María, la armonía y la belleza del paraíso que anhelamos

”Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”

 

Está claro que lo mejor en esta vida es llegar a hacer las cosas por amor. Porque, al fin y al cabo, lo que importa es el amor que damos y recibimos. La misericordia con la que miramos. Las palabras con las que acogemos. Nuestra sonrisa, la capacidad de esperar y servir. El estar ahí para el otro, aunque el otro no nos vea. El saber aguardar pacientes, sin quejas, sin enfados, sin mirar la hora a cada rato porque las cosas no ocurren cuando lo esperamos. Es la actitud de perdón, sí, ese perdón que tanto nos cuesta.

Hacerlo todo por amor, pensando siempre bien, esperando lo mejor de aquel al que tenemos enfrente. Porque es fácil hacernos enemigos. A veces son aquellos que piensan de forma diferente, los que dijeron o hicieron algo que nos hirió y no lo olvidamos, aunque creamos que hemos pasado página.

No es tan sencillo amar cuando no nos aman y perdonar cuando no nos perdonan. No es fácil servir siempre movidos por el amor. No es tan fácil, porque muchas veces hacemos las cosas sólo porque no hay nadie más, porque si no las hacemos nosotros se quedan sin hacer. Lo hacemos porque nos toca, porque no nos queda más remedio, porque es nuestro deber. A veces a regañadientes, protestando, enfadados. «Siempre me toca a mí, siempre soy yo el que da, por mí no lo hacen», pensamos. No lo hacemos por amor.

Hacemos lo que nos toca, lo que esperan de nosotros, lo que corresponde, lo que no desentona, lo que hay que hacer, lo más prudente, lo que es justo. Hacemos lo que debemos y nos llenamos la agenda de tantos deberes que tenemos que hacer, que nuestra agenda se vuelve pesada y agobiante, asfixiante. Así viene el stress y la falta de paz. Ahí no vivimos a Cristo que viene a cambiar nuestra forma de vivir y de amar. Pero, ¿cómo va a cambiar Él con su venida todo esto?

A veces nos falta fe en los cambios. Y continuamos el camino, pero sin amor. ¿Hacemos las cosas con alegría? ¿Felices de poder servir, de poder dar la vida, de hacer lo que nos toca porque es nuestro aporte sencillo y profundo para mejorar y cambiar este mundo?

Al fin y al cabo, ser santos consiste en decirle que sí a Dios en cada momento. Hacer su voluntad y que la nuestra coincida con la suya. La fiesta de la Inmaculada nos habla de esa actitud ante Dios.

María hizo de su vida un continuo «sí sostenido» a la voluntad de Dios para Ella. Acogió en un silencio humilde la voz de Dios. Se puso en camino y comprendió que su vida iba a ser un canto de alabanza a lo que Dios quisiera para Ella, en lo cotidiano, en la sencillez de Nazaret.

Es por eso que la santidad consiste en hacer con alegría las cosas cotidianas de nuestra vida, lo que nos toca vivir, allí donde nos han puesto, con humildad, de forma extraordinaria, con amor, sin pretender otros escenarios soñados.

Pero en muchas ocasiones no aceptamos lo que nos toca y nos rebelamos. Como si nos hubiera puesto a jugar un juego que no nos gusta, que nos violenta, con unas reglas que no queremos, sin confiar en ese amor que le puede dar la vuelta a todo y hacer que del dolor surja la vida.

Hacer su voluntad, amar sin esperar nada, sólo porque así Él lo quiere. Es esa actitud de entrega que exige gratuidad, generosidad, desprendimiento. Dentro de nuestra agenda, llena de compromisos y actos de entrega, ¿hemos dejado espacio para la gratuidad, para lo que no es exigible, para aquellos gestos de amor gratuito, gestos que no siempre son valorados, apreciados o agradecidos? Son esos gestos no esperados, sorpresas, regalos.

¿Cuándo hemos hecho algo así por alguien a quien amamos, de forma gratuita, sin esperar nada a cambio? ¿Cuándo hemos decidido dar el cien por ciento en nuestras relaciones sin esperar que el otro haga lo mismo, como María lo hizo, siguiendo su ejemplo? «Hay mayor alegría en dar que en recibir». Hechos 20,35. Lo hemos escuchado muchas veces. Pero luego, con frecuencia, queremos recibir cuando damos, y obtener algo a cambio cuando nos entregamos.

