Imagen: Raúl Berzosa
La Compañía de la Cruz, bajo el legado espiritual de su fundadora, Santa Ángela de la Cruz, ha clausurado recientemente su año jubilar conmemorando siglo y medio de existencia. Este hito, marcado por la visita del cardenal José Cobo a la sede de Madrid, pone de relieve una identidad religiosa cimentada en la humildad radical y el desapego absoluto de los honores mundanos.
La congregación hunde sus raíces en la biografía de María de los Ángeles Guerrero, quien, nacida en un entorno de pobreza en 1846, transformó sus dificultades —incluidos los rechazos iniciales de otras órdenes por su salud— en el motor de una nueva forma de vida religiosa. Fundada en 1875, la Compañía introdujo una «vida mixta» innovadora para la época, que combinaba la oración contemplativa con la salida activa a las calles para asistir a los necesitados.
En la actualidad, las hermanas mantienen intacto su compromiso con la Providencia. Su subsistencia depende exclusivamente de la limosna, un ejercicio de «humillación constante» que les permite identificarse con los más pobres. Su labor se diversifica en tres pilares fundamentales:
Atención domiciliaria: Cuidados directos y velatorios nocturnos a enfermos y desvalidos.
Asistencia alimentaria: Reparto diario e ininterrumpido de víveres a quienes acuden a sus puertas.
Espiritualidad de servicio: Una entrega que busca ver «a Cristo en el enfermo».
En definitiva, la Compañía de la Cruz representa un modelo de vida consagrada que, frente al individualismo contemporáneo, propone el servicio abnegado como antídoto a la autorreferencialidad.
Fuente: Alfa y Omega







