Cambiar el mundoReflexiones

«Muy cristiano, mucha misa, pero luego…»

Me hace gracia porque no es raro escuchar a la gente hablar mal de otros, sacar defectos del que no está presente; y -lo que es peor- es igual de frecuente que sea para tacharle de incongruente o de “fariseo”. A todos nos sonará la típica frase “este tío dice esto pero luego…”; o “muy cristiano, mucha misa, pero luego…”. Nos suena, ¿verdad?

Cristiano es el que sigue a Cristo, no el que es igual de perfecto que Cristo: “no he venido a llamar a justos sino a pecadores”; por eso, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Y yo pienso: ¿cuántas piedras tiramos nosotros a lo largo del día? ¿Cuántos juicios hay dentro de nuestro corazón? Y de esos juicios ¿cuántos explicitamos? ¿Cuántos soltamos en voz alta y los compartimos con el resto del mundo, faltando a la caridad y a la justicia, incurriendo en difamación o incluso en calumnia? Difamar es hablar mal de alguien siendo cierto lo que se dice de esa persona; es, básicamente, menoscabar la fama o la imagen de una persona sacando a la luz sus errores y obscureciendo sus buenas obras (e incluso sus intenciones). Calumniar, en cambio, es peor aún: es decir falsedades sobre alguien en público. Y en público no quiere decir a una multitud: basta con que sea un tercero, un “otro” que no es ni la persona objeto de crítica ni el criticador.

Esto hace un daño tremendo al criticado, pero no se crea nadie aquí que el otro sale bien parado. No sólo es un pecado gravísimo y de difícil reparación, sino que cuando un corazón difama o calumnia se oscurece, se marchita; porque el corazón, que está hecho para amar, se muere poco a poco con las críticas, es decir, con el odio, con el rencor.

Al decir “este va de tal pero luego mira” estamos faltando a la caridad con una persona que es igual de hija de Dios que nosotros. “Porque cuando disteis (…) a uno de estos (…), a mí me lo disteis”. Cristo está en cada uno de nosotros, y cuando hablamos mal de alguien estamos, en el fondo, hablando mal de Él. Porque al faltar al amor, siendo Dios el mismo Amor, estamos faltando a Dios.

Un pecado es una incongruencia en la praxis. Todos los cristianos, por ende, como pecadores que somos, vamos a cometer este tipo de incongruencias a lo largo de toda nuestra vida. ¿Nos gustaría que con cada pecado -que, repito, es una incongruencia y, como tal, podría decirse que al cometerlo estamos siendo unos fariseos- se nos tachara y se nos lapidase públicamente y a nuestras espaldas? ¿No? ¿Y por qué lo hacemos?  “Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros”. ¿No es más lógico que, siendo seguidores de Cristo, siendo Dios el quicio y eje sobre el que giran y se sostienen todos los actos de nuestra vida, nuestro modo de actuar en esos casos se base en la lógica del perdón y la comprensión? ¿No es a Dios a quien seguimos e imitamos? ¿Y no es ese Dios el que nos está todo el tiempo perdonando nuestras incongruencias y vejaciones en la confesión?

Simplemente quería dejar esta reflexión porque, como pecador que soy, también cometo estos mismos errores a diario. Feliz día.

Enrique López

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