Siempre es bueno, y especialmente en este tiempo de Adviento, volver a recordar que nuestra vida se conjuga en presente, en el hoy, porque nadie tiene el futuro asegurado. Y es que, al fin y al cabo, el presente es lo único que tenemos seguro en nuestras manos. Podemos disponer de él poniendo en lo que hacemos todas nuestras fuerzas o dejarlo pasar sin hacer nada.

Hace unos días falleció Irene Vázquez. Una madre de cinco hijos que murió repentinamente después de dar a luz a su quinto hijo. Ella decía hace un año una frase que me ha dado que pensar:«Recordad que siempre lo he dado todo». Ojalá pudiera decir yo siempre lo mismo. Que no me he guardado, que no me he reservado nada egoístamente, que he puesto mi vida y mi corazón por entero en las manos de Dios y de los hombres, allí donde Dios me ha querido.

Ella confesaba que lo había dado todo y, súbitamente, Dios se la llevó a su lado. Había dado su vida, en gestos esperados, en gestos gratuitos, en gestos de amor. Lo que recordarán cuando no estemos serán siempre esos gestos, será ese amor silencioso. No recordarán tantas cosas que hacemos sin amor, sólo porque hay que hacerlas. Así quisiéramos que fuera nuestra vida.

Podemos dar lo que nos exigen, lo esperado, lo previsto. O dar más de lo esperado, más todavía, sin medir. Puede que no nos recuerden por haber cumplido con nuestro deber, por haber dado el mínimo exigido. Si nuestra vida ha consistido en pasar de puntillas por el mundo no dejaremos huella.

Los santos lo dieron todo, no sólo un poco, ni lo justo o lo exigido. Dieron más, nunca se guardaron nada, lo dieron todo. Aprovechemos cada día para amar, para dar más, para dejarnos la vida en todo lo que hacemos.

Por eso es tan importante, como escribía Gabriel García Márquez, vivir en el presente y apurarlo hasta el extremo: «Siempre hay un mañana y la vida nos da siempre otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuánto te quiero, que nunca te olvidaré. El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo».

Sin miedo a perder, sin temer que Dios nos lo pida todo. El mañana es posible, pero el hoy es seguro, este momento, este instante. El Adviento nos enseña a vivir de esta forma, día a día, paso a paso, sin prisas. ¿Qué estamos haciendo aquí y ahora? Cada día es una nueva oportunidad para volver a empezar. Una ventana abierta en el calendario. Vivir así es vivir en Adviento, esperando; es caminar hacia Cristo, al encuentro de Jesús en Belén.

El tiempo del Adviento es una invitación a la conversión. Tal vez una más en nuestro largo camino siguiendo a Cristo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: – Una voz grita en el desierto: -Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».

¿Otra vez convertirnos? ¿Y si de nuevo no lo logramos? Los cambios siempre nos cuestan. Cambiar para desmalezar, abrir caminos, romper murallas. Isaac Newton decía: «Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes». Queremos romper murallas, tender puentes, para dejar que de dentro salga lo más nuestro, lo más propio y auténtico. Para permitir que desde fuera entre la vida y se creen lazos de unidad.

Lo hemos intentado muchas veces pero no siempre es fácil. A veces compruebo que no soy libre de apegos, de deseos, de ese vano orgullo que presiona, de ese amor propio que no me da tanta paz. No acepto las críticas ni los consejos.

En realidad, no quiero cambiar, me he dado cuenta. Quiero seguir como estoy, como siempre, como antes. Porque cambiar duele, exige, cansa, agota. Es mejor permanecer donde estamos, sin temor, quietos. Decir que sí callados, con timidez, escondidos. Con miedo a que Dios quiera cambiarnos de verdad. Le decimos que sí estamos dispuestos, pero luego nos rebelamos si llegan cambios.

Avanzar cuesta mucho, tal vez demasiado y no queremos. Por eso quizás nos asustan otros caminos, otros métodos. El nuestro nos gusta. Estamos acostumbrados a lo propio. Quizás lo que pasa es que nos apegamos mucho al presente. Lo queremos estirar pretendiendo que sea infinito.

