglesia somos tú y yo. Y si partimos de la base de que nadie da lo que no tiene, nos toca ponernos las pilas para estar siempre cerca de Dios y por ello muy alegres. Cambiar el mundo con caras largas, con malos modales, con aire antipático… lo siento, pero… ¡es imposible!