¿Me estoy justificando cuando digo que lo que importa es la intención?

Hablemos de cosas objetivas. Dios, que es nuestro creador y nuestro Padre, ve en lo profundo de nuestros corazones y sabe por qué y para qué hacemos las cosas. Aunque en algunas circunstancias nuestros actos den lugar a equívocos entre los hombres, podemos estar tranquilos, porque Dios ha visto en ellos nuestra verdadera intención.

Entonces, si esto está claro, ¿por qué si vas a Misa vestido de cualquier forma, el párroco, la anciana de turno o tus padres te sermonean por ello? Me ocurrió esto una vez hace unos veranos, cuando entré en chanclas y en bañador. Al comienzo de la Misa, la anciana en cuestión me susurró casi a gritos que no debía entrar así en una iglesia, pues era una clara muestra de falta de respeto hacia Dios.

En mi estado de adolescencia profunda le respondí algo así como “Dios, que ve en lo profundo, me recompensará”, y la anciana no dijo nada más. Esto me sirvió para reforzar la idea que ya tenía de que a Dios le interesa más el hecho de que yo vaya a Misa que la marca de mi polo o de mis calcetines. Hombre, todo dentro de un límite ¿no?, pero el caso es que había dejado sin respuesta a una persona que me cuadruplicaba en edad.

Al final de la Misa, a la salida, el párroco salió a mi encuentro y me invitó a hablar con él. Había escuchado la breve disputa. Lo primero que hizo fue describirme los mismos argumentos que yo pensaba empuñar en ese momento en favor de mi forma de vestir para ir a Misa. Viendo mi asombro, me explicó que en su adolescencia él también había pensado así, y aprovechó para preguntarme cómo solía vestir para ir a una boda, para salir de fiesta, o para celebrar el fin de año.

Los hombres, aparte del cuerpo, no tenemos otro instrumento con el que mostrar lo que nos sucede por dentro. No somos ángeles, sino hombres, y hasta ahora no se ha demostrado la existencia de otra vía por la cual expresarnos. Una mujer le decía a su marido: “Llevamos treinta años casados y hace veinte que no me dices que me quieres”, a lo que le responde éste “Pero si ya lo sabes, no hace falta que te lo diga”. Pues claro que hace falta. El amor no se expresa si no es por medio de los actos, y es en esas cosas pequeñas e intencionadas donde reside la gran cantidad de amor que podemos llegar a mostrar al mundo.

Piensa que Dios, el Creador y el Todopoderoso, la causa incausada, el punto de dimensión infinita donde convergen todas las virtudes del Ser, ha decidido hacerse hombre y vivir en las mismas condiciones que tú y que yo, excepto en el pecado. ¿Y para qué? Para amar y ser amado como hombre.

Es decir, el Amor Perfecto ha decidido pasar a tener un cuerpo humano, para expresar su Amor Infinito como sólo sabemos hacerlo las personas. Pero no sólo eso, sino que supo ser hombre de su tiempo, y siguió la tradición religiosa que sus padres le habían enseñado con mucho celo. Sinceramente, no me imagino a Cristo entrando a la sinagoga con la túnica hecha un asco, diciendo “Dios, que ve en lo profundo, me recompensará”.

Cristo demostró su Amor al hombre siendo un niño en brazos de su madre, trabajando, llorando, riendo, enseñando, perdonando, sufriendo y muriendo en una cruz por todos nosotros. Cristo, siendo Dios, podría habernos redimido con su intención todopoderosa, pero decidió morir en una cruz, perdón, en millones de cruces, a lo largo de la historia, en cada Misa.

Y aunque en este sentido no parece comparable ir en chanclas a Misa con morir por amor, tampoco tiene por qué parecerlo una carta con un castillo de naipes. Me di cuenta de que si yo no cuidaba mis cartas, en un futuro no podría crear un sólido castillo con el que enseñar a Dios, a mi mujer, a mi familia, a mis amigos, mi amor por ellos.