Henar Casero, universitaria: “La clave es valorar lo grande de lo pequeño”

Henar Casero ya está contando los días para volver a Moscú, donde ha estado unas semanas de prácticas como estudiante de quinto de Medicina. Esta vallisoletana de 22 años en realidad ha cargado las pilas: “Rusia me ha enseñado que tengo mucha suerte de tener cosas que nunca había valorado y eso me llena de ganas de hacer rendir esos talentos”, porque “allí se te caen los esquemas cuando conoces a otros católicos: aprendes a valorar lo grande de lo pequeño, lo extraordinario de lo ordinario, y el poder de los pocos”.

¿Qué hace una chica como tú en un sitio como Rusia?
Siempre me ha llamado la atención, sobre todo su historia. Es un mundo totalmente aparte al que tenemos en Europa y, sin embargo, está al lado. Una asociación de intercambio para estudiantes de medicina me ofreció la oportunidad de ir a distintos países, cuando vi Moscú, no me lo pensé dos veces.

¿Por qué Moscú te pareció un buen lugar?
Médicamente hablando, no sabía qué me iba a encontrar, es un país que ha vivido aislado mucho tiempo y que se ha incorporado a la medicina global hace relativamente poco. Mientras que la sanidad está despegando y puedes ver las huellas del régimen soviético en el sistema en general, los avances técnicos y tecnológicos están al nivel del resto del mundo, por lo que es una gran oportunidad para un estudiante de medicina: por un lado tienes mucha labor que hacer y por otro, mucho que aprender y estudiar en el ámbito más técnico.

Foto henar
Henar, en el centro, con dos amigos

Rusia es uno de los países con mayor cantidad de ateos y agnósticos, después del comunismo, ¿es posible vivir allí tu fe coherentemente?
Rusia es un país de contrastes. Ha sido un país ateo en el que la religión ha estado fuertemente reprimida, pero cuando acabó el régimen hubo un gran resurgimiento de la Iglesia Ortodoxa, ya que en cuanto se permitió la gente quiso saciar su necesitad de Dios y la Iglesia Ortodoxa es la que, por tradición, primaba en Rusia. Por otro lado, parte de la herencia del comunismo es que es un país muy supersticioso. En el caso de la Iglesia Católica, es más complicado… solamente hay dos iglesias católicas (en unos 2500 km cuadrados de ciudad) por lo que, sinceramente, hay que hacer malabares. Pero, gracias a Dios, la Iglesia es madre y en situaciones así se ve más patente, porque se valoran más las cosas y la Iglesia se vuelca cuando ve que la necesitas, y es cuando uno se da cuenta de la suerte que tiene de formar parte de esta familia.

Supongo que para tus amigos y compañeros del hospital no sería muy común conocer a católicos, ¿qué decían cuando se lo contaste? ¿Les llamó la atención?

La mayoría de la gente no conoce nada de la Iglesia Católica y para ellos es sorprendente. Les entra curiosidad y te preguntan sobre tu fe y sobre todo la comparan con la que conocen, que es la ortodoxa. No puedo generalizar, pero con la gente que me he cruzado puedo decir que son gente abierta, curiosa y con ganas de conocer y encontrar la verdad.

¿Cómo crees que puedes acercar a la gente a Dios cuando tienen tan arraigado que «la religión es el opio del pueblo»?
Han vivido tanto tiempo bajo la opresión religiosa que saben qué es vivir sin nada y vivir para nada, y creo que ello les ha llevado a buscar con renovadas energías la verdad y respuestas a las preguntas fundamentales. De todas formas, la mejor manera de convencer es con la vida. Y ahí juegan un papel importante los católicos que viven allí. Y, lo mejor de todo, es que ellos lo saben.

¿Cómo son los católicos de Rusia?

No hay diferencia. Tenemos una misma misión. Pero lo que hace que en Rusia sea especial es que ellos son conscientes de esa misión, y dan su vida por esa misión. Aquí, en España, tendemos a olvidarnos y nos dejamos contagiar por la sociedad individualista y la comodidad de dejarse arrastrar, pero allí saben que lo que no hagan ellos no lo hará nadie y que hay mucho por hacer. Y la realidad es que, después de tantos mártires en los últimos siglos, en Rusia hay una gracia especial.

Henar
Henar, con unos amigos

En España, te encuentras iglesias católicas por todos sitios, no como en Rusia, ¿valoras más la Misa allí?
Como ya he dicho, solo hay dos iglesias católicas en Moscú y muy poquitos católicos. Esto te lleva a plantearte muchas cosas, en una ciudad tan inmensa y poblada, tan diferente, te sientes diminuta. Pero descubres que las dimensiones de Dios no son materiales, y que la Iglesia Católica es muy grande por lo mucho que ama. Es conmovedor, a pesar de las distancias y el tiempo, van todos los días. Pero eso no es todo, es admirable la piedad con que la viven. Se te caen los esquemas: aprendes a valorar lo grande de lo pequeño, lo extraordinario de lo cotidiano, y el poder de unos pocos.

¿Qué te ha enseñado Moscú?
Tanto, tanto. No puedo contarlo con palabras. Me he comprometido a dejarme la piel en todo lo que hago. He aprendido que nunca hay una única manera de enfocar la realidad y que a veces es bueno y que eso construye. Que el dolor que ha sufrido una sociedad la hace crecer y la hace más sensible a las necesidades ajenas. Y que Rusia es mucho más de lo que venden en Europa.

¿Qué te viene a la cabeza cuando recuerdas esas semanas?

Gratitud, a todos lo que estuvieron conmigo ese mes y me enseñaron tanto y a ese magnífico país. Energía, esta experiencia en Rusia me ha enseñado que tengo mucha suerte de tener cosas que ni siquiera había valorado nunca y eso me llena de ganas de hacer rendir esos talentos.

¿Para cuando tu billete de vuelta?

¡En cuanto encuentre una excusa -afirma sonriente-!