Terminó la Semana Santa; y ahora, ¿qué?

 

 

Ya ha acabado la Semana Santa, un tiempo de mil emociones; hemos visto las calles llenas de gente acompañando figuras de Jesús y su madre sufriendo en los últimos momentos de vida de este, personas que se han acercado a las celebraciones que habitualmente no lo hacen durante el resto del año, personas que se han acercado a confesarse y a comulgar estos días, pero, ¿y ahora qué?

Viendo una procesión multitudinaria en una gran ciudad le decía a Dios: ¡ojalá todo el año fuese Semana Santa! Sí, ojalá todo el año la gente mimase hasta el último detalle para esperar a que Jesús pase delante de ellos, ojalá la gente abarrotase las calles a su paso, ojalá la gente se acercase a confesarse y a visitar a Jesús en el Sagrario. Será, entre otras cosas, porque las mujeres tenemos bastante de soñadoras, que ese era mi único pensamiento mientras veía aquella procesión.

Hay muchos detalles de la Semana Santa que se nos han podido quedar grabados a fuego en el corazón, quizá nos haya interpelado la imagen del pueblo de Jerusalén gritando Hosanna para unos días después gritar que lo crucifiquen, quizás ha sido la actitud de María de Betania, que no atendió a la lógica humana, sino al amor para ungir con perfume carísimo los pies de Jesús, la que nos ha hecho replantearnos nuestra actitud con Él, o la de Judas, tan calculador y traidor como nosotros tantas veces.

Igual el Viernes Santo sentimos una profunda tristeza por la muerte de Jesús, quizá en la Vigilia Pascual hemos sentido que Dios ha corrido la losa de alguno de nuestros sepulcros interiores o mientras llevábamos el paso de la cofradía a hombros hemos sentido un peso ligero y una profunda paz. ¡Tantas cosas nos han podido pasar por la cabeza y por el corazón estos días!

Ahora es tiempo de meditarlo, de ver qué nos quiere decir Dios con eso, ¡no podemos quedarnos en la Semana Santa! El resto del año sigue habiendo Misa los domingos, y los lunes, y los martes, y los miércoles, ¡¡y el resto de días!! El resto del año siguen estando los confesionarios abiertos, y Jesús en el sagrario. No existen católicos a tiempo parcial, no se puede vivir de cara a Jesús solamente una semana al año, es hora de recoger los frutos; de hacer vida ese haced esto en memoria mía, “amaos unos a otros como yo os he amado”, de ponernos a lavar los pies a nuestros hermanos, sirviéndolos cuando más lo necesiten, de partirnos y repartirnos como el mismo Dios hizo aquella noche de Jueves Santo, de hacer de Cireneos con tantas personas que se cruzan en nuestro camino a diario, de anunciar, como María Magdalena, que Jesús ha resucitado, y así, tener claro que a partir de aquel momento, la muerte y el mal no tienen la última palabra.

 

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