En la inmensidad de Groenlandia, donde el hielo se desliza hacia el mar como nata sobre un pastel, la fe es como un bálsamo que abriga. Allí, el P. Tomaž Majcen, un franciscano esloveno, ostenta un título singular: es el único sacerdote católico de todo el territorio. Desde su parroquia en Nuuk, atiende a una exigua comunidad de 800 fieles en una isla que ha pasado de ser un rincón olvidado a un codiciado tablero de ajedrez mundial.
El testimonio de Majcen pretende denunciar una deshumanización alarmante. Mientras potencias como Estados Unidos lanzan globos sonda sobre una posible anexión o control estratégico, el sacerdote percibe un impacto emocional demoledor en su gente. «Se habla de Groenlandia como si fuera un objeto, no un hogar», lamenta. En sus conversaciones al pie del altar, escucha preguntas que nacen del desamparo: «¿Importamos? ¿Somos solo una moneda de cambio?».
Para el sacerdote, el problema radica en la ceguera de los grandes debates internacionales que, a miles de kilómetros, solo ven minerales, rutas marítimas y posiciones de misiles. Majcen advierte que este ruido mediático genera una «inquietud silenciosa» en una población que ya lidia con heridas sociales profundas, como el alcoholismo y el suicidio.
Su labor diaria es recordar que Groenlandia no es un «espacio vacío en un mapa». Frente a las pretensiones territoriales, el presbítero opone la dignidad humana: «No se puede construir ningún futuro en Groenlandia sin los groenlandeses». En este desierto blanco, su voz se alza para pedir que el respeto prevalezca sobre el poder y que el miedo, ese que hoy susurra entre los glaciares, no tenga la última palabra.







