Cómo ser niño ante Dios cuando no lo eres

Jesús vivió hace 2.000 años. Como tú y como yo ahora. Respiraba, sentía el tacto de sus dedos, se hacía daño si se tropezaba con la esquina de la habitación… Parece muy obvio, pero es que a veces cuando escuchas mucho una historia, parece que se aleja de la realidad. Pero hace dos siglos Jesús, exactamente igual que tú, se reunía con sus amigos y hablaba con ellos.

Era humano sí, pero era Dios. Esto es más difícil de entender, desde luego. Es su comodín. Y ahora lo que me hace reflexionar sobre eso, es que ese Jesús (que era un hombre muy normal, que sabía cómo hacer que la gente le escuchara y le siguiera), no hablaba solo a sus amigos de entonces. Que quede claro que lo hacía. Y lo hacía mirándoles a los ojos y a su corazón, preocupándose por cada uno de ellos, conociéndoles, preocupándose por ellos…

Y lo mejor es que al ser Dios, no solo les hablaba a ellos. Te hablaba a ti. Un buen amigo me decía que era como un mensaje a través del tiempo. Como si Jesús supiera que cada palabra que decía algún día llegaría hasta nosotros. De hecho, los discípulos no entendían la mitad de lo que les decía. Pero Él sabía muy bien lo que decía. Sabiendo que algún día tú le escucharías. Que tú y yo seríamos parte de esas reuniones en las que la gente le escuchaba sorprendida.

En varias de esas conversaciones, Jesús mencionaba a los niños. No habla de un niño pasándolo por alto o como un comentario sin importancia. No. Les nombra varias veces. Así que tiene que ser importante. “Ser como un niño”, “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí”…

Al final, Jesús nos invita a que seamos como ellos, como los niños. A mí siempre me ha gustado mucho esa invitación, tanto como mi ignorancia para saber aceptarla. ¿Cómo se puede ser un niño sin serlo?

Está claro que los niños se lo pasan ‘divinamente’. No tienen preocupaciones, confían en que sus padres se encargan de lo difícil, son inocentes, aman de forma sincera… En cambio nosotros los jóvenes, vamos viendo como con la edad, las cosas van pareciendo menos fáciles. Empiezas a ver que las heridas de la vida pasan factura y que el corazón se endurece.

La inocencia se marcha por donde vino con el tiempo. Las personas te decepcionan, sufres, lloras, te vuelves a levantar, pierdes confianza, la vuelves a ganar… El caso es que ese ánimo de niño, esos ojos curiosos, esa alegría constante se esfuma y aparece la dureza, el estrés (¡el estrés!), el cansancio, la tensión, la tristeza, la desconfianza, la falta de autoestima… Y eso, sin darnos cuenta, nos aparta de la felicidad.

Una vez leí en un libro que el camino a la ‘perdición’ no es un acantilado por el que alguien se tira. Si no… ¡nadie se tiraría al ver el vacío! El precipicio es más bien un valle con poca pendiente y con muchas distracciones. Mientras vas bajando, no te das cuenta. Y cuando por fin te quieres dar cuenta, estás en un agujero tan profundo, que es difícil salir (solo).

Y ese valle con poca pendiente puede empezar por la falta de esperanza en ese trabajo tan aburrido, la desconfianza por esa persona que te traicionó y que nunca imaginarías que te iba a traiciona o por el dolor que te produce haber perdido a esa persona, o el dolor de esa situación que por mucho que quieras no puedes controlar.

Pues en medio de esa situación (que no tiene por qué ser tan dramática… simplemente monótona -que es casi peor-), está Jesús. En un corro, con sus amigos, entre los que estás tú. Hablando, charlando, compartiendo, mirándote a los ojos. Y te dice que seas simplemente como un niño. ¿Pero cómo?

Siempre he pensado que cuando los curas no saben qué decirte ante una situación te dicen que reces. Pero es que tienen toda la razón. Hay que rezar. Jesús tenía el comodín de ser Dios… y nosotros también. Tenemos el comodín de que ese hombre que te habla a través del tiempo es Dios. Así que recemos.

Recemos para recuperar la alegría, para aprender a ponerle a Él y a la gente que queremos -o no- en primer lugar. Que el trabajo no cope toda nuestra existencia. Que podamos descansar. Preocuparnos menos… (el mundo no va a dejar de girar, no se va a caer el país porque un día curres un pelín menos). Confiar sin miedo a las heridas, sabiendo que se curan y que de ellas se aprenden. Disfrutar de aquello que tenemos delante en cada momento, sin pensar en eso tan urgente que tenemos que hacer y que igual… no es tan importante.

Ordenar nuestra vida, poner a Dios en su sitio: en el primer puesto. ¿Cómo? Pues poniéndole donde está en realidad (el problema es que se nos olvida), ahí donde poníamos a nuestros padres cuando eramos pequeños. Él es nuestro Padre y se ocupa de todo -como los terrenales cuando eramos pequeños-. Así que nosotros tenemos que dedicarnos a amarle. ¿Cómo? (otra vez…) Pues amando a los demás. Esa es la clave. Escuchar sus palabras, su enseñanza… y simplemente… ¡ser un niño!

Este artículo es de Cope Religión y puedes leerlo también aquí: Cómo ser niño ante Dios cuando no lo eres