Nuestro mayor bien: amar y ser amados

Amor, Catequesis

El amor con el que alguien nos ama, no hay nada ni nadie que nos lo pueda quitar. La fama y la honra pueden arrebatarlas, se pueden perder. Los bienes materiales también. La salud, la belleza, el saber, etc., todo eso se puede perder. Podrán meternos en un calabozo o en una cárcel y privarnos de nuestra libertad, pero si alguien nos ama incondicionalmente, eso no hay forma de perderlo. Y si quien nos ama de ese modo es una persona de gran dignidad, justa, buena y merecedora de todo aprecio, corresponder a ese amor será también el más profundo deseo que hay en nuestro interior. Y tampoco el amor con el que amemos a esa persona podrá nada ni nadie quitárnoslo. Ser amados y amar a alguien. Ese es el mayor bien, el único bien que puede darnos verdaderamente la felicidad. Estamos hechos para amar a alguien y ser amados por alguien.

Quien carece de ese amor personal, está solo. Puede vivir en medio de mucha gente, en medio de continuas fiestas, juergas y entretenimientos, tener muchos con quienes divertirse… pero en realidad está solo. Y esa es una soledad terrible, angustiosa, insoportable que nos hunde en un abismo de insatisfacción, en un agujero oscuro que nos oprime y nos desgarra. Es la soledad que nos arroja a un vacío sin fondo de tedio en el que parece que somos engullidos por la nada y que nos hace perder el sentido de la vida. No hay mayor tristeza, mayor tortura que la de estar solo. La soledad aboca a la locura y al suicidio.

Pues bien, el cristianismo es precisamente quien nos revela que hemos sido hechos para amar y ser amados y que, por eso no es buena la soledad. En lo más profundo de nuestro ser está el deseo de un amor pleno capaz de colmar totalmente nuestros deseos de felicidad. Ese amor es Dios. Hemos sido creados por Dios que es Amor infinito. Nuestro origen, nuestra existencia es fruto de un acto de amor de Dios que nos ha dado el ser. Nos ha hecho existir porque nos ha amado y quiere que disfrutemos con su amor y que le amemos con todas nuestras fuerzas. En realidad, Dios no necesita de nuestro amor, pero quiere que le amemos porque en amarlo es donde encontramos nuestra verdadera felicidad y Él quiere que seamos felices plenamente y para siempre.

Fuera de Dios no cabe la felicidad. Dios es eterno relámpago de inteligencia, fuego eterno de amor, el mismo Ser que subsiste por sí, infinito y eterno, perfecta Luz y Bien inefable que se posee a Sí mismo. Es la Alegría y Felicidad absoluta y perfecta. No podemos hacernos una idea, siquiera aproximada de cómo es Dios. A pesar de que Él nos ha ido revelando muchas cosas, nuestra capacidad es tan limitada que nos resulta más fácil entender lo que no es Dios que lo que es. Y aunque nuestras ideas acerca de cómo es Dios resultan muy pobres a causa de nuestra limitación, sí podemos estar seguros de algunas cosas sobre su naturaleza. Nuestra razón, aunque limitada puede alcanzar ciertas verdades sobre la naturaleza divina. Y así lo hicieron de hecho los filósofos griegos. Por la razón podemos alcanzar que existe un Ser supremo, causa de todo lo que existe, que es único, que es inteligencia infinita, todopoderoso.