Es curioso cuánto tira el presente. No queremos perderlo, ni que cambie. ¿En qué es necesario cambiar? Nuestro corazón tal vez está desordenado. Necesita limpieza y algo de paz. Siempre hay cosas que mejorar, aunque nos cueste. Podemos amar más y mejor. Podemos crecer. Podemos seguir caminando.

El Adviento es un tiempo en el que Dios nos invita a soñar despiertos, a esperar con paciencia su venida. Es un tiempo en que nos preguntamos si realmente esperamos que algo cambie en nuestro corazón, en nuestra vida rutinaria, en nuestra forma de amar y entregarnos. O si por el contrario nos hemos acostumbrados y ya no esperamos ni deseamos ningún cambio.

Decía el Papa Francisco en su exhortación «Evangelii Gaudium»:«Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero».

¿Cuál es nuestro ser verdadero? A veces no nos preguntamos tantas cosas. Vivimos y dejamos vivir. Tal vez acabamos sobreviviendo en medio de los ruidos, las luces y las oscuridades. Hay algo en nuestro interior que es lo más auténtico. Nuestro yo más verdadero. Tal vez lo hemos tapado y la pregunta vuelve a resonar en el corazón al comenzar el Adviento: ¿Qué podemos cambiar para que salga a la luz lo que de verdad somos?

Lo más auténtico sale si dejamos la puerta abierta. «Si somos lo que tenemos que ser encenderemos el mundo», nos decía el Papa Juan Pablo II al comenzar el tercer milenio. Es verdad, eso basta. Ser fieles a nosotros mismos. Sin temor al rechazo. Sin pensar que tenemos que ser lo que otros esperan. Sin tratar de estar a la altura de todas las exigencias que nos plantean.
Decía el P. Kentenich: «El lenguaje suave y mudo del orden de ser debe llegar a convertirse para nosotros en un sonoro deber comprometedor. Debo llegar a ser lo que realmente soy»[1]. Entonces, ¿tenemos que cambiar algo para que Jesús pueda venir a nuestra vida? Sí, siempre es necesario que estemos abiertos a los cambios.

Podemos mejorar, crecer, pulir, profundizar, ser más libres, más humanos, más misericordiosos, más de Dios. Quitándonos miedos y prejuicios, cadenas y barreras. Claro que hay cosas que cambiar. Pesos que nos duelen en el alma. Rencores no olvidados, errores no perdonados.

¿Estamos dispuestos a asumir la exigencia de algún cambio en nuestra vida? Sí, el comienzo del Adviento nos da fuerzas. Es un tiempo de esperanza para la Iglesia, ese tiempo en el que los sueños se hacen realidad y no podemos dejar de esperar, de anhelar, de mirar hacia adelante como niños confiados. No podemos dejar de confiar en la fuerza transformadora de Dios en nuestra vida.

Hoy celebra la Iglesia la fiesta de la Inmaculada concepción de la virgen María. ¿Qué significa la fiesta de la Inmaculada? A veces puede parecernos una fiesta lejana, imposible. María sin pecado y nosotros empecatados. Hoy es la fiesta del ser humano, de su grandeza, de su belleza.

El Padre Kentenich decía: «Esperamos una realización del milagro de María en el sentido de que surja el hombre pleno, el hombre plenamente redimido y plenamente santo»[2]. Miramos a María Inmaculada, sin pecado, plena. Es el camino y la meta, el paso y el destino final. Es la fiesta del amor de Dios hacia el hombre, de su confianza en nosotros.

En María está lo que podemos llegar a ser. Su armonía, su unión de lo más humano con Dios, su belleza de alma, su obediencia a Dios como una niña, su docilidad. Y además, Ella se nos muestra, no sólo como ideal sino como camino. Su intercesión por nosotros ante Dios y por Dios ante nosotros. Como en Caná, Ella le habla a Dios del vino que nos falta, antes de que lo pidamos, y a nosotros nos dice: «Haced lo que Él os diga».

Lo que está en juego en nuestro mundo es la imagen de hombre. Hoy el hombre vive alejado de Dios. Quiere ser feliz y libre, pero sin Dios, porque Dios parece coartar su libertad, impedir su realización como persona. La Inmaculada, por el contrario, nos muestra el hombre que queremos ser, un hombre libre, un hombre pleno, un hombre anclado en Dios y en la tierra, plenamente humano y plenamente divino al mismo tiempo. Parece imposible para el hombre, pero no es imposible para Dios.

