Madre y estudiante de ESO

Lydia lo tiene todo preparado: el carrito, la silla del coche, los pañales, que nunca son suficientes… «Tengo que comprar más», se acuerda de repente. Como todas las mamás inminentes, está inquieta. ¿Irá todo bien? ¿Tendrán que hacerme una cesárea? La ciática, las piernas y los pies hinchados… Le quedan apenas un par de semanas para dar luz a su hijo, Alejandro. Lo que diferencia a Lydia de la gran mayoría de madres es que ella se quedó encinta siendo menor de edad, poco después de cumplir los 17 años.

La noticia, ocurrida la semana pasada, de una niña que dio a luz en Murcia tras quedar embarazada por su propio hermano, ha puesto el foco en el problema de la maternidad prematura. Hay que recordar que, cada año, se dan en España entre 6.000 y 7.000 nacimientos por parte de menores de edad. Esta cifra parece baja si la comparamos con los 400.000 bebés que nacen al año, pero aún así, es una realidad que existe. Hay una diferencia entre las madres adolescentes y las niñas. Estas últimas son las menores de 15 años, ya que hasta los 16 no pueden dar su consentimiento. Según los datos del INE, 343 niñas fueron madres en 2016. De ellas, 111 no alcanzaban los 15 años.

Vecina de Cedillo del Condado (Toledo), Lydia Araujo, que había dejado la ESO, estaba haciendo un curso de monitora de niños. Después de someterse a una citología debido a que había sufrido un papiloma, tuvo un retraso de mes. Pensó entonces que podría deberse a un problema médico y no le dio mayor importancia. Al mes siguiente se repitió la situación. Los síntomas empezaban a ser demasiado notorios. Su madre le compró un test de embarazo. Dio positivo. «Vimos el resultado juntas. Yo no sabía si reír o llorar. Mi madre acabó llorando también… Fue un cúmulo de emociones», relata. ¿El padre? Su novio, de un pueblo vecino, y con el que llevaba entonces dos años. Sus ojos también se llenaron de lágrimas.

Al principio, tanto la joven como su madre tenían intención de ocultárselo al padre de Lydia. Sin embargo, se acabó enterando prácticamente ese mismo día. Las pullas eran frecuentes. «Te vas a destrozar la vida… Un niño es mucho», decía. La hermana mayor de Lydia tampoco lo comprendía. En el pueblo, de 3.600 habitantes, todo el mundo la conoce. «No pasaron ni dos días y ya lo sabía todo el mundo», dice. «Y a la gente siempre le gusta hablar de más», añade.

Fueron semanas muy difíciles para ella. Lydia recuerda dos momentos: el primero, cuando fue a Urgencias, después de realizarse el test de embarazo, y le pusieron a escuchar los latidos del bebé; el segundo, cuando estaba en el coche con su madre a punto de salir rumbo a una clínica para practicarle un aborto. Ahí lo tuvo claro. «No podía dejar de pensar: “Voy a matar a mi hijo”». Fue difícil, muy difícil al principio. Sin embargo, su familia lo acabó aceptando y apoyándola. Incluido su novio. «El tampoco quería matar a su hijo. Él me iba a apoyar en la decisión que yo tomase».

En aquellos momentos fue clave la ayuda que recibió de REDMADRE, organización de apoyo a la maternidad que ayuda a futuras madres, incluidas aquellas más jóvenes que Lydia, a continuar con sus embarazos. Apoyo psicológico y social, continuar con los estudios… No en vano, como recuerda Esperanza Puente, voluntaria de REDMADRE, el 80% de los embarazos adolescentes acaba en aborto, la mayoría de las veces obligado por parte de los progenitores.

Sus amigos se lo tomaron bien desde el principio. «Hasta que no te veamos con la tripa, no te vamos a creer», le decían. Durante este tiempo tuvo además la ayuda indispensable de una amiga, de su misma edad, que había sido madre pocos meses antes.

Ahora, Lydia espera acabar la ESO. La está cursando a través de la escuela de adultos y quiere acabarla para aumentar sus posibilidades de encontrar trabajo. Estudió un módulo de peluquería y estética y lo acabó dejando. Le gustaba lo segundo, pero no lo primero. Por eso, le encantaría dedicarse al maquillaje.

De momento, los padres de Lydia ya han habilitado un cuarto en la casa en el que vivirán Lydia, su novio, que ya ha empezado a trabajar en una obra, y el niño. Así, entre ellos, sus padres, la hermana pequeña de Lydia y su abuela –en breve bisabuela– serán siete personas. «Juntos pero no revueltos», bromea la joven.

Es inevitable pensar en el futuro, cuando Alejandro sea más mayor. «Al principio no lo notará, pero sí: dirá que las mamás de sus amigas tienen canas y su madre ninguna. Más que su madre, pareceré su tía… o su hermana», dice. Ahora bien: después de esto, ¿se plantearía tener otro niño? «¡Ahora mismo no!», ríe. «Quizá cuando tenga 25 o 26 años».

Fuente: La Razón

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