Año nuevo, vida nueva

Navidad

Sin Autor

Con la llegada del año nuevo aparece siempre contenido en Redes Sociales y en tiendas que te invita a un nuevo comienzo: new year’s resolutions, vision boards, planificadores para el nuevo año, listas de sueños por cumplir… El 2026, en este caso, emerge como una nueva GRAN oportunidad: año nuevo, vida nueva.

Pero… ¿y qué hay del dos mil veinticinco? Escribirlo así, con letras en vez de con números, desubica. Quizá no es tan poético. O quizá no es tan comercial. O quizá solo se tarda más en leer. En cualquier caso, este artículo pretende ser una invitación a que afrontes el año nuevo como dos mil veintiséis que es.

Estamos tan acostumbrados al aumento de cifras que parece que todo, hasta el tiempo, sube como la espuma. Pero, ¿y pararse a pensar en el peso de los años? Hubo un año uno, un año dos, un año veinte, un año treinta y tres, un año cincuenta, un año cien, un año doscientos veinte, un año mil seiscientos, un año dos mil… Un año es mucho tiempo. Dirás: «sí, 365 días»; pero intenta no pensar el numerito. Piensa el tiempo.

Un año es desde esas tardes invernales al comienzo, la tanda de largos exámenes después, la llegada lenta de la primavera y la semana santa entre medias, con sus previos cuarenta días de cuaresma. También es los últimos meses del curso, las tandas de exámenes que a veces duran dos semanas y, a veces, dos meses, y el largo verano con sus idas y venidas. Un Camino de Santiago, unos ejercicios espirituales, unas convivencias o una peregrinación; el comienzo del nuevo curso, que no termina de asentarse hasta que se empiezan a caer las hojas de los árboles y, de pronto, la llegada otra vez del frío, los albores de la Navidad, la Navidad misma.

Y cuando llegas al final, después del largo recorrido, parece que todo desaparece al grito de “¡año nuevo!”. ¿Ya nadie se acuerda de cómo este dos mil veinticinco, con sus luces y sus sombras, no nos ha dejado igual que cuando empezó?

Nosotros, que venimos de la Noche Buena, nos vendemos a celebrar esta Noche Vieja, dejando a un lado las promesas que hicimos arrodillados ante el pesebre. No es cuestión de demonizar la celebración de año nuevo pero sí de cristianizarla porque, precisamente, somos los más celebrones.

Seguimos en Navidad, al fin y al cabo, y como puntualizaba Óscar Rodríguez por aquí, hace poco, «la Navidad no nació para celebrar nuestra abundancia, sino nuestra necesidad», ni «nació para coronar nuestras fuerzas, sino para recordarnos que el mundo no puede salvarse a sí mismo».

La llegada del dos-mil-lo-que-sea se puede recibir diferente:

+ No solo con propósitos, también con examen de conciencia y redirección.
+ No solo planificando, también disponiéndose a la Voluntad de Dios.
+ Sin perderse en el “crecimiento personal”. Mejor el crecimiento como persona.
+ Canalizando la ambición por el camino de santidad.
+ Afrontándolo junto a los demás, en verdadera comunidad y comunión.

Pero para todo eso es necesario mirar para atrás y agradecer. Puede ayudarte hacer memoria —o, si necesitas refrescártela, mirar tu galería de fotos— desde enero y sentarte a dar gracias en oración por todo ello. Darte cuenta de que Él te ha acompañado en cada instante, aun cuando no lo sabías. Darte cuenta de que con cada alegría y con cada caída te ha enseñado la profundidad de tu corazón humano. Reelegir también lo que un día elegiste, porque volver a empezar no significa borrar el historial de lo vivido.

No es «año nuevo, vida nueva». Es mucho mejor: Dios nos regala cada día, en año nuevo y no en año nuevo, infinitas oportunidades. Porque con Dios, que te trae una Buena Nueva que hace nuevas todas las cosas, no existen las “noches viejas”.

Pilar Pujadas