Y en medio de mis problemas, ¿dónde está Dios?

Todos tenemos momentos de “Señor, ¿dónde estás?”, me di cuenta de ello cuando vi que me había impregnado de Marta y María y solamente podía repetir “Señor, si hubieras estado aquí, (inserte aquí su queja)…”.

La verdad es que a todos nos cuesta aceptar nuestras limitaciones y aceptar que nuestros hechos tienen consecuencias. Probablemente es lo que nos ocurre cada vez que intentamos echar la culpa de nuestros fracasos a alguien, o cuando buscamos en ellos a Dios, seguros de que no está ahí.

Lo de Marta y María tuvo fácil y rápida solución: Jesús resucitó a su hermano Lázaro. Pero claro, cuando te pones delante de Dios y le dices “Señor, si hubieras estado aquí, no habría discutido con mi novio”, “Señor, si hubieras estado aquí hubiese aprobado esa asignatura”, “Señor, si hubieras estado aquí ahora no tendría que estar echando de menos a mi amiga”, “Señor, si hubieras estado aquí, entendería mi vida a la perfección”, y un largo etcétera de quejas, y ves que Dios “se ha escondido”, te desesperas, pierdes la calma, empiezas a darte vueltas a ti mismo, y, ¿dónde terminas? Exacto, en ti mismo. ¿Y Dios? Dios sigue ahí, detrás de todo ese polvo que has levantado hurgando en ti mismo.

Cuando ves que tienes que salir de ese bucle infinito que has creado alrededor de ti, empieza a clarear todo y Dios empieza a tener vía libre para actuar en tu vida, pero, ¡cuánto nos cuesta llegar a eso! Nos creemos autosuficientes, hemos oído demasiadas veces que la mano que necesitamos está al final de nuestro brazo, y nos lo hemos creído, pero no lo somos, ¡necesitamos de Dios!

Realmente Jesús es ese mejor amigo con el que empezamos a relacionarnos cuando somos pequeños; empezamos a crecer y esa nos parece una perspectiva infantil, pero en absoluto lo es; Él mismo nos dice Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. En cuanto tenemos un problema descolgamos el teléfono y acudimos a nuestro amigo o amiga, a nuestro padre o madre, o a nuestros hermanos, sin darnos cuenta de que quien realmente puede socorrernos ahí es el mismo Dios, en Él encontraremos las respuestas a todas nuestras preguntas y la solución a nuestros problemas, aunque sus tiempos no sean nuestros tiempos, y no siempre entendamos lo que Dios quiere de nosotros. ¡Confianza!

No olvidemos, como decía santa Teresa de Jesús, que La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.