Rezar es algo muy complejo… ¿no?

¿Te gustaría orar, pero no sabes cómo? ¿Eres de los que te vuelves súper-creativo a la hora de elaborar excusas para no orar? No te preocupes, no eres el único. Actualmente, estamos acostumbrados a resultados rápidos y a cálculos de utilidad. La oración es otra cosa; la oración es desinteresada, un tratar con Aquél que sabemos nos ama. ¿Vamos a controlar y medir el tiempo con quien compartimos una relación de amor? ¡Enamórate y no lo dejarás! Él te ama con locura y lo ha dado todo por ti ¿cómo no íbamos a agradecérselo? ¿Crees que no tienes fe? ¡Rezar ya es un acto de fe!

Sí, ya. Este discurso lo conozco perfectamente y aun así no consigo rezar asiduamente. Ciertamente la oración es esto y más, es algo muy complejo. La oración es meterse en el océano, en lo incontrolable, un bucear por lo desconocido de nosotros mismos y de Dios; un dejarse sorprender y estar dispuesto a todo; un dejarse tocar por el Señor para que sea Él quien nos cambie; porque Él es el protagonista de nuestra oración si lo dejamos. Rezar es reconocer que no somos autosuficientes y que necesitamos a Dios. Y esto incluye luchas, enfrentamientos con nuestros miedos y nosotros mismos ¡y no siempre estamos dispuestos a ello! No te extrañes pues, si descubres por la oración tus propios límites y esto te incomoda. Mucha gente tiene miedo actualmente a la oración y a la soledad por esto mismo: porque descubren sus defectos ¡pero esto es necesario para crecer! ¡Confía en Dios abandonándote como un hijo en Él!

Ya, pero ¿Qué es la oración? La oración es un diálogo. Y ya sabes qué es un diálogo: un intercambio constante de papeles entre el interlocutor y el hablante: uno escucha y otro habla, y así. La oración es un diálogo con Dios: cuéntale tus alegrías y tus preocupaciones como haces con cualquier amigo ¡pero déjalo a Él también intervenir! Sí, la oración está estrechamente unida a la vida; forma parte de ella. Por tanto, tiene mucho que ver contigo y no puedes perderte esto. Nuestra oración siempre es diferente a la del resto. ¡Descubre tu propio modo de orar!

Así que atrévete, no pongas más excusas y vamos a ello. Da el paso. Enfréntate a ti mismo y convéncete de la necesidad de dedicar un rato según tus posibilidades (puedes empezar dedicando 10 min. al día e ir aumentando hasta 30 si puedes; y mejor haz silencio ante el Santísimo) aunque creas que no está pasando nada. ¡No lo dejes cuando lo consigas! Habrá momentos de duda. La oración es así, tiene sus ritmos y nos desanimamos porque solo veremos resultados a largo plazo, en retrospectiva. La oración te volverá más atento, más fuerte, más feliz. Por cierto ¡no estés pensando en los resultados desde el principio! Llegará un punto en que la oración será el motor en tu vida y brotará de ti la necesidad de orar delante de Dios en su presencia. Sé valiente: te espera algo muy grande. Te aseguro que se nota, y los demás también. Mantén siempre la esperanza.

Maikel