Monseñor Pérez, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela: “Lo que más admiro de los jóvenes es la limpieza de corazón, la nobleza y la capacidad de entrega”

Se oye a Monseñor al otro lado de la puerta, se despide de otra visita; este hombre parece tener tiempo para todos, menos para él. Don Francisco Pérez, con sesenta y seis años, rebosa naturalidad y alegría, parece que han quedado para tomar café y se adelanta a responder sus preguntas. Él también cuestiona, dice: “A ver, ¿quién puede descubrir quién es Dios?”. Ante un mundo en que solo parece cabe lo material y lo inmediato, este hombre no tiene miedo en afirmar que su madre es la Iglesia, a la que se lo debe todo, y que el Papa también cuenta con los ateos. Nació en Frandovinez, un “pueblecito” cerca de Burgos, en el seno de una familia que le enseñó el valor de la pobreza cristina, pues eran emigrantes, y entregar su vida por los demás. Aún recuerda aquel consejo de su madre: que fuera muy sincero y humilde, por eso hoy sigue siendo un servidor: es el Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.

Hay que dar un impulso evangelizador a los jóvenes, ellos construirán el futuro”

Unos descubrirán a Dios antes, otros, después.

Monseñor, háblenos de su infancia, cuéntenos el comienzo de su historia

Me crié en un ambiente cristiano, el de mi familia, una familia pobre, muy pobre. Mis padres tuvieron que emigrar a Frandovinez, un “pueblecito” de Burgos, donde llegaron sin nada con mi hermana mayor. El alcalde, al verles que llegaron tan “pobrecitos”, les regaló una oveja para que pudieran alimentar a mi hermana, eso siempre lo llevo en el corazón, siempre estaré agradecido al señor Flores; además, tuvo la delicadeza de dejarles una casa medio en ruinas y le dijo a mi padre, que como era carpintero, que la arreglara. Allí es donde yo, junto a mis dos hermanas, crecí; donde aprendí a amar a Dios. Me ayudaron mucho el sacerdote de mi pueblo, mis padres, la lectura del Evangelio y las vidas de santos a crecer en la fe. Y, aunque de pequeño quería ser médico, todo esto me llevó a pensar: “Si estos han hecho tanto bien a los demás, ¿por qué yo no?”; alguien me dijo que se necesitaban médicos de almas… Así, a los once años decidí ser sacerdote y al año siguiente entré en el Seminario Diocesano de Burgos.

¿Y su juventud?

Muy difícil, porque tuve muchas enfermedades. Con dieciocho años sufrí una peritonitis aguda que me podía haber llevado a la Casa del Padre, pero se ve que el Señor no quería aún- sonríe perspicaz-. Lo pasé bastante mal, estaba estudiando Filosofía y Teología en el seminario. Con veinticuatro años me ordené sacerdote.

¿Qué es lo que más admira de los jóvenes?

La limpieza de corazón, la nobleza y la capacidad de entrega, que es lo que hay que cuidar. Me duele mucho que estemos en una sociedad tan relativista, donde hay tanta influencia del mal, está haciendo daño desde niños, donde se rompe la inocencia. Que no les quite nadie esa limpieza de corazón, para que descubran lo que quiere Dios de ellos. Y eso es lo que construirá un joven para el futuro como signo de libertad, de alegría, de paz, de concordia, de amor. Hemos de evitar las adherencias que puede haber en una sociedad hedonista, que da culto al cuerpo, y materialista como esta, hay que limpiarlas cuanto antes, pues luego son muy difíciles de quitar; y poder crecer como un buen árbol, sin que se tuerza.

“Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”, ¿por qué es “necesaria” la Iglesia para llegar a Dios?

Yo no creo en un Dios etéreo, como un magma que hay en el ambiente, creo en un Dios personal y eso me lo muestra Jesucristo, que se encarnó en la Virgen María, él nos ama tanto que ha dado su vida por nosotros. Jesús fundó la Iglesia reuniendo a un grupo de apóstoles y esta es la madre que me ha dado la vida. A ver, ¿quién puede descubrir quién es Dios?, nadie. Lo sé porque me lo ha revelado Jesucristo.

El Papa ha dicho este verano que los jóvenes tienen que cambiar el mundo, ¿usted qué propone?

Confiar, adorar y amar mucho a Dios, esta es la propuesta esencial del seguimiento a Jesucristo. Si esto lo hiciéramos- dice con fuerza-, los matrimonios irían mucho mejor, no habría infidelidades, el sacerdocio serviría como debe ser… ¿Por qué? Porque la fidelidad es amar a Dios y al prójimo. Lo primero de todo es Dios.

Hay muchos estudiantes, ahora más…

Tienen mucho que hacer, tienen en sus manos la organización de una sociedad que necesita la generosidad de gente preparada en todas las ramas, como nos impulsó el beato Juan Pablo II. También desde el punto de vista cristiano que se involucren en todo: ser la sal del mundo.

Vivimos en la cultura del culto al cuerpo, ¿tiene sentido el dolor?

Sí, el de la verdadera libertad, cuando uno abraza las circunstancias dolorosas de la vida, la cruz le lleva a la luz: a la plenitud de vida. Pero esto hay que orientarlo bien, porque si no psicológica y físicamente, puede crear frustración. ¿Quién puede decir que no sufre en la vida?, todos sufrimos, desde que nacemos, lloramos. La vida tiene momentos duros, también fáciles, pero menos, y si uno no sabe enfocar el sufrimiento, que este nos llega a todos, puede buscar el camino de la frustración o el de la realización. Si uno busca el camino de la frustración, es porque no ha sabido entender el sufrimiento: ya no tiene sentido, ya no sirve mi vida. Si es el camino de la realización, en cada sufrimiento que le venga en la vida tenemos que abrazar la cruz, porque Cristo ya lo ha sufrido, como me dijo en una ocasión en la que yo lo estaba pasando muy mal el beato Juan Pablo II. Entonces cuando me viene un dolor pienso que Jesucristo ya lo ha sufrido por mí. No olvidemos que él dijo en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. Así, los sufrimientos son el recuerdo de Cristo en la cruz, el abandono. Así, la respuesta al dolor la tiene Jesucristo en la cruz y esto me hace madurar como persona.

Nuestro mundo va a la velocidad de la luz, ¿cabe Dios?

Claro. El papa emérito Benedicto XVI decía que un humanismo sin Dios, sin amor, es un humanismo inhumano. Yo no puedo vivir sin creer en el amor. ¿Yo puedo comprender que dos personas se quieran sin amarse?, no, no puedo. ¿Ser atleta si no hago deporte? ¿Médico y decir que no curo a nadie? El hombre no puede vivir sin creer en el amor, por poco que sea, y Jesús dice quién es el amor: Dios. Esto está impreso en el corazón de cada ser humano, en lo más profundo de cada uno, dentro del corazón, solo hay que descubrirlo, unos lo harán antes, otros, después.

Entonces, el Papa cuenta con los ateos…

El Papa tiene que acoger a todos como hacía Jesús. Siempre respetando, puede que esa persona no haya recibido el don de la fe, algún día se les mostrará, pues Dios tiene su momento para cada uno. Yo tengo amigos que no tienen fe, pero estoy seguro de que Dios se les revelará. Por eso tenemos que llevar la luz de Cristo y esperar, como él espera de nosotros en cada momento.

¿Qué es lo que más le impresiona del papa Francisco? 

La fe que tiene y el amor a la Iglesia.

¿Cuál es la juventud que quiere el Papa?

La que quiere Jesús. El Papa dice que el que tiene que brillar entre nosotros es Jesús.

¿Y usted?

Lo mismo…