Álvaro ya es sacerdote

“El sacerdote sólo es un instrumento del único Sacerdote”

 “Cuanto más profundizas con la razón en la ciencia, más encuentras a Dios”

Álvaro Linares Rodríguez (Granada, 1973) recibirá la ordenación sacerdotal el próximo sábado, 4 de mayo, junto con otros 33 diáconos de la Prelatura del Opus Dei, procedentes de 16 nacionalidades, de manos del cardenal arzobispo de Valencia, Mons. Antonio Cañizares, en la Basílica de San Eugenio en Roma. Álvaro estudió y trabajó como profesor en el colegio Mulhacén. Antes de acudir a la Ciudad Eterna realizó su tesis doctoral en Física en la Universidad de Jaén con el grupo MATRAS –“Design and optimization of Artificial Neural Network models for solar resource assessment”– bajo la dirección del profesor Joaquín Tovar.

-¿Qué motivos llevan a un recién doctorado en Física a dejar una brillante carrera universitaria para ordenarse sacerdote?

Profesionalmente siempre he tenido dos grandes pasiones: la educación -que me ha llevado, p. Ej., a dar clases de enseñanza media y bachillerato durante ocho años, uno de ellos en el Colegio Mulhacén- y la investigación. Ambas pasiones me han acercado más a Dios, que quizá se ha servido de ellas para esta nueva llamada: la enseñanza me ha enriquecido con la alegría del servicio a los demás –¡cuánto les debo a mis alumnos y a sus padres!– y la investigación en física me ha ayudado a profundizar en el conocimiento de Dios, que ha creado la belleza de la creación para que nosotros podamos conocerla y disfrutarla.

-¿Qué cualidades especiales esperaba san Josemaría Escrivá de Balaguer para sus hijos sacerdotes?

San Josemaría decía con frecuencia, y dejó por escrito, que quería que sus hijos sacerdotes fueran santos, alegres, deportistas y doctos. Me parece que hay mucha sabiduría encerrada en esos cuatro adjetivos, cultivados simultáneamente.

-Ha estado los cuatro últimos años en Roma completando realizando los estudios de Teología hasta alcanzar el doctorado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. ¿Es muy exigente la formación doctrinal y espiritual que precisa un sacerdote? 

En mi caso, he de reconocer que he disfrutado estos años realizando la tesis en Teología. Algunos amigos físicos no entendían que fuera creyente siendo físico. Para mí el razonamiento es justo el contrario: cuanto más profundizas con la razón en la ciencia, más encuentras a Dios. El mismo Dios que ha creado el universo –con sabiduría y amor, dicen las Escrituras– ha dotado al hombre de la capacidad de descubrir –también con sabiduría y amor– las verdades más profundas de la creación. Intelectualmente, me parece un reto fascinante; vivencialmente, es conmovedor saber que ese Dios Creador es, al mismo tiempo, tu Padre y está siempre cercano a ti.

-La esencia del sacerdote no cambia con los siglos –ser otro Cristo–, pero ¿qué rasgos destacaría en los sacerdotes que necesita la Iglesia de este s. XXI?

Le he escuchado en varias ocasiones al Papa Francisco algunas características que debe tener el sacerdote de hoy: un corazón como el de Cristo, que esté cercano a la gente –que se acerque, escuche, conozca las alegrías y tristezas de todos– y se entregue en servicio a ellos. Estos rasgos facilitan lo verdaderamente importante: que la gente se encuentre con la persona de Jesucristo al entrar en contacto con el sacerdote, porque el sacerdote sólo es un instrumento del único Sacerdote. Este reto supera ampliamente a todo hombre, y por eso desde ya me encomiendo a las oraciones de tantos familiares y amigos, para ser, por fuerza e la gracia, el sacerdote que Dios quiere.

-A partir del sábado podrá realizar en cada Santa Misa el milagro de convertir un poco de pan y vino en el mismo Jesucristo. Tal grandeza, ¿no le hace temblar?

Sin lugar a dudas. Expresa bien mi estado de ánimo actual, a pocas horas de la ordenación. Al mismo tiempo, sé que con la ordenación es Dios quien se hace cargo de mí, paso a ser posesión suya, y siempre tranquiliza saber que estás en las manos del mejor Padre.

-El fundador del Opus Dei decía que “había que matar a los sacerdotes a confesar”. ¿Qué responsabilidad se siente cuando sabe que gran parte de su ministerio lo dedicará nada menos que a perdonar los pecados en nombre de Jesucristo?

Soy consciente de que me ordeno para dispensar la misericordia de Dios a través de mi ministerio, a cuanta más gente mejor. Es Dios mismo quien tiene sed de las multitudes y sale a su encuentro cada día a través de sus sacramentos –especialmente la Santa Misa y la Penitencia– y su Palabra. Ojalá mi palabra sirva de veras a su Palabra y mi labor pastoral sea en verdad ministerio de Misericordia.

Todos –también los sacerdotes– estamos necesitados de la Misericordia divina. Por eso, me parece tan importante que toda la Iglesia rece continuamente por los sacerdotes: para que haya más y para que todos luchemos por ser santos.

-El Señor nos dejó claro que el número de trabajadores siempre sería insuficiente para la enorme mies –el mundo entero– que los necesita. Pero la escasez de sacerdotes en los países occidentales es hoy un problema alarmante. ¿Cómo afronta el reto de esta ingente labor evangelizadora que le espera?

Afronto el reto con esperanza. La eficacia de la evangelización no depende de las cualidades de los cristianos (¡menos mal!): la eficacia radica en Cristo. Los tiempos de sequía son tiempos de volver a la Fuente. Y esa Fuente inagotable de gracia –la única capaz de curar de raíz nuestras heridas, por profundas que sean– es Cristo. Por eso, siempre supone un buen reto en la evangelización ingeniárselas para redescubrir y saber transmitir mejor los cauces de acceso a Cristo: la Santa Misa, la confesión, la adoración eucarística.

-Ha vivido en Roma, corazón de la Iglesia, cerca del Papa, tratando muy frecuentemente al prelado del Opus Dei, rodeado en su día a día de personas provenientes de los cinco continentes. ¿Qué han supuesto estos intensos años de preparación para el sacerdocio?

Ha sido verdaderamente una experiencia enriquecedora desde muchos puntos de vista. Difícil de resumir en pocas palabras. Ya sólo el trato con los otros 33 diáconos de la Prelatura, procedentes de culturas tan diferentes, algunos conversos y con testimonios de vida excepcionales, ha sido para mí más que un doctorado. También en la Universidad de la Santa Cruz he conocido otras realidades eclesiales, que manifiestan la juventud de la Iglesia. Sí, estos años he podido experimentar que, más allá de algunas noticias negativas y dolorosas que a veces salen de Roma, el Espíritu sigue muy vivo en su Iglesia, dando frutos de santidad.

-Este sábado, d. Álvaro,  nos acordaremos de rezar para que vd. y sus compañeros de ordenación se empeñen con todas sus fuerzas en ser “sacerdotes como Dios sueña”. No se olvide, ahora que va a tener a diario en sus manos al mismo Dios, de esta tierra de Granada y, especialmente, de todos los amigos que en ella lo añoran.

De Granada ya no me puedo olvidar nunca, porque la llevo en mi corazón.

Javier Pereda. Ideal de Granada