Cuando creemos que todo va mal… ¡Dios nos ayuda siempre!

Unos estarán en la recta final, otros ya habrán acabado, algunos ni habrán empezado. Los temidos exámenes…esta época especial para todos los estudiantes…

En tiempo de exámenes es muy frecuente que se despierte la religiosidad profunda: ese momento en que recordamos que Dios es todopoderoso y que a lo mejor puede influir misteriosamente en la mente de los catedráticos para que pongan justo los temas que mejor nos sabemos: “Dios mío, Dios mío, que apruebe…” El intento es legítimo, pero si al final no apruebas no te enfadas con Dios. Hay otros candidatos mucho más idóneos para ser el blanco de tus iras: los profesores, tus amigos “si no te hubiesen <<obligado>> a salir tantísimas noches a lo largo del curso”, o incluso nosotros mismos.

Dicen que el tiempo de los buenos propósitos es Navidad y siendo más concretos, Año Nuevo, pero para un estudiante el tiempo de los buenos propósitos es el período de exámenes: “La próxima vez empezaré desde el principio; desde septiembre me pondré las pilas; en junio esto no me vuelve a pasar…”. Y el pronóstico más arriesgado de todos: “no voy a faltar a ninguna clase más”. Si al final lo consigues, habrás puesto todos estos propósitos en un papel con letra grande y lo habrás pegado en algún sitio visible que te remueva la conciencia cada vez que lo leas. Y si no, al menos podrás reírte de tu ingenuidad.

El momento más temido…. ¡llegan los exámenes! Entonces odias a todo el mundo; a tus hermanos, que hacen ruido sólo para fastidiarte; a tus vecinos, que ponen música a todo volumen para recordarte que tú ahora no puedes escuchar lo que te gustaría; odias a tus padres, que preguntan qué tal va todo, sin asumir lo que es evidente: que todo va terriblemente mal y no tienes ganas de decirlo; a tus amigos que han estudiado, por listillos; y a los que no han estudiado, por ser una mala influencia.

Tal vez hay otra forma de ver las cosas: tus hermanos tienen que seguir con su vida, los vecinos ni siquiera saben que estás de exámenes, el interés de tus padres es preocupación, y no lleva un mudo reproche escondido y tus amigos lo son para las horas buenas y las malas. Y el mal humor no arregla nada. Si puedes, sonríe.

En tiempo de exámenes el mundo se paraliza. No hay espacio para todas las actividades complementarias que habitualmente tienen un hueco en tu agenta: ni correr, ni gimnasio, ni clase de música o idiomas, ni voluntariado, ni café, ni mus, ni leer novelas, ni pachanguita de fútbol, ni compra. En cambio, tu universo se puebla de nuevos compañeros de camino: café (muy cargado), toneladas de papeles y apuntes escritos en clave, más cigarrillos que de costumbre, ojeras, despertadores que adelantan tu odioso timbre hasta esas horas en que las calles ni siquiera parecen puestas. Ánimo. La vida normal volverá.

En la vida siempre encontrarás sufrimientos, preocupaciones, problemas, pérdidas… pero debemos llevarlos como hijo de Dios, sin agobios inútiles, sin rebeldía o tristeza. Jesús nos enseña lo que debemos hacer si sientes que el mundo se te viene encima, cuando la cruz es grande y sientes que no puedes más.

 

Dios te ayuda, quiere lo mejor para ti, sabe lo que necesitas. Su mirada alcanza esta vida y la eternidad. Él sabe bien lo que hace y lo que permite. Todo está dirigido para tu bien.