El silencio que Habla.

Es muy llamativo que las dos personas más silenciosas de la Biblia sean San José y la Virgen.

No conocemos ni una Palabra de San José, todo él es silencio. No habla él, hablan sus actos. Y nos dicen mucho. Nos enseñan a no juzgar, a ser prudentes, a ser dóciles y obedientes, a superar dificultades…en definitiva, a practicar todas las virtudes por amor.

No necesita palabras San José, para enseñar todo esto. Su misión no es hablar sino custodiar la «Palabra». Cuidarla y protegerla.

El silencio nos ayuda a proteger nuestras palabras. Porque a nosotros nos toca cuidarlas. Con las palabras se puede hacer mucho daño, por eso hay que ser prudentes. Juzgamos mucho a los demás por sus palabras, pero no nos juzgamos a nosotros mismos por ellas.

Y resulta que cuidando nuestras palabras es como protegemos a los demás. Guardando silencio cuando nuestras palabras podrían herirles.

Callar protege.

María también calla. Es ejemplo heroico de silencio.

Calla y no se defiende. Porque no le toca a ella defenderse, porque confía en Dios. Calla y medita lo que dice la «Palabra», que es maestra de las suyas. Calla en el sufrimiento porque no quiere ningún consuelo, ningún desahogo. Calla porque su misión es llenarse de Dios para poder dárnoslo.

El silencio nos vacía y a la vez nos llena.

Callar ante las ofensas nos vacía de orgullo.

Saltar siempre que nos ofenden sólo hace que estemos a la defensiva, viendo ofensas donde no las hay. ¡Cuántas amistades se rompen por malentendidos!

El silencio permite que nos templemos, y veamos las cosas con cierta distancia. Da tiempo también al otro a meditar, que también lo necesita.

Muchas veces no somos conscientes de que hemos ofendido a alguien. Pero su silencio puede ser una pista. Qué no nos hablen siempre nos alerta : «¿ Le habré hecho algo?»

El silencio ante las ofensas nos llena de prudencia y mansedumbre. Y esto hace que cada vez no ofendamos menos. Una persona mansa no discute, diga lo que diga el otro, porque cuando hay enfado de por medio las palabras no son constructivas, sólo destruyen.

Dios nos habla en el silencio. En la escucha de la Palabra. Si queremos aprender a hablar, a saber qué decir, cómo decirlo, cuándo decirlo, a quién decirlo; lo que tenemos que hacer es meditar las palabras del que sabe, del Maestro. Un alumno debe estar en silencio en clase si quiere aprender y tomar nota de lo que lee y de lo que escucha.

Callar nos vacía de nuestros errores y nos llena de sabiduría.

Quizás lo más difícil sea callar en el sufrimiento. Porque es un desahogo y un consuelo. Pero es un consuelo pobre. Porque tan pronto abrimos la puerta al desahogo ya no podemos parar. Empezamos a contar un sufrimiento y salen todos. Uno tras otro. Y ya no tenemos consuelo, al revés, nos desconsolamos más.

No es que no tengamos que desahogarnos; la Virgen lo hizo: «Hijo ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Pero antes de hablar guardó tres días de silencio. Porque el silencio nos ayuda a ver la magnitud del sufrimiento, si éste es real, si hay motivos de queja, etc…

Saber a qué nos enfrentamos nos ayuda a prepararnos. Pero si no controlamos nuestros desahogos verbales, acabaremos ahogándonos en un vaso de agua.

Mucha gente, cuando escucha los sufrimientos de los demás se da cuenta de que los suyos son nada. Esto hace que pueda enfrentarse a ellos y soportarlos más fácilmente.

El silencio en el sufrimiento te vacía de desesperación y te llena de esperanza. Por qué ves que esos sufrimientos tienen una medida: la de esta vida. Sin embargo no son eternos. Todos terminan.

El silencio nos llena de mansedumbre, de sabiduría, de esperanza…. En definitiva, nos llena de Dios. Y ese es el mayor consuelo. Nadie consuela como consuela Dios.

No deja de ser llamativo que Jesús, el Verbo, tenga como padres maestros del silencio.

Guardó treinta años de silencio con ellos antes de hablar. Todo en Él es templanza, mansedumbre, esperanza, amor, virtud, consuelo, fortaleza, confianza, sabiduría, protección y cuidado.

El Silencio de Jesús nos habla y nos enseña.

Hay que tomar nota.

¡¡¡Seamos buenos alumnos!!!

Cristina Hoyos