El sepulcro vacío

El diario Levante publica hoy un artículo, haciendo un recorrido histórico, explicando el sentido que han tenido los sepulcros para enlazar con el sentido que para los católicos tiene el Sepulcro vacío.

La tumba es la localización de una ausencia invencible e inolvidable. De ahí deriva su peculiar intensidad y por eso volvemos allí una y otra vez a (no) encontrar a los muertos. En la antigüedad muchos templos se erigían sobre tumbas donde adoraban a los dioses ausentes.

También los templos cristianos conservaron esa arqueología sepulcral localizando su construcción física y simbólica en referencia a los muertos. La basílica del Vaticano sobre la tumba de Pedro y la catedral de Santiago sobre los supuestos restos de Santiago atrajeron durante cientos y miles de años a peregrinos cuyos caminos vertebraron Europa.

Eso es, me parece a mí, lo que estos días celebra toda la cristiandad católica: que Dios ya no está en sus templos ni en el mundo como los muertos en sus sepulturas, es decir, con su ausencia, sino por su presencia real, como la de los vivos, pues ha vencido a la muerte: Dios de vivos y no de muertos. Y así es, en efecto, como dice la teología católica que está Jesús en la Eucaristía: realmente presente.

Ciertamente, aun no ocurre como en las visiones de la ciudad celeste de san Juan, en la que no hay templos, pues el lugar mismo es la presencia divina. La presencia real de Dios en el mundo todavía queda tras el velo del templo y es misteriosa, pues la muerte sigue derribándolo todo y su reinado no parece abolido, sino glorificado con desgracias, maldades y desmanes sin fin y sin consuelo. Sin embargo, eso es precisamente lo que afirma la fe de la Iglesia: que, aunque no lo parezca, la muerte ya ha sido vencida y los muertos tras la muerte pueden tener vida.

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