María se nos presenta como la imagen ideal de hombre. Ella vence la inestabilidad de este mundo en el que vivimos. Decía el P. Kentenich: «La Madre de Dios aparece con la luna totalmente bajo sus pies. La luna como símbolo del cambio permanente, no sólo en el mundo sino también en la propia vida»[3]. Ella hace que este mundo en el que todo parece caduco tenga una vida plena. Da estabilidad a lo inestable, eternidad a lo caduco.

Todos tenemos en el alma una huella, una nostalgia de algo eterno, un deseo insaciable que nos hace soñar con más, con no conformarnos. Queremos la montaña para mirar desde arriba y entender el camino, nos gusta el mar que nos habla de inmensidad, de aventuras, de infinito, miramos las estrellas y nos sentimos pequeños.

Y cuando nos paramos un poco en nuestra vida, reconocemos en nosotros algo que nos tira a amar más, a ser amados de forma entera, a regalar todo lo que Dios ha puesto en nosotros desde siempre y que quizás no sabemos dar, o no hemos descubierto.

Decía el Padre Kentenich: «María es punto de enlace para un impulso fundamental de nuestra naturaleza: el impulso de elevación. En nosotros existe un fuerte instinto de ascender. La virginal primavera, la blancura de la nieve, la pureza de los ojos de los niños, despiertan todo lo grande que llevamos en el alma. Goethe decía: -¡Ay! ¡Dos almas moran en mi pecho! Una apunta con fuerza hacia abajo. Y la otra lo hace con igual fuerza hacia arriba»[4].

Miramos a María y se enciende en el corazón el sueño más grande. Soñamos con lo eterno dibujado en sus ojos.
Dos almas moran en nuestro pecho. Hacemos lo que no queremos, dejamos de hacer lo que nos hace más grandes. Dos tendencias, soñar la cumbre y caer derrotados.

Decía el Padre Kentenich que quien medite sobre la Inmaculada «sentirá que dentro de sí se enciende el anhelo de totalidad, de plenitud, de naturaleza intacta, de superación de todas las cosas enfermas de nuestra pobre y débil naturaleza»[5].
Soñamos con llegar a las cumbres nevadas dibujadas en nuestros ojos. Con hacer realidad el sueño de Dios en nuestra vida. ¡Cuánto deseo descubrir mi nombre, ese nombre que Dios pronunció con inmenso amor al crearme! A veces lo intuyo un poco, y luego lo pierdo otra vez.

Todo eso es el deseo de cielo. Cuando lleguemos al cielo, nos veremos unos a otros y nos sonreiremos al ver cómo nos parecemos, cómo se parecen nuestros deseos, nuestras miserias, nuestra sed. Todos, al final, queremos lo mismo. Ese cielo, esa presencia de Dios comienza aquí, en el camino.

Dios está cerca. Él fue el que recorrió el camino para llegar a nosotros, para hacernos más fácil el camino hasta Él. Para vivir ya aquí con Él a nuestro lado. Se acercó para siempre. No hay muro entre esta vida y la próxima. Todo se unió en Jesús por María. Ese cielo está en María, Ella es nuestro modelo, Ella nos ayuda a vivir aquí según Dios. En Ella vemos reflejado lo que anhelamos llegar a ser.

Hoy queremos profundizar en el valor de la decisión de María.Dios nos conoce, sabe que necesitamos manos humanas que nos lleven hasta Él y Él también quiso venir a través de unas manos de mujer que le sostuvieron al nacer y en la cruz, toda su vida.

Dios se hizo dependiente del sí de María. Con inmenso respeto le preguntó en Nazaret, y aguardó su respuesta. Su sí cambió nuestra vida. Y su sí diario por cada uno de nosotros sigue haciendo el milagro de traernos a Jesús.

Esa decisión marca así su vida y la nuestra: «El ángel, entrando en su presencia, dijo: – Alégrate, llena de gracias, el Señor está contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: – No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios».

Las primeras palabras que el ángel le dijo a María fueron «alégrate», «el Señor está contigo», «no temas», «has encontrado gracia ante Dios».Queremos experimentar en este Adviento el saludo del ángel, percibir el amor que Dios nos tiene, escuchar que nos quiere con locura.

La alegría de sus palabras nos conmueve. Dios se alegra con nosotros, descansa en nosotros, nos ha elegido. María nos recuerda nuestra condición de hijos preciosos a los ojos de Dios. Dios se ha fijado en cada uno de nosotros, porque nos ama, porque somos sus hijos predilectos.

