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Teología del hogar 8: Los pequeños gestos

La teología del hogar habla de la necesidad de desarrollar hogares que fomenten la comunidad, la cultura y los valores compartidos.

Los hogares que permanecen abiertos para amigos y familiares, para comidas al aire libre, cenas informales y reuniones espontáneas, son signos contradictorios en un mundo en el que se vive principalmente en línea, aislado de gente de carne y hueso, asfixiado por la soledad.

En esas reuniones lo más importante son los pequeños momentos. Una mujer puede recordar la forma informal en que su madre le hacía preguntas mientras preparaba la cena, creando una atmósfera tranquila para charlas sencillas que a menudo acababan en conversaciones más profundas ya que se sentía libre para abrirse cuando no estaba ‘bajo presión’.

Estos pequeños gestos hacia los miembros de la familia y amigos (un abrazo rápido o un toque en el hombro, preparar un aperitivo, tener un fuego encendido en las noches frías), se convierten en la base de un hogar católico basado en la calidez, la hospitalidad y el respeto compartidos. Como la felicidad, la santidad siempre está ligada a pequeños gestos”.

Estos pequeños gestos son los que aprendemos en casa, en familia; se pierden entre todas las demás cosas que hacemos, pero hacen que cada día sea diferente. Son las cosas tranquilas que hacen las madres y las abuelas, los padres y los abuelos, los hijos, los hermanos. Son pequeños signos de ternura, cariño y compasión.

Como la cena calentita que esperamos por la noche, el almuerzo temprano que espera a quien madruga para ir a trabajar. Gestos hogareños. Como una bendición antes de irnos a la cama, o un abrazo después de regresar de un duro día de trabajo». Papa Francisco.

Hay que apreciar y cultivar esos pequeños momentos que fácilmente se pasan por alto, las ‘actas cotidianas de la gente común, que mantienen a raya la oscuridad’ (Tolkien).

A aquellos que recelan de sus casas por el trabajo que nos han exigido o el dinero que nos han costado, la Teología del Hogar les ayuda a ver lo que han obtenido a cambio: un espacio seguro para acoger a los demás y vivir los momentos más importantes de sus vidas.

El verdadero valor de una casa está en el amor que se da y se recibe dentro de sus paredes. Es algo que construyes, lentamente, con el tiempo, no simplemente refugiándote en el lugar, sino viviendo profundamente en el lugar, pequeños momentos: una cena a la vez, un bebé a la vez, un beso a la vez, una oración a la vez. Un lugar en el que tantos pequeños momentos de amor y de oración van desgastando el velo entre el cielo y la tierra hasta que casi se tocan.

Cada casa católica puede ser un lugar donde la gente se sienta más cerca de la gracia y más cerca de Dios. «Nuestros esfuerzos no son para la estructura y las cosas mismas; son para las personas y las conexiones duraderas establecidas en ese lugar”.

La idea es crear un lugar al que la gente quiera volver una y otra vez, y que refleje, de una manera pequeña, la alegría y la belleza de nuestra fe. Pero hay que evitar la tentación de pensar que eso sólo puede lograrse en un hogar perfecto.

Emily Chapman compró junto con su marido una vieja casa de principios de siglo para renovarla y convertirla en su hogar. Pero las reformas duraron 2 años. 2 años viviendo ellos dentro, sorteando agujeros en el suelo, tuberías, serrín. Escombros y más escombros.

Tenía que cocinar en una cocina helada con un chaquetón puesto. ¿Quién recibiría visitas en esas condiciones? Ella lo hizo. Antes de mudarse a esa casa tenía un grupo de amigos que se juntaban todos los jueves a cenar. Cada uno llevaba algo y pasaban la noche charlando.

El primer jueves que se mudaron a la casa, se presentaron allí con pizzas. Se sentaron en cubos de fregar volteados y rieron, charlaron y hablaron de lo divino y humano. Y no fallaron ni un solo jueves. Las cenas entre escombros y suciedad fueron un éxito.

Porque ellos ya eran comunidad, eran familia, solo necesitaban un «refugio», un techo bajo el que compartir sus pequeños momentos. El hogar católico no son sólo cuatro paredes, es el amor que sale de los que lo habitan e impregna esas cuatro paredes.

“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20) Abrid vuestras casas imperfectas, no tengáis miedo a que juzguen las pintadas de rotulador en las paredes, o la ventana que se atasca cada vez que la abres.

Dad amor y recibiréis la gracia necesaria para que vuestra casa imperfecta sea el perfecto hogar al que todos quieren volver y donde se respira el cielo. #teologiadelhogar

La Samaritana (@Damihibibere)

 

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