Dios: el Rey mendigo

Cuando era pequeño, mi padre solía contarme un famoso cuento: el rey mendigo. Este era un rey que habiendo llegado a la vejez sin hijos decidió buscar entre los miembros de su pueblo al heredero de la corona. Para ello se disfrazó de mendigo y fue llamando de casa en casa a alguien que le acogiera. Aquel que le diese cobijo sería el dueño de todas sus posesiones. Sin embargo, pasaban los días y el rey era rechazado sistemáticamente por todos los habitantes de su pueblo. Nadie quería hacerse cargo de aquel pobre hombre. Pero un buen día sucedió que aquel poderoso varón vio a lo lejos una humilde choza. Desesperado por la codicia de sus súbditos, decidió acudir allí pensando para sí que nadie podría heredar su reino. Pero para su sorpresa en aquel hogar halló lo que buscaba. Bastó que le dieran un trozo de pan, para que él les diese las llaves de su palacio.

Me gusta pensar muchas veces que Dios es como este rey: le gusta disfrazarse, pasar desapercibido.  Tanto es así que decide nacer en una cuadra de animales, ocultarse durante 30 años de su vida y se deja clavar como un bandido en la cruz. Y no solo eso, sino que hoy continua entre nosotros disfrazado de pan. ¿Qué absurdo, no? ¿Por qué juega al despiste? ¿Por qué se esconde tras un trozo de pan? Santa Teresa de Jesús responde a esta pregunta diciendo que así Dios está más tratable. Si viéramos la majestad de Dios no nos atreveríamos a entrar con nuestros miserables ropajes a su palacio.

Sin duda alguna, Jesús tiene un master en camuflaje, se esconde muy bien. Y  esto nos puede traer problemas, porque podemos estar delante de Él sin darnos cuenta, rechazarlo como rechazaban los súbditos al rey o buscarle allí donde no está. ¿Cómo encontrarle entonces? Siguiendo el ejemplo de los reyes magos. Aquellos hombres hicieron un gran recorrido desde Oriente hasta Belén en busca de un rey que había de nacer. Fueron al palacio de Herodes pensando que allí se hallaría… pero el rey del escondite les estaba esperando recostado en un pesebre. ¡Qué bajón! Que frustrante esperar un rey y encontrarse con aquel panorama. Todos los discursos que se habían preparado durante el camino ya no sirven. Se quedan sin palabras. Quizás titubean y piensan si la estrella se ha equivocado de lugar. Pero no. La estrella se mantiene firme. Y ante esta revelación creen y se postran ante el niño reconociéndole como el que esperaban.

En estos magos, la Iglesia ha visto representada a la humanidad entera. Y ha visto a su vez un modelo de adoración para todos los hombres, creados para dar gloria a Dios. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador, como Salvador, como Dueño y Señor de todo lo creado. Y reconocernos como criaturas que no merecemos su amor y misericordia. Reconocernos pequeños ante su grandeza y postrarnos como hicieron Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos misteriosos personajes, mancharon sus vestiduras reales y sonrieron en respetuoso silencio a aquel niño, que una vez más se trataba del Dios Escondido. En esto consiste la adoración.

Tú y yo también sabemos dónde se esconde Dios. Y sabemos que le basta con una sonrisa por nuestra parte para darnos las llaves de su palacio. Y es que nuestra gloria consiste en dar gloria a Dios.