Yo también pensé en casarme. Testimonio de un seminarista argentino

Te dejamos el testimonio de un seminarista argentino que ha colgado en la pagina web de la Arquidiocesis de Buenos Aires:

La vocación es un misterio, ingresar al seminario no. Si llegaste a esta página seguramente se te ha presentado la duda de seguir a Jesús como sacerdote. Con mi testimonio espero poder ayudarte, poniéndole un poco de luz a este momento que estás viviendo.

La vocación es un llamado que Dios hace a todos los hombres para que sean santos como Dios es Santo. Supuesto este primer llamado, la vocación se relaciona con el estado de vida que el Padre desea para nosotros: laico, sacerdote, religioso. Para cada uno de estos estados es necesario un discernimiento previo, es decir, pensar lo que vamos a ser a la luz de la voluntad de Dios. No son planteos que se resuelven de un día para el otro. Son procesos que dependen de cada persona y, en especial, de los tiempos de Dios. A modo de consejo entonces: mucha paciencia y oración.

Me voy a ocupar del llamado al sacerdocio, compartiendo mi propia historia personal.

Cuando cumplí 18 años decidí mudarme a Buenos Aires para iniciar mis estudios universitarios en la facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Alejado de mi casa y mis amigos, me pareció apropiado iniciar algún tipo de actividad apostólica que me permitiera crecer y formarme como cristiano y, al mismo tiempo, relacionarme con otros jóvenes. Así fue como comencé a asistir a la Noche de la Caridad, donde pude conocer el rostro de Jesús en los más pobres y abandonados, así como también compartir mi fe.

Fruto de esta tarea apostólica pude conocer más de cerca la vida de un sacerdote y, al poco tiempo, lo adopté como guía espiritual. Nos juntábamos a charlar acerca de diversos aspectos de mi vida cristiana y, en muchas ocasiones, me confesaba con él

A medida que avanzaba en la facultad conocí a muchas personas y me puse de novio. Me propuse vivir un noviazgo cristiano, pensándolo como preparatorio al matrimonio. Suponía que algún día me iba a casar, pero no había reflexionado profundamente acerca de mi vocación. En el fondo, sabía que Jesús me invitaba a un seguimiento mayor, pero me daba mucho temor plantearlo y, de hecho, no tenía intenciones de prestarle atención. Me estaba escapando.

Deseando un mayor compromiso con Jesús, comencé a misionar con el grupo de un colegio secundario y a dar catequesis en una parroquia. Sentía una gran alegría al transmitir la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo, un desconcierto interior respecto a la forma de mi entrega. Busqué comprometerme aún más, incorporándome a un Círculo de oración, colaborando en los cenáculos de un colegio secundario, y ayudando en el desarrollo de una página de Internet referida a grupos misioneros. Pese a todo esto seguía insatisfecho, y la misma sensación se presentó en mi noviazgo. Realmente quería a la persona que estaba conmigo, pero algo no me cerraba.

Así, bastante desorientado y con mucho temor, decidí comentarle a mi director espiritual aquello oculto que acontecía en mi corazón: el llamado constante de Jesús a vivir sólo para El. Fue el comienzo de mi liberación. Concluí mi noviazgo y comencé entonces un discernimiento vocacional más serio.

Poco a poco me dí cuenta que la vocación al sacerdocio no consiste solamente en el gusto por realizar muchas actividades apostólicas. Primero uno debe enamorarse de Dios, para luego entregarse a este camino. Eso fue lo que le pedí a Jesús: que me concediera enamorarme de Él, todo el resto vendría después. El discernimiento no fue para nada sencillo, pero siempre me apoyé en la oración y en los brazos de nuestra Madre, la Virgen. Contemplando también el ejemplo de innumerables sacerdotes, deseé aún más imitar esa entrega humilde y desinteresada.

Inicié entonces el ITER, encuentros que organiza el Seminario de Buenos Aires, en donde pude adentrarme en las implicancias de la vocación sacerdotal y conocer a otros jóvenes que se planteaban la misma vocación. Esto me ayudó mucho, porque me enriquecí con el testimonio de otros que compartían las mismas alegrías, ansiedades y temores que conlleva aceptar este llamado. Quería ser sacerdote.

Hoy te escribo, habiendo ya iniciado el curso introductorio. Estoy lleno de alegría de haber podido tomar esta decisión. El camino de discernimiento aún no acabó, comenzó desde otro lugar, en el seno de la Iglesia.

Para vos, que estás con la duda, lo primero que te digo es que no tengas miedo. Más allá de tu decisión final, que debe ser libre, tenés que comprender que Dios quiere nuestra felicidad en este mundo. Elegir el camino al sacerdocio, a pesar de las dificultades y temores, nos debe llenar de alegría y paz. Rezá mucho y confiá en la ayuda de un sacerdote que sea tu director espiritual. La Iglesia toda te acompaña con la oración.

Un Abrazo en Cristo, Juan Martín

Fuente: http://www.sembue.org.ar/sanjose/vocacion.htm