Anónimos en el cielo

Sí, te has cruzado con ellos en un semáforo mientras esperabas a que cambiara a verde. También en el metro entre empujones. Se han sentado contigo en clase y, seguro, hasta has tenido la suerte de vivir con alguno. Son santos, personas corrientes y molientes que han luchado por dar lo mejor de si mismos, como tú y como yo lo intentamos, pero con la diferencia y el simple hecho de que ellos ya están en el Cielo.

El Cielo, ese sitio que como decía san Agustín, será lo que cada uno quiera: 

salto-acrobacia-bicicleta-montañaAllí estarás con esos a los que tanto querías y ya se han ido a cuidarte desde él, y también con los que tanto quieres ahora. Pero no solo eso. Allí también sonara el despertador por la mañana, aunque podremos decir: ¡aún me quedan otras 12h para dormir! En el Cielo, para ganar a tus estrellas no necesitaras el Pro porque lo harás personalmente en un estadio brutal. Además, podrás hacer unos descensos por la montaña con la bici sin camiseta ni casco. En el río te tirarás a las pozas desde piedras de más de 30 metros y, si caes mal, no te abrirás la cabeza ni te saldrá un moratón. Mientras, las chicas se pasarán el día en la peluquería poniéndose guapas para cuando acabemos y juntos, nos hartaremos de tomar helados de diez sabores sin miedo a morir de un exceso de azúcar. Ese día, ellas y ellos acabaremos en una fiesta que no tenga nada que envidiar a Tomorrowland. Y lo mejor es que, escucha bien, todo esto será PARA SIEMPRE y sin que haya lugar para el cansancio (a menos que te guste imaginar que te cansas jejej).

Cuenta la leyenda que Santa Teresita, muy de niña, al comprender la profundidad de estas palabras cogió a su hermanito de la mano y partieron rumbo al frente, donde los moros mataban por motivo de su fe a los cristianos. «Para siempre», «para siempre» le repetía a su hermano cuando éste, con mirada incrédula, le preguntaba si estaba segura de lo que estaban haciendo. Gracias a Dios todo quedó en una simpática anécdota de niños pero… ¡cuánto nos puede dar que pensar! Dar tu vida, hoy y ahora por el Señor, como nuestros hermanos los cristianos perseguidos lo están haciendo, sabiendo que la recompensa es la eternidad: para siempre, para siempre.

Ojalá y todos tengamos esas santas ganas de ir al Cielo. No nos conformemos con el simple deseo sino que, desde ya, pongamos los medios. Es allí donde brilla nuestra única Esperanza. Y también, ojalá, tengamos muchas ganas de llevar a él a todos, a todos. Decía un santo del siglo pasado: «de 100 almas, nos interesan las 100». Pues… ¡Recomencemos de nuevo y tomémonos en serio nuestra santidad para hacer con nuestro ejemplo el camino por el que pisen cuantos nos rodean! ¡Esto es cambiar el mundo! Y hoy, día de todos los santos (conocidos y anónimos) es el día para proponérselo. Si ellos pudieron… ¡nosotros también!