Al inicio de nuestro Adviento, el ángel nos dice estas palabras:«Alégrate, no temas, descansa. Dios está contigo. Te ama y quiere venir a tu vida para siempre. No aparta su mirada de ti».

A veces el Adviento parece un trámite, pasa rápido y no nos da tiempo a nada. Sin embargo, el Adviento no es la espera incierta y oscura. En el primer Adviento, Jesús ya estaba en el seno de María. En su corazón ya había luz, ya era Navidad.

El Adviento es el saludo del Ángel que viene a nuestra vida, que nos sorprende, que irrumpe. El Adviento comenzó para María ese día, a los pies del Ángel. Y todo el Adviento fue María llena de Cristo. Hasta que nació y Ella nos lo mostró.

Lo más grande sucedió al principio del Adviento: Dios se hizo hombre en María. En la promesa del Ángel comienza el camino:«Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Ya está entre nosotros aunque nadie lo vea. Como tantas veces sucede en la vida de cada día. Jesús está vivo y no lo vemos. Actúa, pero pensamos que no lo hace. Ama y no tocamos ese amor cálido. Está con nosotros, ha puesto su tienda en nuestra vida, pero quizás no sabemos verlo.

Queremos aprender a mirar a María para ver a Jesús. Ella siempre nos lleva hasta su Hijo, a Belén. Ya está en nuestros corazones en medio de este camino. Y todo comenzó con ese sí pronunciado por una niña: «Y María dijo al ángel: -¿Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: – Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel».Lucas 1, 26-38.

El sí de una niña abre las puertas del cielo. La tierra se llena de la luz de Dios. Ese sí callado, silencioso, oculto, abre la grieta más grande por la que Dios entra en nuestra naturaleza para hacernos ciudadanos del cielo. Es el milagro más grande. El milagro más oculto. El más humano, el más divino.

Y todo es posible porque, en realidad, nada es imposible para Dios. Dios hace grande lo pequeño y hace realidad nuestros sueños. Aunque no lo veamos, aunque no entendamos cómo va a suceder todo, la certeza que vuelve al corazón al mirar a María es la misma: Dios lo puede todo. María es Inmaculada. Lo imposible es posible para Dios.

Decía el Padre Kentenich: «Sin mancha es sólo algo negativo. En cambio Inmaculada entraña algo positivo en sí, plenitud de vida natural y sobrenatural. Una plenitud de gracia, Dios es amor. Dios no puede hacer otra cosa que amar. ¡Si el hombre supiese despejar los obstáculos que se le oponen a esa voluntad de amar que tiene Dios! El único escollo es el pecado, el egoísmo, la egolatría. María no conoció ese escollo»[6].

La Inmaculada no conoció ninguna barrera que la alejase del amor de Dios. Era un jardín sellado y abierto sólo para Dios. María Inmaculada tiene la armonía y la belleza del paraíso que anhelamos con todas nuestras fuerzas.

Todo lo humano es de Dios, eso es lo que María nos muestra. A veces queremos salir de nuestra vida, de nuestra misión, porque nos parece gris, y buscamos a Dios fuera de lo cotidiano. Queremos signos prodigiosos, apariciones, grandes experiencias. En ocasiones dejamos de hacer lo que tenemos que hacer por buscar a Dios fuera de nuestra vida ordinaria.
En María Dios se hace palpable en la vida cotidiana. Así es Dios que se encarna en nuestro hogar, en el trabajo, en nuestro día. Nace allí y allí nos habla. Hace de nuestra vida, tal como es, el mejor camino para ser santos. Si profundizamos, si amamos con toda el alma, Él, una y mil veces, saldrá a buscarnos en medio del desánimo.

Decía Teilhard de Chardin: «Recuerda: Cuanto te deprima e inquiete es falso. Estate seguro, nos lo ha prometido Dios. Por eso, cuando te sientas apesadumbrado y triste, adora y confía». Él nos dará fuerza en medio de nuestras luchas, en las tareas que parecen pequeñas, o en ese trabajo que parece ineficaz y duro. Porque en todo trabajo, aunque nos resulte absurdo, está Dios. Ése es el misterio de la Navidad. Es el misterio de María. Dios toca nuestra vida y viene a ella, para cambiarla. Desde lo más humano. Desde los que somos y tal como vivimos.

