Alertan del daño que sufren los hijos de parejas conflictivas

Lucía del Prado recuerda algunas de las frases que ha escuchado en la fundación Filia, a la que acuden al año miles de exparejas en busca de ayuda. Son amenazas como «si no denuncias a tu padre este año no vienen los Reyes» o «me voy a morir si este fin de semana no vienes conmigo», que convierten al hijo «en una marioneta», en un arma para acabar con el rival, en carne de cañón. «Una niña de 11 años le dijo a su madre que si iba a buscarla se tiraría por la ventana. Lo que oímos es salvaje».

Pero ellos, los padres, no son conscientes de lo que están haciendo. «Han perdido la noción de la realidad, creen a ciegas que tienen la razón y se agarran a mil excusas para demostrarlo», afirma Del Prado. Julia Rodríguez, psicóloga especializada en coparentalidad, habla de parejas que siguen unidas por un vínculo fuerte aunque desde el otro lado del espejo. «A pesar de que se han divorciado, siguen enganchados emocionalmente, pero han sustituido el amor por el odio. Hay gente que lleva años en el juzgado. Para ellos, el centro de su vida es imaginar lo que van a hacer contra el otro».

Más allá del odio que les mantiene unidos no hay vida, nada existe, ni siquiera los hijos, que «son utilizados como munición en una batalla», dice Javier Quintero, jefe del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Infanta Leonor. «Atendí a un chaval de 11 años que al final se centró y le di el alta. Cuando tenía 14 sus padres se separaron y pasaron dos años preocupándose por hacerse daño el uno al otro. Cuando miraron hacia atrás, se dieron cuenta de que el chaval estaba dañado, nadie se había fijado en él».

Incertidumbre constante

En el campo de las batallas paternas quedan los cuerpos de los hijos, porque los padres pueden llegar a reconciliarse con el tiempo pero, para entonces, los niños ya han sufrido daños que pueden cambiar sus vidas. «Una pareja se separa y uno de ellos, por ejemplo la madre, se queda con la custodia del hijo. Para ella es muy fácil intoxicar al menor y eso es lo que hace. La relación con su padre se deteriora y ambos acaban distanciándose, pero cuando el chaval llega a la adolescencia se rebela contra la figura de autoridad, que es la que está en casa. Ocurre entonces que el chico no tiene a quién acudir para que medie entre él y su madre porque la figura paterna está destruida. Se encuentra perdido y comienzan serios problemas de conducta, todo porque mamá y papá estaban enfadados».

Fuente: http://www.ideal.es/sociedad/alertan-dano-sufren-20180122094856-nt.html