Hace pocos días volví a quedar con mi amigo Juan Carlos. Hablamos de muchas cosas más que interesantes y, en un determinado momento, volvió a salir el tema de su conversión. Mira, me recordó, yo antes de convertirme era practicante, pero no creyente.
Es una frase que desde que me habló por primera vez de su encuentro con la Virgen en la pandemia del COVID me ha golpeado.
¿Cuántos practicantes no creyentes hay? Almas que van sin pena ni gloria a la Misa del Domingo y que llevan meses o años sin confesarse. Hombres y mujeres que afrontan grandes desafíos profesionales, pero pocos retos como creyentes. Cristianos que se proclaman entre sus amigos y conocidos como seguidores de Cristo y que viven con mala cara o desgana las enseñanzas de Jesús.
Ya lo dijo San Pablo y en este siglo lo denunció el Papa Benedicto XVI: uno de los grandes males es la acedía o, como hemos conocido siempre, la tibieza.
Sigo preguntándome qué pasaría si los practicantes fueran creyentes. Lo he visto en la vida y conversión de Juan Carlos. La vida de muchos de ellos cambiaría y para mejor de ellos y la Iglesia.







