Todos hemos visto alguna vez a alguien tirado en la calle. Completamente ido. Alguien joven, no tan distinto a nosotros, con la mirada perdida, sucio, desconectado. Y todos pensamos lo mismo: «¿Qué le habrá pasado para acabar así?»
Nadie empieza ahí. Nadie empieza queriendo perderse. Empieza con algo pequeño. Algo que parece normal. Algo que creemos controlar. Un porro porque todos fuman. Una copa más porque total, mañana no madrugamos. Una noche de la que no recordamos todo, pero nos reímos y la contamos como anécdota.
¿A quién no le ha pasado despertarse y no recordar bien qué hizo la noche anterior?
Ahora imagina sumar a eso no saber quién es la persona que tenemos al lado. No recordar la noche, ni su cara, ni su nombre, ni por qué acabamos ahí. Eso no empieza siendo dramático. Empieza siendo divertido. Pero el cerebro no busca felicidad. Busca picos.
La dopamina es la sustancia que nos hace querer repetir algo que nos ha dado placer. No distingue si nos construye o nos destruye. Solo aprende el camino más rápido al subidón.
Por eso, cuando repetimos una conducta, necesitamos cada vez más. Más alcohol. Más estímulo. Más intensidad. Y llega un punto en el que ya no disfrutamos. Necesitamos. Esto se ve clarísimo con las drogas. Con el alcohol. Y también con el sexo, aunque nos cueste reconocerlo.
La persona que se pone nerviosa si no puede fumar. La que reacciona mal si alguien le dice que quizá debería parar. La que dice «yo controlo», pero su humor depende de si puede o no hacerlo.
Eso es dependencia. No es maldad. Es un hábito que ha tomado el control.
Ahora llevemos esto al terreno de las relaciones. ¿Cuántas parejas conocemos donde el sexo se ha convertido en una exigencia? No algo que nace del encuentro. Sino algo que se espera y se da por hecho. Algo que, si no ocurre, genera tensión, enfado, inseguridad o culpa.
«Es que llevamos tiempo sin hacerlo.»
«Es que tengo necesidades.»
«Es que si no quieres, algo pasa.»
Y entonces surgen las preguntas dentro de nosotros: ¿Me pasa algo? ¿Debería querer? ¿Debería ceder? Si digo que no, ¿me dejará de querer?
Aquí ya no hablamos de amor. Hablamos de validación. De usar el cuerpo para calmar miedos, inseguridades, vacío o soledad.
Durante las relaciones sexuales se libera oxitocina, la hormona del vínculo. Genera sensación de unión y apego. El cerebro aprende rápido, «esta persona me hace sentir conectado».
El problema es cuando esa conexión química aparece antes de que exista un amor real, maduro y libre. Entonces ocurre algo muy peligroso, nos sentimos unidos a alguien que, en el fondo, no nos está cuidando.
Cuando esto se repite, empezamos a medir el amor en función de los picos. Si hay sexo, nos sentimos queridos. Si no lo hay, nos sentimos rechazados.
Ahí el sexo deja de ser don. Se convierte en moneda. En premio. En anestesia. En forma de huir de lo que no queremos mirar.
Llega un punto en el que ya no sabemos qué sentimos. Si nos gusta esa persona o solo cómo nos hace sentir cuando nos acostamos. Si la queremos o solo la necesitamos. Si nos quedamos por amor o por miedo al vacío que viene después.
Eso pasa. Mucho más de lo que se dice. Por eso no todo lo que es intenso es bueno. No todo lo que da placer construye. No todo lo que conecta, conecta de verdad.
El mundo nos vende que vivir es sentir fuerte. Pero sentir fuerte no es lo mismo que vivir bien. No hace tanto años las personas se divertían viendo a otros morir torturados en una plaza. Ahora son otras cosas las que despiertan esa química. Pero seguimos confundiendo lo impactante con felicidad.
El amor, en cambio, no va de picos, no es un chute. Va de paz. De cuidado. De libertad para decir que no sin miedo a perder.
La castidad, desde la fe, no es represión. Es aprender a no usar al otro para llenar mi vacío, eso que solo Dios puede llenar. Es esperar para no confundir química con realidad. Es proteger el corazón antes de que se rompa.
Porque no estamos hechos para consumir personas. Estamos hechos para amar. Y amar no deja vacío.
Quizá la clave es entender la castidad como un regalo, y saber esperar como la fórmula perfecta del amor. Porque amar bien no es correr hacia la intensidad. Sino caminar con libertad.
Andrea Santolaya







