En los primeros siglos se consideró esencial preparar a conciencia, durante cuarenta días, la celebración más importante de la fe cristiana: la Pascua del Señor. Desde el pasado miércoles de Ceniza hasta la misa de la tarde del Jueves Santo, transcurre este tiempo denominado Cuaresma.
Sin duda alguna, en lugares como Andalucía, es uno de lo momentos del año más anhelados. En la tierra de Nuestro Padre Jesús, “El Abuelo”, en donde florecen treinta agrupaciones entre hermandades de Pasión y de Gloria, se experimenta con devoción este tiempo de gracia. Uno de cada tres jiennenses es cofrade (más de cuarenta mil). Lo mismo podríamos decir de cada rincón de la provincia.
Por señalar sólo algunos lugares: Úbeda, con su entorno renacentista; Baeza, que cuenta con el mayor número de cofradías por habitante (veinticuatro) y cuyo silencio en las calles empedradas nos transporta a otra época; Linares, donde sobresalen las bandas de música; Alcalá la Real, donde resalta la tradición antigua de sus “pasos”; Andújar, que se distingue por un patrimonio artístico excepcional; o Martos, donde destaca la devoción y el recogimiento de sus barrios.
La tradición multisecular ha transmitido de generación en generación la fe cristiana, plasmada en la cultura y el arte. En todos y cada uno de los pueblos jiennenses se atesoran estas seis semanas de preparación para celebrar, como se merece, la Semana Santa. En algunos de ellos, como en Valdepeñas de Jaén, Pegalajar y La Guardia, se impartirán conferencias de formación con títulos como “Entender la Pasión” o “¿Fue justo el juicio a Jesús?”. No faltarán los vía crucis, los pregones, los besapiés y besamanos; tampoco los retiros, los triduos y quinarios, el ornato de las imágenes o los ensayos de costaleros y de bandas de música. Todo ello orientado por el “sentido teológico” y el significado profundo de estas semanas, esenciales para vivir con provecho espiritual la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
Existe el peligro —como ya sucedió a los apóstoles— de no entender la Pasión del Señor, pues una visión excesivamente humana impide comprender la lógica divina. Así, Simón Pedro, al tomar aparte al Maestro e increparle porque iba a morir en Jerusalén, tuvo que escuchar su amonestación: “¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres”. Algo similar ocurrió con Judas, hasta que se consumó la traición: tenían puestas las esperanzas en un Mesías político que salvaría a Israel de la dominación extranjera. Consideraban —como bien explica en sus epístolas san Pablo —un escándalo para los judíos y una necedad para los gentiles que el Hijo de Dios, el Redentor, muriera en la Cruz.
Del jueves por la noche en Getsemaní —bajo la luminosa luna llena de Nisán, aquel 14 de abril del año 30— hasta el viernes a la “hora nona” (las tres de la tarde), se produjo en los once apóstoles una desbandada ante el pavor a la Cruz. Y es que la Pasión de Cristo es imposible de entender sin la referencia al pecado: la razón última de su amorosa entrega hasta el extremo es, precisamente, perdonar nuestros pecados, hacernos hijos de Dios y herederos del cielo.
Como advirtió san Juan Pablo II: “El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”. La acumulación de pecados personales conecta con lo que denomina “estructuras de pecado”: situaciones sociales que facilitan el mal y ante las que nos sentimos interpelados. Por ello, la genuina penitencia durante la Cuaresma es una sincera confesión sacramental (al menos una vez al año) de los pecados de soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, pereza y envidia. Reconocer nuestra condición pecadora nos dispone a experimentar una profunda conversión; sin la confesión la vida cristiana se vuelve frágil y baldía.
El Papa León XIV nos exhorta vivamente: “Abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación, y en las comunidades cristianas”. ¡Ahora es el tiempo favorable, ahora es el tiempo de la salvación!