María nos ayuda. Ella en su vida hizo en cada momento lo que Dios le pedía. Treinta años ocultos sirviendo a su marido y a su hijo. Detrás de eso estaba el amor más grande. Le queremos pedir que nos enseñe a ser como Ella, a vivir con profundidad el día a día, a vivir con alegría nuestra misión sin buscar otras, a saber encontrarnos con el Dios de nuestra vida en cada momento, a retirarnos a hablar con Él en nuestra alma, a preguntarnos siempre, una y otra vez, cómo miraría Ella, como amaría Ella, como viviría Ella.

¡Cuántas veces buscamos lo extraordinario! María es la maestra de lo ordinario. Nos muestra cómo lo cotidiano, vivido hasta el máximo con amor y alegría, es el mejor lugar de encuentro con el Señor. Nuestro camino de santidad y plenitud. Cuánto más humanos seamos, más de Dios.

Acercarnos a los demás, dejarnos tocar, ser comprensivos, no juzgar a los distintos, acoger a todos, disfrutar con las cosas pequeñas, vivir nuestra rutina como una aventura, entregar cada día el trabajo, llevar alegría, ser fieles en los detalles pequeños, tener creatividad para hacer felices a los que viven con nosotros, preocuparnos por cada uno. Amar hasta el extremo hoy. Ahí, escondido en lo más pequeño de nuestra vida, está Dios. Esa es la escuela de María. ¿Dónde está Dios escondido en nuestra vida, en lo más cotidiano?

Desde que Dios se hizo hombre en María, todo lo humano es de Dios, todo lo nuestro le importa y está llamado a ser sagrado. Todo lo humano se hace sagrado, es su morada predilecta. María es el camino que Dios recorre cada día para llegar a mí.

María es el camino que yo puedo recorrer para llegar a Él. Es la puerta del cielo para mí. Es la puerta de la tierra para Dios. Es el jardín lleno de bosques y fuentes donde cada día puedo encontrarme con Él. Al mirarla veo lo que puedo llegar a ser, para lo que estoy hecho. Al mirarla veo el amor de Dios hacia mí. Y creo en la belleza de la vida aquí en la tierra.

María nos une, nos muestra el camino de nuestra plenitud. Nos enseña la integridad a la que estamos llamados, el amor completo, y sobre todo, Ella, en el santuario, nos va modelando en sus manos. Ella tiene la misión de sacar de nosotros lo mejor. De sanar las heridas y unir lo quebrado. Si nos confiamos a Ella, si se lo pedimos.

Cada uno de nosotros tiene una herida diferente, unos talentos diferentes, un ideal diferente, unas circunstancias diferentes. María es nuestra Madre que nos toma como somos y nos acoge con sus ojos de misericordia. A su lado, poco a poco, nos va modelando según Jesús, sacando lo mejor de nosotros. Es capaz de ver lo que nadie ve, nuestro tesoro escondido, nuestro don principal, nuestra tarea. Si nos entregamos a Ella, día a día, pidiéndole ayuda, Ella, siempre, aunque parezca imposible, irá tallando ese sueño de Dios en nosotros.

«Bienaventurada, tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Es la bienaventuranza de hoy. Gracias por haber creído, María, porque hiciste posible en ti todas las promesas de Dios al hombre. Por tu fe todas las esperanzas de los hombres se hicieron realidad. Necesitamos tocar a Dios, verlo, escucharlo.

Hoy hacemos nuestras las palabras de una persona que rezaba: «Ayúdame a creer como tú, a confiar como tú, como un niño, sostén mi cáliz cuando yo no pueda, quédate a los pies de mi cruz cuando sufra, enséñame a decir que sí siempre. Llévame siempre en tus brazos junto a Jesús, porque solo me cuesta». Ella nos acoge, nos educa, nos transforma. Nos lleva a lo más alto y cree en nosotros.



[1] José Kentenich, “Dios presente”, Texto 181
[2] J. Kentenich, “Kentenich Reader” III
[3] J. Kentenich, “Kentenich Reader” III
[4] J. Kentenich, “Kentenich Reader” III
[5] J. Kentenich, “Kentenich Reader” III
[6] J. Kentenich, “Kentenich Reader” III

Fuente: Aleteia